El debate presidencial, un ejercicio que fortalece la democracia
Finalizadas las dos instancias del debate presidencial organizado por la Cámara Nacional Electoral de cara a las elecciones generales del 22 de octubre, lo que dejó la experiencia es la importancia que las instancias de diálogo tienen para el fortalecimiento de la democracia. Tanto el primer debate realizado en Santiago...

Finalizadas las dos instancias del debate presidencial organizado por la Cámara Nacional Electoral de cara a las elecciones generales del 22 de octubre, lo que dejó la experiencia es la importancia que las instancias de diálogo tienen para el fortalecimiento de la democracia. Tanto el primer debate realizado en Santiago del Estero, como el segundo concretado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Buenos Aires, ofrecieron la oportunidad de aportar a la conversación pública algunas de las propuestas que impulsan los candidatos presidenciales, pero también imprimieron al período electoral los ecos de una dinámica que aunque, acartonada por la génesis de su estructura, les permitió a cada uno de ellos hacer su juego, pero al mismo tiempo acatar reglas y ofrecer a la ciudadanía un espacio de escucha respecto de su ideario en orden a cuestiones estratégicas.
Con matices en cuanto a los intercambios que posibilita un formato tan estructurado como el que se sigue en estos encuentros, detrás de todo lo que se vio en la televisión hubo acuerdos y consensos, atributos que no resultan tan frecuentes entre actores de la vida pública atravesados por la grieta.
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En su esencia, los encuentros que se han instalado en la agenda democrática a partir de la sanción de una ley específica, quebraron una conducta en la que incurrían los candidatos de distintas fuerzas políticas que, según el posicionamiento electoral del momento y los datos que les brindaban las encuestas, se mostraban renuentes a participar. El debate en sí mismo iguala la posibilidad de contacto de los líderes políticos de todas las fuerzas competidoras con la ciudadanía, y ya solo por eso tiene un valor sustantivo. Poner en condiciones de igualdad al que va ganando y a los que van perdiendo abre las chances de posibilidad para todos. Y en ese sentido, la iniciativa de la Cámara Nacional Electoral consolidó el formato que apunta a que cada postulante presidencial tenga un espacio formal de contacto con el electorado para favorecer la presentación de su plataforma.
El debate presidencial es, ante todo, un derecho de la ciudadanía que permite conocer en un mismo momento y en un mismo lugar las propuestas de aquellos que aspiran a ocupar la presidencia de la Nación. Esa meta se alcanzó, algo que no resulta menor en el contexto de una sociedad que está celebrando los 40 años del regreso de la democracia y que necesita fortalecer ese sistema a través de distintas expresiones de participación colectiva en torno a lo público.
La amplia repercusión que tuvieron los dos debates, la disponibilidad del contenido no sólo en la red de canales públicos y privados de televisión sino en plataformas por streeming democratizó la llegada. Y la respuesta de la ciudadanía tanto en el seguimiento de la transmisión como en la conversación pública posterior en redes sociales fue otra señal de relevancia. Los altos niveles de audiencia alcanzados son datos que no resultan menores, más allá de la consideración individual que cada uno pueda hacer de la performance de cada candidato y del tenor de las propuestas.
Más allá del contenido, algo que habla más de los políticos que de la propia estructura y dinámica del debate, lo que resulta valorable es que, con el devenir de los años, en épocas de grieta y convulsión, la posibilidad de dialogar se instaló una vez más como necesidad y como posibilidad cierta.
Ningún analista se anima a predecir cuánto influye el debate en la decisión del voto, y las experiencias internacionales que surgen de países que tienen larga tradición en la concreción de debates presidenciales refiere que es poco lo que cambia en la determinación electoral. Pero quizás lo más importante de debatir no resida en cambiar la opinión ya formada de la gente o modificar la respuesta electoral. Tal vez lo medular de la experiencia pase por consolidar una conducta cívica que habla de una predisposición y de un interés por involucrarse en el diálogo electoral de distintas maneras.
Como formato el debate presidencial aportó diversas aristas desde las cuales entender la dinámica de las campañas electorales, exhibió tensiones, estrategias y aportó un marco democrático a la posibilidad de expresión. Allí, tal vez, radica su importancia. Y en este aspecto, la sanción de la Ley de Debate Presidencial en 2016 marcó un hito y con el devenir de los distintos debates, mostró avances y ratificó lo vital que resulta para cualquier sistema político contar con ámbitos de neutralidad e igualdad para discutir ideas y hacerlo de cara a la ciudadanía que está ávida de un diálogo genuino entre quienes ostentan la responsabilidad de representar a todos en el manejo de la cosa pública. Se sabe que no mueven el amperímetro en términos de performance electoral, pero se transforman en un escenario más desde el cual construir ciudadanía, en un momento crucial de la historia. Tal vez por eso, y solo por eso, los debates sirven al fortalecimiento del sistema y consolidan un camino que políticos y electores parecen no estar dispuestos de dejar de lado al momento de hablar de cómo seguir construyendo en democracia, todo aquello que falta.












