El peligro en casa
La llegada de Internet abrió las puertas a la comunicación instantánea, a la creación de redes sociales, foros, lugares de intercambio de opiniones, de compras, etcétera. Con sus pros y sus contras. Siempre se pone el acento en las facilidades que han traído las tres W pero, ¿qué consecuencias negativas tiene? Unas cuantas, pero las más graves son las que se relacionan con la integridad de las personas. Hemos hablado en esta página de que las redes son la hoguera del Siglo XXI, donde se actúa con criterios propios de la misma Inquisición, curiosamente esgrimidos por quienes se consideran paladines de la libertad de expresión, simplemente porque detrás de una pantalla dicen lo que quieren. Tanto peligro entraña la Internet que esta semana -y no es la primera vez- se supo de la muerte por linchamiento de quien había sido falsamente acusado por las redes de una violación.
Hoy vamos a hablar de otro peligro intrínseco, que no es más que un delito reversionado en 2.0: el grooming. Consiste en acciones deliberadas por parte de un adulto de cara a establecer lazos de amistad con un niño o niña en Internet, con el objetivo de obtener una satisfacción sexual mediante imágenes eróticas o pornográficas del menor o incluso como preparación para un encuentro sexual. En realidad, no se trata de nuevos delitos sino de antiguas formas de abuso de menores que se han readaptado a los nuevos tiempos y al anonimato de la Red. A pesar de que estas situaciones comienzan en Internet, con frecuencia suelen trascender al mundo físico, derivando en delitos tales como el tráfico de pornografía infantil o el abuso físico a menores.
Las mas leidas de Opinión
Frigoríficos exportadores temen una catástrofe con los precios de la carne

Inteligencia Artificial: el reto que enfrenta la humanidad
La contaminación por el uso indiscriminado e irresponsable del plástico
Biorevolución o Muerte

Los medicamentos “de moda” y el uso responsable de los fármacos
Esta práctica ha avanzado a pasos agigantados mientras los padres continúan con un esquema de cuidados sobre sus hijos propios de medio siglo atrás. Aquellas consignas de antaño como no abras la puerta si yo no estoy, no andes solo/a por la calle, no pases por tal o cual calle, no te pares a hablar con extraños sitúan al peligro en la calle, fuera de la protección del hogar. Ahí es donde está el principal error: el peligro está bajo techo, en nuestra casa, en la habitación de nuestros hijos, supuestamente el lugar más seguro del mundo para ellos.
Los padres no pueden estar tranquilos y relajados porque los hijos están en casa; es precisamente cuando más alerta tienen que estar, especialmente cuando la preferencia de los chicos pasa a ser quedarse en el hogar en lugar de salir. Algún padre dirá ¡qué bueno que a mi hijo no le gusta salir y prefiere quedarse jugando a la Play o en la compu!. Pues eso no es tan bueno, y si realmente es una cuestión de gustos y no hay nada extraño que haga que el menor prefiera quedarse, los padres deben estar tan atentos a sus movimientos como si estuvieran en la calle.
Se trata de un problema cada vez más acuciante y que ya ha puesto en guardia tanto a la policía como a distintas asociaciones. Las principales dificultades para atajarlo y terminar con él son el anonimato de los delincuentes, la inocencia de los menores y la fácil accesibilidad de Internet. Es que, a diferencia de lo que se denomina ciberacoso, en el grooming el acosador es un adulto y existe una intención sexual.
No hay datos ciertos de su incidencia en nuestras sociedad, tanto por ser una cuestión reciente como por su rápida evolución. No consta que haya un cómputo expreso de las denuncias relacionadas recibidas por las diversas fiscalías y fuerzas de seguridad del Estado. Y, aunque así fuera, quedaría un grueso ingente de casos que o bien no son denunciados por los adultos responsables (por las implicaciones emocionales y para la intimidad del menor) o bien nunca llegan a ser conocidos por éstos. No hay magnitudes y nos tenemos que conformar con conjeturas construidas a partir de sucesos concretos, haciendo uso de la extrapolación y de una pretendida intuición.
En estas semanas, además del asesinato por linchamiento e incendio en Comodoro Rivadavia, vivimos lamentablemente el resurgimiento de una leyenda urbana, un mito, que pone en escena a un personaje, nefasto, siniestro, oscuro, terrorífico, que no existe y se hace llamar Momo.
Ardieron las cadenas de WhatsApp de padres de jardín de infantes y escuelas primarias, totalmente alarmados por lo que podrían estar viendo sus hijos en YouTube. Lo peligroso de todo esto es que además de alarmados se mostraron sorprendidos de lo que pueden encontrar los chicos en Internet. Es decir, ¿no saben lo que hacen sus hijos frente a la pantalla? Con total seguridad sí conocen los nombres de sus compañeritos, del profe del club, a qué hora hay función en el cine para ellos, si la película es apta. Pero no saben lo que están haciendo cuando están en casa, a escasos metros. Bueno, hay que internalizar, de una vez por todas, que mientras no dejamos a los chicos andar solos por la calle, al habilitarles una computadora, tablet o celular, los estamos poniendo en contacto con todo el mundo, literalmente hablando. Entonces es ahí donde hay que extremar los cuidados y no relajar el músculo porque, total, están en casa, ¿qué les puede pasar?.
Esta reaparición de Momo, además, ha generado una tendencia global de preocupación en el mundo adulto, respecto de esta imagen que caracterizaba en 2018 el robo de datos personales, la posible introducción a la pedofilia de niños, niñas y adolescentes en materia de Internet, el secuestro de imágenes, es decir, distintas variables de manipulación a través de plataformas tecnológicas.
La filtración de esta escultura en videos infantiles viralizados con mensajes que atentan contra la integridad física y psíquica de niños y niñas (encontrando una real similitud en lo que planteaba otro reto viral que es Ballena azul en 2017), con el objetivo de incitar a chicos y chicas al autoflagelo y el daño a otros es solo una muestra de todo lo que se puede hallar en un click. A veces aparece solo este tipo de material, a veces sin quererlo el usuario, llega a la pantalla pero también está la posibilidad que los mismos chicos busquen material inapropiado para su psiquis. Los niños son curiosos por naturaleza y siempre están en la búsqueda
y al límite del peligro. Por eso es que cuando están en Internet siempre tiene que haber un adulto cerca.
Lo que nos debe interpelar y generar una alerta es la idea de que Momo viene a representar la ausencia del mundo adulto en el acompañamiento y supervisión del uso cotidiano en los entornos digitales de chicos y chicas, poniendo en evidencia la real vulnerabilidad a la que se encuentran expuestos a diario.
A los más chicos expliquémosles que es un dibujito horrible, que no puede trascender la pantalla y que no deben tener interacción ni con Momo ni nadie en las redes sociales que desconozcamos, y si esto pasa, desde el colegio, club, hogar, deben transmitirles el mensaje: Si ves a Momo, llamá a mamá.
Hay que cortar con la cadena de compartir, dado que esto genera tráfico y en consecuencia más chicos y chicas al alcance de los contenidos filtrados en videos infantiles. En cambio, hay que ponerse a trabajar en el asunto, asumiendo el rol de adultos responsables, explicando a los chicos antes que compartir con otros padres, en el afán de alertar pero más que nada de ser portadores de la noticia (hay que sincerarse en este sentido) y sobre todo estar junto a los chicos, más que nada en casa, donde hoy está la mayoría de los peligros para los niños.














