El Papa Francisco y la presidenta Cristina, un acercamiento tan saludable como necesario
Divino don el de perdonar, el de sincerarse, el de poder avanzar en la misión sin rencores, abriendo nuevos caminos sin apartarse de la doctrina pero aggiornando cuestiones de forma a los tiempos que corren. Mirar al futuro sin temores, acercarse al mundo real, vivir como un hombre común con responsabilidades importantes y no como un Dios en la Tierra.
Eso nos demuestra Francisco con cada gesto, con cada paso, con cada acto, con cada palabra. El Papa argentino cumple esta semana un año de pontificado y no ha hecho más que sorprender gratamente al mundo.
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Desde que fue elegido en 2013 estuvo llamado a ser el argentino más importante de todos los tiempos, superando incluso a ilustres próceres, destacados políticos o encumbrados deportistas. Y verdaderamente en este año no ha hecho más que abonar esa idea.
Los argentinos tendremos el privilegio de que el próximo lunes 17 reciba a nuestra presidenta en la residencia de Santa Marta, donde se aloja el Pontífice, en lo que será el tercer encuentro entre ambos. El cónclave consistirá en un almuerzo a solas, con el fin de celebrar el primer aniversario del pontificado de Francisco.
El primer encuentro fue el 18 de marzo del año pasado en el Vaticano, cinco días después de la sorpresiva elección de Jorge Bergoglio como Papa y un día antes de la misa de inicio de su mandato al frente de la Iglesia, a la que acudieron numerosos líderes del mundo.
Cristina se convirtió así en la primera jefa de Estado en ser recibida por el nuevo Papa, un hecho no menor.
En ese encuentro, que consistió en una reunión y un almuerzo a solas que se extendió durante más de dos horas, la mandataria le pidió su “intermediación” en el pedido de diálogo a Gran Bretaña sobre la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. También hablaron del rol de la juventud en los cambios sociales, y el litigio que mantiene el país con los fondos buitres en los estrados judiciales de Nueva York.
Recordemos que en aquel tiempo los corrillos políticos en Argentina se multiplicaban y crecían alimentados por la suspicacia de quienes querían aventajarse con este repentino cambio de escenario. Se hablaba desde celos de la presidenta hasta de un inminente golpe de timón de su parte, lo que hacía regodearse a la oposición que, dados los años de enfrentamiento entre la Rosada y la Catedral Metropolitana, creyó encontrar un nuevo líder político en el Papa argentino.
El segundo encuentro se dio el 28 de julio del año pasado, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud que se realizó en Río de Janeiro, cuando la mandataria participó de la misa de clausura del multitudinario encuentro y el Papa le regaló un par de escarpines para su primer nieto.
En octubre de 2013, el Papa le envió un telegrama a la mandataria -recién operada de un hematoma subdural- para desearle el total restablecimiento de su salud y pidiéndole a la Virgen que la fortalezca para que pueda volver a sus responsabilidades cotidianas.
Todos gestos de un buen pastor, de corazón abierto y espíritu generoso, que supo licuar las diferencias que, como cardenal en Argentina, tuvo con la presidenta y su extinto esposo, el expresidente Néstor Kirchner.
Además de no recibirlo con frecuencia en la Casa Rosada, Cristina evitaba asistir todos los 25 de mayo a los Tedéum celebrados por el ahora Papa, debido a sus agudas homilías. Esa tensión desapareció cuando Bergoglio fue designado Papa, y la jefa de Estado dio un giro para no quedar descolocada ante la popularidad mundial del Santo Padre.
El último gesto de Cristina hacia Francisco fue conmemorar el primer aniversario de la muerte del expresidente venezolano Hugo Chávez, miércoles último, con una misa en la Parroquia de la Virgen de Caacupé, muy querida por Francisco, junto a los curas villeros.
Además, Cristina buscaría emitir una señal de armonía ante la preocupación de la Iglesia por el avance del narcotráfico, tema que será retomado el martes por la Comisión Permanente del Episcopado.
La distensión entre Cristina y Francisco se profundizó e incluyó la decisión presidencial de realizar el Tedéum del próximo 25 de mayo en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, un gesto que Cristina le había confiado a monseñor Mario Aurelio Poli el año pasado, apenas fue designado por Bergoglio como su sucesor al frente del Arzobispado de Buenos Aires. Será la primera vez que esta presidenta visite el templo primado de la Capital para participar de un Tedéum.
Es para celebrar esta posición del Santo Padre (no podía esperarse otra cosa) para con la máxima autoridad de su país de origen, dejando de lado las diferencias que existieron, y también es una muy buena noticia la actitud de la presidenta, que supo interpretar a tiempo lo que significa que el Papa, tal vez el hombre más reconocido del mundo, sea argentino.
Una actitud que no implica sólo el acercamiento de Cristina a Francisco -que sigue siendo el mismo hombre que caminaba las villas de Buenos Aires y padecía los desplantes de la presidenta- sino que también significa el cambio de posición del Gobierno argentino para con una institución como la Iglesia (porque Francisco es la Iglesia como lo era Jorge residiendo en Capital) que sistemáticamente viene marcando cuestiones críticas que padece el país, especialmente en el área social, y que era tomado desde las esferas del poder poco menos que como una ofensa.

















