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El Papa en medio de la política doméstica

14 de mayo de 2016 a las 12:00 a. m.

Un Papa como Francisco, que ha deslumbrado a buena parte del mundo con sus posturas sensibles, con su opción por los pobres, que eligió su nombre como Santo Padre por uno de los íconos de la Iglesia Católica, San Francisco de Asís, en la Argentina –su hogar- es presa de todo tipo de cuestionamientos. 

Las sospechas de que sus actitudes rozan la política doméstica, están sembradas en todos los sectores. En algunos casos con aprovechamientos de las figuras locales que, por adhesión o por contraste, se desesperan por utilizar la figura de Francisco para sus propios fines. El kirchnerismo, por ejemplo, que repudió del día uno hasta que fue pontífice al cardenal Jorge Bergoglio, cuando llegó al Vaticano despertó un amor inconmensurable por el “Papa argentino”, al que tratan de mostrar como un hombre de sus filas.

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El macrismo, donde hay muchas figuras que fueron muy cercanas a Jorge Bergoglio cardenal, por estas horas ataca en las redes sociales al Papa, porque consideran que discrimina al presidente Mauricio Macri. Siguen molestos porque en la visita del presidente al Vaticano, Francisco  lo atendió apenas 22 minutos y tuvo un gesto adusto en las fotos para la prensa.

¿Tenemos los argentinos un ego tan desmesurado que creemos que el Papa sigue siendo el cardenal y que todo lo que hace y dice contiene un mensaje oculto para nosotros y nuestra política doméstica?

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La verdad es que la pregunta no es retórica y necesita una respuesta y sobre todo una explicación.

La realidad es que Francisco, que dejó de ser el cardenal Bergoglio pero sigue siendo un hombre, sin eludir que representa al Dios que los católicos creen en la tierra, conoce la Argentina como ningún otro Santo Padre; nació y se crió en la Ciudad de Buenos Aires, tiene una radiografía de cada dirigente político local, de sus fortalezas y sus debilidades, de los defectos y de cómo se mueve en el terreno. Todo ese bagaje es parte de su humanidad y no lo dejó en la puerta del Palacio Apostólico. Puede contener sus impulsos, morigerar sus expresiones para no delatar su pensamiento más profundo, pero ahí están y en algunos momentos sus actitudes pueden ser reveladoras.

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En esta simbiosis entre el hombre que es y el que se espera que sea es donde aparecen las contradicciones. Y cuando no hay voces oficiales sino oficiosas es cuando, a la par, comienzan a generarse sospechas y fantasmas. Francisco no da -ni tiene la obligación- cuentas de a quién recibe en Santa Marta, que es su refugio cuasi privado en el Vaticano, tampoco de las ubicaciones de tal o cual en el ya famoso “corralito” de las audiencias en la Plaza San Pedro. Pero que cada uno de sus contactos con algún personaje vernáculo genera repercusiones en nuestro país, difícilmente sea algo que el Papa ignore o no imagine. 

Cuando le envió el rosario a Milagro Sala fue un poco injusto que se ventilara en la Argentina como un apoyo explícito, porque luego se supo que la dirigente presa por corrupción, le había enviado una carta y como respuesta el Santo Padre le mandó un rosario. Todo lo esperable de un hombre de Dios que pregona la misericordia. Sala no está condenada sino bajo investigación, además de que para el credo católico hasta el autor del delito más aberrante debe ser destinatario de compasión y puede arrepentirse. No parece una mala decisión, de parte de quien fervorosamente adhiere a estos preceptos, enviarle un rosario a quien, según ellos, debería rezar mucho. 

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Pero luego las críticas escalaron hasta convertirse en muy agrias cuando se enteraron que iba a recibir a Hebe de Bonafini. No sucedió lo mismo cuando estuvo con Estela de Carlotto, una mujer más política en su trato y menos belicosa en sus expresiones que la presidenta de Madres de Plaza de Mayo. 

Nadie olvida que Hebe le ha hecho escraches y actos en la puerta de la residencia argentina de Bergoglio, insultándolo a voz de cuello y acusándolo de todo tipo de tropelías. Quizá el Papa reconociendo que aún en su agresividad la señora Bonafini es una mujer que ha sufrido la desaparición de dos de sus tres hijos, incluidas sus nueras, haya decidido dejar atrás estos hechos. De parte de ella hubo también un gesto ya que reconoció que desconocía la labor pastoral de Bergoglio y, de repente, pasó a ponderarlo. Aun si no se hubiese tratado de un cura tan activo en lo social, lo expresado por Bonafini en tantos años de enfrentamiento no tiene justificativo. 

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Pero nuevamente, es lo que se espera de “el” hombre de Dios: que acoja en nombre de la Iglesia a todos, incluso a quienes lo hubieran ofendido. Siguiendo esta lógica es que no cuadra lo ventilado esta semana respecto de la frustrada visita de Margarita Barrientos a pocos días de asumir el pontificado. ¿Por qué a ella no? Pues circulan muchas versiones, ahora. Lo cierto es que en su momento, la sensación que tuvo la referente de la obra “Los Piletones” a falta de explicaciones, fue que su desalojo del “corralito” de la Plaza tuvo que ver con su cercanía a Mauricio Macri, en aquel momento jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Las versiones actuales de este hecho hablan de un artilugio del orfebre Carlos Pallarols para tomar contacto con Francisco, que por un conflicto (que incluye dinero y el uso de la Iglesia y el nombre de Bergoglio con fines comerciales) con su padre Juan Carlos, se distanció y nunca más los recibió. De ser así, Barrientos sería una víctima más y hubiese merecido una explicación, entre otros motivos, para que no se generara en ella esta sensación de ser repudiada por motivos políticos, muy impropios de un sacerdote y Papa. Pero principalmente por compasión y misericordia, las mismas demostradas hacia Bonafini y Cristina, que tanta hiel habían desparramado antes contra su personal.  

Al fin, si Margarita fue el medio buscado por Pallarols para llegar al Papa, una metodología similar reveló haber usado Bonafini, quien confirmó que la cita con Francisco se la consiguió Guillermo Moreno. ¿Puede estar seguro el Papa que a esta audiencia, del modo que fue gestionada, no se le dará un uso político en Argentina?

Claro que no, él sabe de las consecuencias que tienen cada uno de sus actos y gestos en todo el mundo y especialmente en Argentina. Y no por ello debe dejar de actuar. Que reciba a todos es lo que se espera de él y si hay motivos para no hacerlo, que se den a conocer. Caso contrario sucede lo que ahora: un mar de suspicacias que hacen el caldo más gordo a la política a costillas del Papa. 

Pero una cosa es que cada paso que da Francisco sea interpretado doble o triplemente en Argentina, según quien lo analiza, y otra es aseverar que hay intromisión del Papa en la política doméstica. 

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Los macristas y radicales recuerdan su pasado de adhesión al peronismo en su primera juventud y creen ver en sus movimientos con respecto a la Argentina como una suerte de intento de influir en el país. Pero al mismo tiempo  olvidan las reuniones papales con fiscales y jueces federales a quienes les pidió un compromiso contra la corrupción en la Argentina, por ejemplo. Lo que claramente, hasta el momento, ha perjudicado al kirchnerismo que tiene muchas causas abiertas, algunos presos y varios procesamientos.

Porque a la hora de cuestionar al Papa, hay que mirar toda la realidad y no solo creer que somos, al fin, el ombligo del mundo. Incluso hubo periodistas locales que le enviaron cartas al Santo Padre, muy respetuosas pero indicándole qué debía o no hacer.  Y en esto de salirse de toda lógica, un sacerdote de la opción por los pobres salió públicamente pidiendo la renuncia del presidente Mauricio Macri. Mientras la dirigente Elisa Carrió de Cambiemos declaraba que el Papa “daba vergüenza”.

Exabruptos y excesos a los que los argentinos estamos acostumbrados, más cuando planteamos la mirada únicamente desde la grieta que tanto daño nos hace a todos.

Lo que sí podría hacer Francisco, que tanto conoce a nuestro país, podría contribuir a frenar el clima de sospechas, críticas y que la Iglesia sea integrada a nuestra política doméstica en términos partidarios, con un mensaje claro de unidad, que si bien se lo ha pedido explícitamente al presidente Macri en su visita, reitere el concepto de perdón, de misericordia, aun saliendo del protocolo rígido de su cargo. Ya que no hace precisamente un culto de estas normas sino que las rompe en función de los mensajes de lo que pretende difundir.

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Porque por otra parte, hiere al sentimiento católico que el Papa sea pasible de ser tratado como un político doméstico más y hasta se hagan “memes” con su figura en las redes sociales. Quizá lo que le pedimos a Francisco sea más por una necesidad nuestra que del Vaticano, donde estos devaneos localistas no llegan. Porque el Santo Padre lo es de todo el mundo católico, un pastor de almas como pocos se han visto.

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