El narcotráfico, instalado en el país con controles vulnerables y serias sospechas de complicidades
Hasta hace poco, Argentina parecía estar lejos de padecer la acción localizada de mafias y poderosas organizaciones funcionales no sólo al tráfico sino a la producción, fraccionamiento y comercialización de drogas. Se ostentaba ese privilegio, el de ser “un país de tránsito”. Sin embargo, era sólo una falacia argumental de las autoridades, por cuanto de manera silenciosa y con no pocas complicidades, el flagelo del narcotráfico comenzaba a corroer desde los cimientos para penetrar en el país como una de las cuestiones más acuciantes. La droga fue instalándose en Argentina. Comenzó a aparecer en la crónica informativa por los episodios que tenían a miembros de cárteles colombianos y mexicanos como protagonistas y, lamentablemente, en la vida cotidiana de muchas familias desarmadas por los impactos del consumo. También comenzaron a sospecharse complicidades y estructuras que resultaran funcionales a tamaña empresa ilegal.
La mirada oficial se orientó siempre hacia la atención de las consecuencias y no al germen del flagelo; entonces, el argumento de que Argentina era un país de tránsito de la droga seguía siendo el ardid para minimizar el problema que, sin embargo, ya era grave.
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Ahora, y desde hace bastante tiempo, Argentina es más que un país de tránsito de las drogas ya que no sólo circulan estupefacientes sino que hay estructuras de producción, fraccionamiento y distribución que están escondidas en la ilegalidad y que fecundan gracias a la deficiencia de los controles. No obstante, sus hacedores gozan de muy buena salud social y cohabitan con gente de bien en barrios privados y countries.
Esto es posible - y la opinión pública así lo advierte- porque detrás de las drogas siempre hay fuerzas poderosas y organizadas, complicidades contra las cuales es muy difícil arremeter.
La ciudad que aparece como más “narcocriminalizada” la tenemos a una hora por ruta: Rosario. Allí se comete la mayor cantidad de asesinatos vinculados al narcotráfico. Naturalmente, por ubicación geográfica y por estructura de gran urbe, es la base para la distribución hacia otras localidades, entre ellas Pergamino. Y hay una certeza que explica que mucha droga que se consume en nuestra ciudad proviene de Rosario: cada tanto los controles policiales detectan a alguien que intenta ingresar estupefacientes a la ciudad. Se suele decomisar un kilogramo de droga, o dos, o tres, tal vez cinco o 10, pero lo que es imposible de mensurar es lo que ingresa por esa ruta.
Se necesita mucho coraje para dar batalla y una base ética de concepción del poder que no incline la balanza a favor de lo millonario del negocio.
Los hechos relacionados con el tráfico de drogas que se conocen prácticamente a diario confirman que Argentina es un país atravesado por la problemática del narcotráfico, ya no como un país de tránsito. Y alerta sobre la vulnerabilidad de los controles.
Esto es muy grave y sucede mientras a voces se dice que las aeroestaciones de distintos lugares del país tienen movimientos que son calificados de sospechosos por los propios pobladores que denuncian la entrada y salida de aviones a horas inusuales sin que nadie parezca atender esa señal. En el norte, además no son pocos los campos privados que se prestar a actuar como pistas de aterrizaje; con esta ayuda y la ausencia de los radares (quitados sospechosamente de circulación), el camino para el ingreso de la materia prima y la salida del producto es más que fácil.
Se necesita la anuencia de autoridades y una mirada ciega de las fuerzas de seguridad para eludir tantas barreras de control. O bien, como en el caso de los radares, que las autoridades directamente despejen el área.
Por eso es imperativo comenzar a dar una batalla seria y sostenida contra el narcotráfico, un flagelo que carcome la fibra más íntima y sensible de la sociedad.
El tráfico y comercialización de estupefacientes es una conducta ilegal. Argentina no puede permitirse la ilegalidad y debe preguntarse ¿qué pasa con los controles? ¿por qué son tan vulnerables? ¿quiénes miran hacia otro lado mientras la droga entra y sale del país haciendo estragos? Naturalmente, nadie mira para otro lado gratuitamente; el sucio dinero de las mafias es el que compra voluntades.
También es necesario interrogarse sobre la realidad del tráfico aéreo en Argentina. Es inconcebible que cualquier vecino advierta movimientos irregulares en las bases aéreas y pistas del interior del país, sin que ninguna autoridad se alerte de estas circunstancias.
Mucha droga entra y sale del país en vuelos privados, lo que demuestra que el sistema de radares está desmantelado, y que el tráfico aéreo no cuenta con sistemas de control exhaustivos.
Como en tantos otros aspectos, existe un vacío legal que propicia estos hechos, y que genera el caldo de cultivo para la comisión de delitos. Nadie parece ocuparse del control de las pistas; mucho menos de asumir la complejidad del problema. Porque lo que sucede con el tráfico aéreo, también ocurre en las rutas y en pasos fronterizos, donde la mirada resulta casi siempre indiferente.
Si se atiende el hecho de que para resolver cuestiones de seguridad interior el Gobierno dispuso el grueso de sus efectivos de Gendarmería en las calles, queda desprotegida la frontera y expuesta a cualquier tipo de tráfico.
La geografía argentina está ya incorporada al mapa del narcotráfico. Revertir esta situación requiere sincerar verdades y asumir que ganarle la guerra a las drogas, implica dar muchas batallas. No hacerlo significa condenar a la sociedad al avance de una enfermedad que penetrará hasta corromper cada uno de sus estratos.
















