El gran cambio de Cambiemos
Nos proponemos analizar el significado y la trascendencia que tiene un aspecto que, a priori, parecería secundario o menor, sin embargo la política ha demostrado que no es un asunto tan desdeñable. Nos referimos concretamente a las formas, aquella forma de relacionarse el político en particular y el poder en general con la gente. Las cuestiones de fondo son los anuncios, el cambio de rumbo económico, la salida del cepo, el quite de las retenciones, en definitiva las medidas concretas con las cuales nos vamos a comenzar a manejar.
Uno de los problemas que tuvo el kirchnerismo y no pudo, no quiso o no supo modificar, fue la cuestión de las formas. La presentación de cualquier asunto como una lucha épica contra enemigos oscuros, el blanco y negro netos, sin matices, el diálogo siempre para los propios excluyendo a los que pensaban distintos en el discurso. Las cadenas nacionales, donde siempre, invariablemente, había un enemigo que apuntar. Esta mística que tanto gustaba a sus seguidores, en la lógica amigo enemigo, enojaba al resto de la sociedad. Todo ese contexto fue en detrimento de los anuncios e incluso de las medidas en sí mismas. No lo podemos asegurar, pero es probable que las mismas decisiones pero planteadas de otro modo a la sociedad, hubieran surtido un mejor efecto. Sirva el levantamiento del cepo como ejemplo: si el anuncio se hubiese hecho 15 días atrás cuando la situación financiera no era muy distinta que el jueves pasado- pero con la parafernalia partidaria kirchnerista, seguramente el resultado de la medida, al día siguiente, hubiera sido otro.
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Los K aún hoy no lo entienden y siguen buscando oscuras razones por las cuales les faltaron puntos para ganar las elecciones, sin embargo la ecuación es tan simple como decir que la intolerancia, el autismo y la inflación entre otras situaciones que le pueden ocurrir a cualquier gobierno- los mandaron a la casa.
Y esta es una de las cuestiones que Mauricio Macri interpretó mejor que nadie, hacía falta, además de corregir (o para poder empezar a corregirlos) los problemas de la economía, cambiar las formas, ser más inclusivo en el trato, dialogar, recibir apoyos y críticas de propios y extraños, transformarse en un presidente accesible, tanto para su gabinete (fíjense que simpleza se necesitaba) con el que se reúne diariamente, como con entidades, gremios, estamentos de la comunidad de los más diversos.
Es cierto que las peleas del kirchnerismo con los medios tradicionales le valió a Macri una suerte de blindaje y apoyo implícito, sin embargo esa no es la razón de su triunfo, porque en plena lucha contra Clarín, Cristina Kirchner ganó con el 54 por ciento de los votos, en cambio vemos que ese estilo intolerante con una inflación creciente fue lo que terminó por cansar a la ciudadanía. Y de ese modo se fue del Gobierno peleada con el peronismo tradicional, con la mitad de los gremios, con los industriales, con los medios, con el campo. Porque aun cuando no se esté de acuerdo, el diálogo siempre acerca posiciones. Y eso es, ni más ni menos, lo que sumó Macri al proceso de toma de decisiones que ahora, además de necesarias, por ser consensuadas, salen a la palestra con mayor probabilidad de éxito. Así de importantes son las formas.
El PRO, además que lleva su sello, tiene otro estilo en la línea gruesa en general. Partidos políticos nacionales con pretensiones presidenciales ha habido muchos, recordemos a la Ucedé de Alvaro Alsogaray, el Partido Federal de Francisco Manrique, Procrear de Ricardo López Murphy, o la Coalición Cívica de Elisa Carrió, todos con participaciones importantes en elecciones presidenciales, pero ninguno llegó al éxito. No lograban traspasar la lógica peronistas o radicales, ni siquiera cuando después de 2001 los partidos políticos tradicionales explotaron por el aire. En este año, el PRO ha ganado la Presidencia de la Nación, con una propuesta de cambio que la gente creyó porque pudo ver tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el estilo de hacer campaña que lo que se planteaba era un modo distinto. Hay que ser claros y entender que los conflictos de la economía, principalmente, no ofrecen muchas variables de solución; son cuestiones técnicas que no permiten demasiada subjetividad, pero dentro el camino que plantean Macri y su equipo para abordar estas soluciones, es lo distinto, lo novedoso, el verdadero cambio que aportó Cambiemos. Nuevamente, las formas. A igual solución de fondo, mejores resultados por las formas utilizadas.
El PRO es un espacio relativamente joven, nace en el año 2003 cuando aún se sufría la crisis iniciada en el año anterior, las más grave por sus consecuencias políticas, económicas y sociales de las últimas décadas, que había originado en la población una enorme indignación contra la conducción de todos los partidos tradicionales. La época del que se vayan todos, que no quede ni unos sólo como se cantaba en todas las marchas populares. El nacimiento del espacio fue fruto de la iniciativa de Mauricio Macri, alto ejecutivo de empresas de construcción y automovilísticas fundadas por su padre, y recientemente dedicado con gran éxito a la administración de uno de los clubes de fútbol más populares de la Argentina, Boca Juniors. Esto había hecho de él una figura conocida y muy estimada por millones de entusiastas seguidores de ese deporte, el más popular de la Argentina. Con este antecedente, con un grupo de amigos, entre otros Rodríguez Larreta que aporta un conjunto de profesionales llamado el Grupo Sofía, dedicado al estudio de los problemas públicos. Así se empieza a gestar el espacio que hoy llegó al poder.
Entre los objetivos de la nueva agrupación siempre estuvo escapar de los estereotipos partidarios vigentes -conservador, peronista, radical, socialista- pero utilizar la vacancia política que existía, para ser una nueva fuerza para atraer a la juventud sin compromisos ideológicos o partidarios. En esta forma se alimentaron de afiliaciones de todo origen, más una gran masa de independientes. Luego se plegaron peronistas desencantados y ya en la presidencial el radicalismo en su conjunto. A estos adherentes (al igual que en Pergamino con Martínez) no les quedará otra que sumarse al estilo Macri para estar en la gestión los próximos cuatro años. El presidente no ofrece una cartilla ortodoxa de medidas sino que es pragmático y, para enojo de más de un político tradicional que teme perder poder a cada paso, el sí sabe adecuarse a las situaciones como se presentan. Lo demostró cuando volvió sobre sus pasos en la firma del decreto con el nombramiento de los jueces de la Corte a la espera de la ratificación del Parlamento en febrero, a pesar de que sigue considerando que era legal, conveniente y oportuno. Sin embargo, supo leer que cayó mal, que generó un mal clima, no se encaprichó ni atacó por cadena nacional a quienes lo criticaron. Sencillamente dio marcha atrás a costa de poder perder autoridad a los ojos de algunos pero en pos de un estado de tranquilidad social y político. Concretamente no se muestra como un mesías cuyas decisiones son sacras e irrevocables, se muestra como un presidente humano, capaz de escuchar y de modificar una decisión.
Con necesarios cambios de fondo y los esperados de forma se inicia una nueva etapa, con enormes desafíos, e intentará hacerlo con la misma metodología que se ha desempeñado en toda su vida, trabajando en grupo con otros directivos bajo su conducción, con la seguridad de que los problemas serán superados. Es la primera vez que un empresario es presidente de la Nación, con la gestión previa durante ocho años, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la que finalizó exitosamente.
Lo mejor del cambio ya se empieza a ver y no tiene que ver con el cepo o las retenciones sino con otro modo de relacionarse el poder con la gente, lo que abre expectativas de lograr una sociedad más tolerante.












