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Educación: poner en primer lugar la formación de los docentes y jerarquizar socialmente su rol

A menudo se habla de la importancia que la educación tiene en el desarrollo de un país y en el crecimiento de las sociedades. Hay consenso en que la cuestión educativa debe estar en el centro del debate, sin embargo, cada vez que el diálogo público avanza y se introduce...

08 de mayo de 2022 a las 12:00 a. m.
Educación: poner en primer lugar la formación de los docentes y jerarquizar socialmente su rol

A menudo se habla de la importancia que la educación tiene en el desarrollo de un país y en el crecimiento de las sociedades. Hay consenso en que la cuestión educativa debe estar en el centro del debate, sin embargo, cada vez que el diálogo público avanza y se introduce en los aspectos vinculados al rol del docente y al nivel de su formación, algo se detiene como si hubiera transformaciones que no se pudieran hacer u oposiciones férreas a un modo de enseñar y de formar a formadores ya establecidos.

En los últimos días la crónica trajo al presente una vieja discusión, ¿cómo se forma a los docentes?, ¿en qué condiciones y para qué escuela? Sin ir muy lejos, el reclamo efectuado por estudiantes de uno de los institutos de formación docente que funcionan en la ciudad fue el botón de muestra de una realidad que habla de la precarización que sufre el proceso de formación docente y de problemas estructurales del sistema que no encuentran vías de solución. También exhibe una foto de muchas realidades parecidas donde la formación de formadores parece no acompañar el ritmo de los cambios que se le piden al sistema educativo. ¿Alcanza con la formación terciaria? ¿Se dota a los institutos de todos los elementos que necesitan? ¿Los programas y contenidos acompañan las demandas de una escuela que prepare a las nuevas generaciones para los conocimientos que necesitarán en el futuro?

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Tras la pandemia los indicadores que muestra el propio sistema educativo aportan respuestas negativas para muchos de estos interrogantes y señala la necesidad de que puedan tomarse medidas urgentes. La pandemia desnudó muchos problemas de la escuela como institución y también mostró la sobrecarga del trabajo docente y sus falencias en relación a cuestiones vinculadas al uso de la tecnología y la adaptación de las currículas a una virtualidad impuesta. Pero más allá de la coyuntura, también mostró que el rol docente es central para el proceso de enseñanza- aprendizaje e hizo que la mirada de toda una sociedad volviera a ponerse sobre la escuela y sus necesarias transformaciones. 

La educación se puso en el centro del debate cuando la cuarentena profundizó el atraso y expuso con crudeza las consecuencias de la desigualdad. También la política hizo de la cuestión educativa un discurso y en ámbitos legislativos instaló el debate sobre la educación y dejó traslucir su visión respecto de la formación docente. Al analizar la realidad de la escuela, las dificultades de los jóvenes para acceder al primer empleo o al describir los problemas que se tienen para sostener espacios laborales por falta de capacitación, la educación se volvió un tema central. 

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Sin embargo, poco de esa discusión se traduce por el momento en medidas concretas. Que la escuela no prepara para la vida es una verdad que se grita a voces desde diversos ámbitos, pero todo queda en la declamación. Como medida para paliar una tragedia que lleva años, solo se promueven algunas iniciativas que chocan contra la inercia del propio sistema y sobre dificultades ciertas de implementación que hacen que no prosperen.

En este escenario, y mientras se discute de manera altisonante, las generaciones del futuro se siguen formando en estos espacios que son por excelencia los del aprendizaje. Siguen yendo a una escuela deslegitimada en su capacidad, que se sostiene en el esfuerzo de generaciones de docentes que recurren a su propio compromiso o a su vocación para intentar que algo cambie. ¿Hasta cuando se sostiene un sistema que pasa por crisis y las resuelve sin que nada se transforme sustancialmente? ¿Qué resultados pueden esperarse de una educación si la mirada social que hay sobre la escuela es de permanente crítica y si no se jerarquiza el rol de quienes asumen cada día en las aulas la titánica tarea de enseñar?

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Si algo dejó en evidencia la pandemia es que es necesario recuperar la centralidad del trabajo docente y para ello, como sociedad hay que valorizar esa tarea que se hace puertas adentro de las aulas. Y también dotar a esa labor de nuevas herramientas para garantizar que los educadores las reciban en su instancia de formación y accedan a ellas en otras etapas de actualización profesional. No se concibe una nueva escuela si la formación de aquellos que estarán al frente no se sustenta en una enseñanza rigurosa y pertinente. Hay que pensar no ya en la escuela que se tiene, sino en aquella que se pretende en una sociedad que se define por el conocimiento. No hacerlo es condenar a la escuela y a las nuevas generaciones a carecer de los instrumentos y las competencias que se requieren para el desempeño en un mundo cada vez más competitivo.

La discusión sobre la formación docente tiene que ocupar la agenda pública, y está llamada a convertirse en una cuestión de Estado que importe a todos. Porque eso alivianará la carga que suele recaer sobre los docentes, a quienes se los responsabiliza por los objetivos que no se alcanzan o por los indicadores de una realidad que golpea como una bofetada. En varias ocasiones, desde este mismo espacio editorial, referimos la necesidad de volver a pensar la escuela, adecuándola a este tiempo. Quizás empezar por la formación docente es un camino.

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La pandemia mostró la potencialidad de un sistema que tomó la virtualidad para sostener el proceso educativo. También el compromiso de docentes que como dice el viejo refrán "amasan con la harina que tienen". Pero transitada esta experiencia, la escuela no puede seguir siendo la misma. Y para reformularse exige de otra formación, de otros espacios, de proyectos menos verticales y más colectivos. 

La dimensión de la crisis que experimenta la Argentina, el tamaño de la tragedia educativa que se vive desde hace años y el futuro que se avizora complejo, exigen hacer de la educación en todos los niveles una prioridad que comience con la formación docente; que prosiga con la necesaria articulación entre los distintos niveles; y que cada acción esté acompañada por el compromiso de toda la sociedad. Porque de lo contrario la tarea docente se desnaturaliza, queda desdibujada ante los ojos de una sociedad que demanda aquello que no está dispuesta a acompañar.

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Ya no puede quedar en la singularidad de cada docente la invención diaria de propuestas que motiven, su trabajo debe ser sostenido por una formación que los dote de lo que necesitan para el desarrollo de una profesión noble como pocas, que está llamada a repensarse.

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