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El fracaso político de una generación reflejado en la emigración

16 de julio de 2022 a las 12:00 a. m.

Hay puntos de inflexión que marcan algo más profundo que el inicio o el fin de un ciclo. Se trata del hartazgo, que se expresa en el síntoma más grave para una nación: la diáspora de nuestros jóvenes al exterior.

La generación es un agente central para interpretar los movimientos históricos. Más que la edad, es una manera de entender la existencia, visiones y aspiraciones comunes. Eso es lo que la define, principios que van tomando forma en la medida en que empieza a cobrar protagonismo para desalojar a la precedente. Lo peor que le puede pasar a un país es la interrupción de la cadencia entre dos generaciones. Es el anacronismo esencial de la historia, cuando queda anquilosada, detenida en un tiempo definitivo. Este es el desafío más grande que tiene la Argentina: una generación que le ha fallado a la que sigue, privándola de lo más vital, la esperanza. Vale la pena indagar la causa, con la utopía siempre vigente de revertir la fuga del capital humano, el que más importa para torcer el destino de un país. Toca ir mucho más profundo de los sinsentidos económicos y absurdos políticos que abundan y ya cansan. Se termina de comprender con hechos, que muchas veces pasan desapercibidos, pero son centrales en el tablero interpretativo.

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La decepción del régimen político es una de las razones principales de los jóvenes para planificar una vida fuera del país.

Son mayormente jóvenes con recursos económicos medios y con estudios por encima del promedio los que están decidiendo irse del país, pero la búsqueda de nuevos horizontes tiene que ver principalmente con aspectos ligados a la política. Se tiende a pensar que la decisión de emigrar está sustentada casi exclusivamente en factores de vulnerabilidad social y económica, sin embargo, además de las razones sociodemográficas, se acumulan factores como la decepción con el sistema político y la polarización ideológica. Otro aspecto que distingue al emigrante de hoy es que son personas que han sufrido una victimización de la delincuencia y la inseguridad, además de la vulnerabilidad económica, y tienen una especie de desafección del Estado, es decir, sienten que el Estado no los protege, no los considera en sus decisiones ni valora en sus esfuerzos personales que, a la postre, redundan (o deberían redundar) en un impacto colectivo positivo.

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No estamos hablando de un régimen autoritario que expulsa a sus opositores políticos sino de la ineficiencia del Estado y del sistema democrático al momento de hacer valer el ejercicio de los derechos, es así que de una manera indirecta se expulsa a los más jóvenes.

Quienes planifican emigrar pertenecen a un sector educado, quienes a pesar de que tienen capacidades ciertas para entrar al mercado laboral no encuentran las oportunidades necesarias.

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Por eso, más que ver a la emigración como una consecuencia de la economía en crisis, se la debe comprender como un problema con dimensión política, originado en la pérdida de legitimidad de la democracia en el país. La democracia entendida como un sistema sustentado en derechos pero también en obligaciones ecuánimemente compartidas. Este costado del sistema que privilegiamos los argentinos como forma de gobierno es que el falla en nuestro país.

Los últimos dos grandes proyectos legislativos del oficialismo apuntan al régimen previsional, es decir, el corazón de las dificultades argentinas, desde todo punto de vista. Uno es para jubilar millones de personas que no tienen derecho a jubilarse, porque no aportaron; el otro es para darle un subsidio a otros millones, bajo el eufemismo de salario básico y universal, que promueve pagar por no trabajar.

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Es una concepción filosófica del reparto de lo ajeno, del derecho desatado de la obligación, que se suma a la negación de la propia ley. Se enfrenta a otra, en la vereda opuesta: la real politik (política informada por la realidad) contra la ostol politik (política informada por la moral). Queda clara la tensión insuperable entre el que quiere salir del apuro político dilapidando lo de los otros, y los que sueñan con otra Argentina, guiados por el imperativo categórico moral del respeto a los viejos valores del trabajo, el decoro y la propiedad.

¿Qué es lo que está verdaderamente en juego? El futuro de la generación en ciernes, porque estas decisiones no hacen más que hipotecarlo. ¿Por qué se van? Se van decepcionados, porque les están cancelando el porvenir, convirtiéndolos en deudores antes de haber comenzado. No son superficiales: la ecuación que se les ofrecemos como generación precedente es pésima. Los hechos son como jeroglíficos, paradojales: detrás de clarísimos perfiles, plantean un enigma. El argentino es el de dos miradas inconciliables, de política fallida. Eso es lo que ven nuestros jóvenes de la diáspora, una crisis sin principio ni fin. Resolverla es nuestro gran pendiente. 

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