El juego de las lealtades y las diferencias
El Día de la Lealtad conmemorado en forma fragmentada fue un símbolo de las divisiones que corroen al movimiento peronista pero, también, del fracaso del oficialismo a lo largo de dos décadas en las que gobernó durante 15 años. Por eso es difícil definir a qué lealtad se refiere cada facción.
El solo hecho de que el acto que pareció el central, solo por realizarse en Plaza de Mayo, tuvo como figuras notorias a dos "herederos" actualmente coaligados pero sin ningún tipo de construcción propia en materia de liderazgo. Por una parte, Pablo Moyano, cuyo referente, su padre, evoca a una militancia sindical setentista dentro de la corriente más ortodoxa representada por el asesinado José Ignacio Rucci. El otro es Máximo Kirchner, referente de La Cámpora, una agrupación también con resonancias de aquella década. Su nombre, creado por el escritor Miguel Bonasso, reivindica a la tendencia revolucionaria, responsable del asesinato de Rucci dos días después del categórico triunfo de Perón en las elecciones de septiembre de 1973. Es difícil saber si Máximo y Pablo conocen esos detalles. Probablemente no les importen, porque "es el pasado".
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Con una mirada de absoluto presente, el gastronómico Luis Barrionuevo sentenció en su estilo entre desembozado y brutal: "El peronismo está hecho mierda", y agregó: "No hay un liderazgo desde ningún lado, ni desde el lado de la oposición". Ese es el nudo de la cuestión.
El presidente Fernández apenas hizo una aparición en Cañuelas. Fiel al esfuerzo por identificar a su gestión con una imaginaria revolución de obras públicas, anunció la finalización del cuarto tramo (9 kilómetros) de la autopista que conecta a esa ciudad con Ezeiza. Y en su discurso habló demasiado de su antecesor Mauricio Macri y muy poco de lo que él entiende por "lealtad". Es razonable. Solo dijo aquello de que "mejor que decir hacer, mejor que prometer es realizar".
De poco puede jactarse cuando el país muestra en su tercer año de gobierno una deuda nacional real generada por el Estado de 380.760 millones de dólares (equivalente al 77 por ciento del PBI) y de la cual la que se contrajo con el FMI es una pequeña parte. Además, con una inflación que se acerca al 100 por ciento y una crisis sindical, social y de seguridad de alta intensidad. Pero para cualquiera que hoy intente ampararse en la memoria peronista es muy difícil explicar cómo se honra a esta "verdad peronista" directamente vinculada con la lealtad: "En la nueva Argentina el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume". Con el 60 por ciento de los niños y jóvenes por debajo de la línea de la pobreza, con altísimos niveles de deserción escolar y muy bajo nivel de aprendizaje, nada hay tampoco de aquello de "los únicos privilegiados".
Pero Alberto Fernández resiste, ante la realidad y ante el fuego amigo. A pesar de que muchos de sus interlocutores le hablan como si su Gobierno estuviera en retirada, mide, evalúa y piensa más cambios en su Gabinete. Se refugia en sus aliados y muestra a Daniel Scioli, a quien busca fortalecerlo de cara a lo que viene.
El círculo albertista, aunque cada vez más chico, afirma que el presidente no está entregado ni asumió el fin del año próximo como el cierre de su paso por el Ejecutivo. Esto genera claro, mucha más tensión dentro del frente interno.
Hacia adentro del kirchnerismo duro, los gestos del presidente, molestan y mucho. Por ejemplo, el hecho de haber realizado un recambio ministerial inconsulto dentro de la coalición gobernante, ubicando a Tolosa Paz y a Olmos en el Gabinete. Para el albertismo quedó demostrado que si Alberto dialoga, gana siempre el kirchnerismo; y si pierde, pierde solo. Por eso se diferencia de Cristina cada vez que puede, como lo hizo en Idea, preguntando a los empresarios si durante su Gobierno la Afip los perseguía o alguien les había pedido plata para obra pública. También Alberto planea hasta marcar una diferencia respecto de la postura que Argentina llevará a la cumbre de presidentes que se realizará en Indonesia a fin de año. Allí la intención del gobierno argentino es condenar junto con Francia de una manera tajante a Vladimir Putin por no frenar la guerra contra Ucrania. Esto para el kirchnerismo más duro también representa un ataque contra Cristina.
En el mismo sentido de marcar las diferencias entre unos y otros, Alberto está decidido a poner todo su esfuerzo en frenar la eliminación de las Paso. Entiende que sí o sí, las boletas del Frente de Todos deben definirse con un mecanismo de participación partidaria. Cree que una elección con nombres elegidos a dedo los llevaría a una derrota directa y sin escalas. A diferencia de esta idea, el kirchnerismo duro avanza para que la eliminación de las primarias se realice sí o sí.
Será por todo eso que en el acto principal por el día de la Lealtad peronista, Máximo Kirchner, sin nombrarlo llamó a Alberto "traidor".
Frente a esto y a un Mauricio Macri que busca envión con la presentación de su segundo libro pero que aún no define si se queda en el lugar de "pater noster" de Cambiemos o va por su segundo tiempo en el Ejecutivo, el presidente entendió que no puede quedarse atrás. Su tiempo de tomar decisiones en soledad llegó. Perdido por perdido, pretende dar pelea. Y está en ese camino, aunque muchos no lo crean.













