El “karma” de la inflación en Argentina: 10 puntos para entender
La inflación anual del 47,6 por ciento de 2018 denota el problema que tiene el Gobierno para poder reducirla.
Pero, más allá de las explicaciones que fueron dando durante el año distintas voces oficiales y del análisis que han realizado los principales expertos económicos, hay 10 aspectos que sirven para explicar por qué las recetas para bajar la inflación nunca sirvieron, con excepción al Plan de Convertibilidad entre 1991 y 1998 y el Plan Austral de 1985 a 1987.
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1- Lo primero que hay que destacar es que el origen de la inflación es siempre el mismo y consiste en la monetización del déficit fiscal. Dicho de otra forma, emitir moneda sin respaldo para financiar ese déficit fiscal, algo que se vino haciendo constantemente hasta la firma del acuerdo con el FMI en 2018. Por eso en aquel momento sosteníamos que lo positivo de este nuevo convenio con el organismo es que venía a corregir, de manera compulsiva y coercitiva, aquello que estábamos haciendo mal, que se sabía que estaba mal pero que nadie tuvo el coraje político de dejar de hacer de motu proprio.
2 En los últimos 74 años, con los cambios de moneda el peso perdió 13 ceros y eso se explica por la monetización del déficit; pero en las últimas siete décadas se recurrió a todo tipo de artilugio económico para frenar la inflación, pero nunca atacar su origen. Eso provocó que planes antiinflacionarios como el Plan Austral de 1985, el Plan Primavera de 1987 y finalmente la Convertibilidad de 1991 tuvieran un éxito espasmódico para después fracasar y dejar más lastres que el que se traía. Lo lógico, aunque sea imperceptible y no guste porque no impacta rápidamente en los bolsillos, es una reducción gradual, sobre bases sólidas que no son otras que ajustar el gasto a la realidad. En otras palabras, un Plan de Convertibilidad en estos momentos puede ser visto como algo fabuloso pero no es más que una mascarada. Y lo sabemos.
3 La Argentina vive con inflación desde 1945 y lo paradójico es que antes de ese año, que coincide con la llegada del peronismo al poder, nunca tuvo inflación. Los números indican que desde la Revolución de Mayo en 1810 hasta 1944, la inflación promedio no superó el 3 por ciento anual pero desde 1945 en adelante la inflación es de dos o tres dígitos, excepto algunos episodios.
4 El salto inflacionario se explica desde la creación del Banco Central (Bcra) en 1935; luego de su creación, comenzó en la Argentina la tentación de aumentar el gasto público y financiarlo emitiendo dinero, lo que se fue transformando en una especie de enamoramiento de varios gobiernos y trajo la inflación a la economía. En 1945, cuando el Bcra cumplía su primera década de existencia, el país comenzaba a vivir con una inflación de dos dígitos para nunca más volver a la estabilidad monetaria, salvo en la convertibilidad.
5 En los procesos democráticos, los programas antiinflacionarios fueron de tres tipos: fijar el valor del dólar, las tarifas y los demás precios en la economía, pero sin frenar a la maquinita de la emisión monetaria que se destaca en su mayoría en los periodos en que gobernó el peronismo.
6 Esta combinación de pisar precios sin frenar la creación de dinero provocó que la inflación aumentara y se crearan todo tipo de mercados en negro. Como la inflación finalmente no se reduce, el retraso del tipo de cambio o un dólar subvaluado termina asfixiando a la economía y luego se produce la devaluación tan temida. La distancia entre el país real y el país virtual culmina en una brusca devaluación para acortar o anular distancias y que operen nuevamente las señales de precios que permitan equilibrar los mercados.
7 En esta nueva dinámica, el Bcra busca absorber los mismos pesos que crea al financiar el fisco con crecientes tasas de interés para contener la presión inflacionaria, hasta que llega el momento en que la entidad bancaria entra en el terreno del déficit cuasifiscal. Todo termina en devaluación para licuar gastos y pasivos del organismo y achicar la asfixiante tasa de interés que buscaba contener los precios.
8 También se recurrió al endeudamiento externo para frenar la monetización del déficit fiscal sin reducirlo. Esta fue la estrategia que más éxito tuvo, al menos mientras duró el financiamiento externo. Por supuesto, cuando se agota el crédito la inflación vuelve, y usualmente con mayor virulencia dado que hay que bajar el consumo privado, no solo para financiar el gasto público, sino también los intereses de su deuda. Esto es bastante parecido a lo que ocurre ahora con el actual modelo económico. Como en el hogar, tomar deuda para cubrir los gastos corrientes, es como cargar un yunque que más temprano que tarde se cae porque es imposible de sostener. Distinto es tomar deuda para inversión. También lo hemos dicho en varias ocasiones: endeudamiento no es, per sé, una mala palabra; la cuestión es para qué se usa ese dinero prestado.
9 Todos los programas antiinflacionarios fracasaron porque ninguno reconoce el origen del problema, que es la emisión de dinero para financiar el déficit fiscal que en el 2017 llegó al 4,2 por ciento del PBI y se lo logró al 1,1 en este año. Siempre hablando de déficit primario, sin servicios de deuda.
10 Otra cuestión que atenta contra encontrar una solución definitiva a la inflación es la política y sus campañas discursivas que buscan siempre exculparse, acusar a factores exógenos mas nunca decir y hacer lo que es debido. Así hemos escuchado a lo largo de estas siete décadas teorías bien criollas de lo que hay que hacer evitar el problema y explicaciones del por qué de un ajuste o de alguna medida. Inflación importada, inflación de costos, inflación de demanda, inflación estacional, inflación estructural y millares de explicaciones más, incluso el ciclo de stop and go y la restricción externa.
En síntesis, la inflación en Argentina es un fenómeno fiscal. Pero cómo se siente en el bolsillo del ciudadano, eso otra cosa.















