El luto que podemos evitar
En nuestro país, los siniestros viales mantienen tasas de víctimas mortales que no pueden menos que conmover. Cada mes, unas 700 personas pierden la vida como consecuencia de choques con vehículos, lo cual significa, tomando como comparación un hecho de impacto en nuestra historia, cuatro veces por mes los muertos en el boliche República de Cromañón, en 2004. Hacemos la cuenta por usted: son más de 20 personas por día.
La situación se mantiene en los últimos años y se pone de especial manifiesto cuando los hechos ocurren en nuestra región y afectan a nuestros vecinos. Esta semana, la ciudad se conmovió por la muerte de cinco jóvenes pergaminenses en un siniestro sobre la ruta Nº 8 a la altura de la localidad cordobesa de Canals.
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La causa de esta tragedia, como la de la mayoría, se encuadra -prima facie- dentro de la más común en este tipo de hechos: falla humana.
Ya sabemos que Argentina ocupa los primeros lugares de los rankings mundiales de muertes por siniestros viales. Y no reaccionamos: desde 2014 no se ha logrado disminuir ni siquiera un 1 por ciento de este índice.
El 95 por ciento de las muertes en rutas, contrariamente a lo que la gente suele suponer, no son por lluvias o calzadas en mal estado sino por fallas humanas. Entre ellas, entidades abocadas a la accidentología vial como el Cesvi y la Asociación Civil Luchemos por la Vida, mencionan que el 41,8 por ciento de los casos se debe a invasión de carril, el 15 por ciento a distracciones, el 11 a maniobras abruptas, el 9,5 por circular a velocidad indebida, el 7,1 por no respetar las señalizaciones y el 6,6 por ciento por no cumplir con la prioridad de paso.
Es notorio cómo el país se paraliza ante una tragedia aérea donde mueren decenas de personas. Nos azora y nos pone en estado de pánico, respecto de volar, que una falla humana o técnica pueda ocasionar tantas muertes al mismo tiempo. Sin embargo, la cifra no difiere de los fallecimientos diarios en accidentes de tráfico en nuestro país si sumamos los urbanos, en rutas, que involucran colectivos.
Tememos a los aviones, evaluamos sus riesgos antes de decidir volar, consideramos el clima antes de subir a la aeronave, hacemos todo cuanto se nos indica una vez montados en ella pero salimos a las calles e incumplimos varias normas de seguridad, incluso en simultáneo, impulsados por un sentimiento de omnipotencia que nos da pisar el suelo y conducir nosotros mismos el vehículo. La confianza en la automatización conseguida en muchos años de manejo, lleva a la creencia del conductor de que siempre las maniobras, por arriesgadas que sean, le saldrán bien. No solo se exageran los propios reflejos sino que se pierde de vista un tema que es clave: no estamos solos en la ruta. La falta de esa mínima conciencia se torna cada vez más preocupante en el argentino promedio.
Violamos las normas porque nos convencemos de que el riesgo es ínfimo y que tomarlo nos beneficia, para llegar más temprano a destino, por ejemplo. El tiempo -considerado en estas épocas un equivalente a dinero- es un gran motivador de maniobras impropias. La comodidad es otro: utilizar un vehículo que no está en condiciones es preferido por muchos antes que recurrir a la transportación pública, en un coche debidamente inspeccionado. Lo mismo cuando subimos a tres criaturas a una moto que está en casa por no ir a la parada y esperar un colectivo. El querer todo, entendido como pretender estar aquí y allá aunque ello implique manejar sin haber descansado, por la noche cuando los riesgos son mayores o en medio de un clima adverso, también es puesto por delante del valor de la vida. Y así, priorizando este tipo de cuestiones, dejamos de lado la más importante, al someternos a riesgos totalmente evitables. Por eso son mal llamados accidentes, ya que no son situaciones accidentales sino propiciadas por nosotros mismos, totalmente evitables.
En un país donde la mayoría de los males son adjudicables a las sucesivas administraciones gubernamentales, es muy sencillo encontrar razones para estos desgraciados episodios en el estado de las rutas. Sin embargo, si nos adentramos en la crónica de los hechos, cada vez más nos encontramos con un escenario de línea recta sobre una ruta bien demarcada y con el asfalto impoluto.
A su vez, los estudios que realizan las entidades revelan que solo el 6 por ciento de las colisiones se produce sobre pavimento mojado y un 3 por ciento en rutas con humedad en la calzada.
Es claro entonces el motivo por el cual estamos a la cabeza de los países con más accidentes en el mundo: ¿por qué manejamos tan mal? ¿Por qué ignoramos sí las normas concebidas para nuestra protección? ¿Es que nos gusta violarlas? La respuesta es sencilla. Ponemos por delante cualquier cosa menos lo más valioso e irreemplazable: la vida.
Evidentemente tenemos un problema para respetar las normas y entenderlas que fueron creadas para nuestra supervivencia. Suecia y Australia tienen bajísimos índices de accidentes de tránsito. ¿Qué es lo que hace la diferencia entre ellos y nosotros? Lo que nos diferencia es el aprendizaje social de lo que es más conveniente, la educación desde pequeños y la internalización de conductas que luego se nos hagan carne.
Mientras que cualquiera puede aprender a manejar, saber conducir es lo que diferencia al buen automovilista; el primero sabe hacerlo pero el segundo ha internalizado las normas y no arriesgará su vida ni la de los demás. No es poca la diferencia.
Debemos cambiar nuestra mentalidad transgresora, porque lo único que nos ha traído son dolores, tragedias y caos en el tránsito tanto urbano como rutero. Si tantos países lo han logrado, nosotros también podemos.
Se ha dicho muchas veces -y es verdad- que conducir un auto es como portar un arma. Es una manera de expresar que, además de sernos útil, ir a bordo de un vehículo importa una serie de peligros potenciales. Es menester nuestro, de los conductores, minimizar esos riesgos intrínsecos, los mecánicos, los humanos, y considerar los factores exógenos como el clima. La infraestructura vial es el único aspecto que no está en nuestras manos. Porque si bien no tenemos control sobre el clima, sí podemos tomar decisiones que hacen a evitar el peligro, como no salir si hay lluvia o niebla, salvo en caso de extrema necesidad y ante esa circunstancia, modificar considerablemente nuestra forma de manejo respecto de cuando lo hacemos en buenas condiciones climáticas. No viajar de noche es otra decisión que nos compete; lamentablemente entre los grandes daños que le hizo al país la desaparición del ferrocarril de carga, está que los camiones copan las rutas y para evitarlos, muchos particulares prefieren tomar la ruta en la oscuridad de la noche, incrementando ostensiblemente el peligro para sí mismo. Toda una contradicción.
Cuando la muerte es el resultado, la mirada se posa mayormente en el Estado y sus falencias, en la búsqueda de respuestas al drama y en una actitud defensiva de no querer asumirnos los ciudadanos como principal factotum de la desgracia.
Es la imprudencia, impulsada por la temeridad y la desaprensión, la actitud que más incide en los siniestros. Creer que no pasa nada, que es lo mismo si infringimos una norma o ignoramos una señal vial, confiarnos en que todo lo podemos, es el principio de nuestros males en rutas y calles.
Es curioso cómo los seres humanos permanentemente buscamos artilugios y recetas para prolongar la vida, cuidamos la alimentación y el físico para no ser alcanzados prematuramente por la muerte pero no seguimos ese mismo criterio de preservación cuando conducimos un auto o una moto.
Es evidente, a esta altura de la historia y de las estadísticas, que nada cambiará mientras quienes manejan no tomen en serio la necesidad de asumir conductas apropiadas, lógicas, cuidadas. Que se tenga respeto por las sugerencias y legislación, que se entienda que, ante el cansancio, es preferible detenerse un momento a cerrar los ojos que hacerlo para siempre. Que es mejor llegar tarde que no llegar. Que quien nos mandó un mensaje por celular, lo que más quiere es tener una respuesta, no le importa cuándo.
En síntesis, entendamos que no hay nada más importante que la vida.



















