El fin de la globalización plantea nuevos escenarios
Grandes analistas internacionales, economistas y sociólogos ya no insinúan sino que hablan en forma desembozada del fin de la globalización. Los procesos mundiales tienen épocas, atraviesan por distintas etapas y hay que saber leer los signos que demuestran el principio del ocaso de un sistema de economía más o menos compartida, de mercados que se relacionaban por encima de los países. Antes de mirarlo desde la política, es interesante verlo desde la economía, donde un hecho nos pone, claramente alerta: el comercio internacional ha dejado de crecer. El tráfico internacional de bienes y servicios se estancó en el primer trimestre de 2016 y bajó un 0,8 por ciento en el segundo trimestre, confirmando la ralentización que se produce desde el inicio de la crisis de 2008. El comercio internacional, que venía creciendo desde los años sesenta a mayor ritmo que el producto interior bruto, ha crecido, desde el inicio de la crisis, a una tasa equivalente al crecimiento del PBI mundial. El flujo internacional de bienes se está paralizando, pese a los esfuerzos de los países del G20 por reanimarlo.
Su debilidad es solo uno de los síntomas del auge del nacionalismo económico, que desde el inicio de la crisis financiera internacional está resurgiendo no solo en países periféricos, sino sobre todo en los centrales.
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Y en este movimiento mundial se enmarcan desde la salida de Londres de la Unión Europea hasta el triunfo de Donald Trump quien asume la presidencia mañana, que pretende revertir o renegociar buena parte de los acuerdos de libre comercio firmados por Estados Unidos. La Unión Europea, que ha estado a punto de descarrilar el acuerdo con Canadá y ha paralizado las negociaciones de la Asociación Transatlántico para el Comercio y las Inversiones, es otro dato a tener en cuenta, al tiempo que se enfrenta a un notable incremento de las posiciones nacionalistas y proteccionistas entre sus estados miembros.
La Organización Mundial del Comercio ha pasado de ser el mayor impulsor de la globalización a una organización desaparecida del escenario económico internacional. Esta enorme apertura mundial para facilitar el flujo de capitales que comenzó en los 90 con la instauración del New Order con George Bush (padre) en la presidencia de Estados Unidos desde el principio perjudicó a los países más pobres y benefició a los centrales. Pero desde 2008 las grandes potencias vienen probando el lado oscuro de la globalización, toda vez que comenzaron a perder empleo a manos de aquellos países más pobres que recibían las inversiones para obtener bienes de transacción más baratos. Al tiempo que padecieron como nunca los efectos de la burbuja financiera estadounidense que impactó de lleno en Europa. La falta de crecimiento de las economías desarrolladas y la bajada de los precios de las materias primas está debilitando el ritmo de crecimiento económico mundial y generando efectos perniciosos en las economías en vías de desarrollo. De manera paralela, el Fondo Monetario Internacional habla ya abiertamente de la conveniencia de restablecer los controles sobre las transacciones financieras internacionales, a fin de ofrecer cortafuegos a la propagación de nuevos episodios de contagio en caso de nuevas crisis financieras internacionales.
Por esos frutos perniciosos que trajo la globalización es que ahora vivimos un momento de auge del proteccionismo económico, y que plantea la necesidad de proteger la producción y los empleos nacionales frente a los extranjeros.
En este contexto son los obreros industriales que quedaron fuera del proceso productivo los que tanto en Inglaterra como en Estados Unidos van intentando cambiar las reglas. Por eso las sociedades de países centrales eligen gobernantes que prometen romper lazos y proteger las fronteras. Algunos van más lejos en el análisis y opinan que las elecciones en Estados Unidos pusieron fin al mundo nacido tras la caída del Muro de Berlín.
La globalización llegó a su fin, al menos como la conocimos en los últimos 25 años. A partir la caída del Muro de Berlín surgió un gran relato. Se anunció el fin de la historia, de las ideologías, las naciones, los estados, las fronteras. Y hoy vemos un proceso inverso, es otro momento. Muy cierto es que los primeros años del Siglo XXI mostraron un resurgimiento de nacionalismo y de intervención del Estado en América del Sur, llamado en general populismo. Pero ahora los nacionalismos pasan a dominar la escena política mundial. Lo vimos con los movimientos que está haciendo Francia y Alemania. Pero el Brexit y Trump son disparos mortales a la globalización.
Los que impulsaban la globalización decían que íbamos rumbo a un mundo cada vez más integrado, con bloques regionales sólidos, donde los estados nacionales irían desapareciendo y serían reemplazados por ciudadanías regionales. Pero este proceso se fue apagando en los últimos años. Nuestro Mercosur es un claro ejemplo; si bien nunca llegó a su potencial, la certeza es que tampoco lo hará en el futuro. Sencillamente porque el mundo cambió de dirección y camina en otro sentido.
Las sociedades centrales están eligiendo para que los gobierne a dirigentes que prometen sacarlos de una excesiva integración, de un libre comercio que muchas veces los perjudica.
Al fin, la globalización realmente existente dio creciente libertad a los flujos del capital financiero y al comercio internacional. Y no se cumplió la premisa de derrame que venía implícita en el modelo porque solo se beneficiaron los capitales, sin derramar casi nada.
Habrá que estar atentos para comprender los cambios que nos depara el nuevo orden mundial que se está comenzando a organizar. Porque de eso depende que la Argentina, como cualquier país que se trate, no pierda el tren de la historia. Muchas veces hemos ido a contramano del mundo y así nos ha ido. Por una vez seamos astutos y tengamos claro cómo reinsertarnos en la nueva modalidad que se imponga.












