Educación financiera, un imperativo en sociedades y escuelas convocadas a construir el futuro
Son muchas las cuestiones que se discuten en torno a cómo adecuar la escuela y los programas de educación formal a los imperativos del mundo presente y futuro, y los temas que hacen a la economía y su conocimiento para la toma de decisiones se torna fundamental. Por esta razón cada vez con más frecuencia la educación financiera aparece entre los conceptos que se imponen y van introduciendo en las aulas. Aunque aún no es masiva su inclusión, son varias las instituciones educativas de distintos niveles que la incluyen en sus programas entendiendo que es un proceso de aprendizaje que busca que las personas, en sus distintas formas de organización, tomen mejores decisiones de inversión.
Aunque parece un contrasentido que este tema se discuta en momentos de profunda crisis y cuando un amplio porcentaje de la población está sumida en la pobreza, precisamente es ese contexto el que habilita la necesidad de que se introduzcan cambios profundos que cooperen con el cambio de las condiciones de vida y el acceso a herramientas que posibiliten la construcción de un mejor futro.
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Quienes entienden en esta materia consideran que la formación en finanzas permite eliminar las asimetrías de información y así evitar que las personas incurran en enormes pérdidas y sufran altos costos emocionales. El resultado final de una buena educación financiera es un desarrollo social más equitativo.
Desde esta perspectiva, la educación financiera se erige como un pilar fundamental en el desarrollo de cualquier economía, ya que facilita el acceso de la población al mercado de capitales y permite generar mecanismos para reducir la desigualdad económica que está muy presente en países emergentes como Argentina.
Una educación financiera de calidad puede traducirse en la inclusión de familias o inversores minoristas en los mercados de capitales de la economía formal y permite un mayor acceso a servicios de intermediación regulados. Lo que en términos teóricos analizando la realidad de determinados contextos resulta una utopía, acorta las brechas si se piensa en la posibilidad de que enseñar finanzas sea una realidad adecuada a cada nivel de la enseñanza formal y con recursos que propicien precisamente una mayor comprensión de los contextos, de la realidad y de los modos de intervenir en ella para cambiar condiciones y crear escenarios futuros más promisorios. Son múltiples las experiencias educativas que empiezan a exhibirse en este orden y mucho el camino que resta aún por transitar.
Para ello hace falta pensar el proceso de educación como sistémico y sostenido en el tiempo sabiendo que el resultado será la generación de nuevas sociedades, más informadas y competentes no solo para la toma de sus decisiones individuales sino de sus determinaciones colectivas.
Adicionalmente, la educación financiera permite a las personas entender cuáles son los fundamentos de riesgo y valor que hay detrás de los activos en los que pueden invertir para alcanzar sus objetivos. Posibilita comprender lo que se escucha cuando se habla de economía en medios de comunicación, redes sociales y en interacciones con líderes políticos. Posibilita entender en profundidad los procesos que se entretejen detrás de cada medida y dimensionar consecuencias. En términos personales, en tanto, a medida que una persona avanza en la curva de aprendizaje, puede aplicar distintas estrategias y técnicas de inversión que fijan límites a la pérdida, utilizando herramientas estadísticas no complejas para predecir subas o caídas de precios en distintos contextos, reduciendo así el riesgo de delegar las decisiones de inversión en terceros que muchas veces distan de ser profesionales calificados.
Si bien es importante que esta disciplina se incorpore al sistema educativo formal en todos sus niveles, también hay que saber que no hay una edad para recibir formación en materia de inversiones y finanzas. Los programas de educación no formal de universidades cada vez la incluyen más entre sus ofertas abiertas a la comunidad. Como todo proceso de aprendizaje, su desarrollo debe ser continuo y adaptado al contexto dinámico, tanto global como local y atender a la singularidad de cada persona y su contexto. Paralelamente, la institucionalización de estos contenidos son una forma eficiente de revalorizar los marcos teóricos que se han visto debilitados ante la desinformación que se promueve en ocasiones desde distintos medios de alcance masivo. Agregar valor académico y científico a conocimientos claves resulta primordial.
Acercar el conocimiento a la sociedad y derribar viejos mitos asociados a que la educación financiera es algo abstracto, complejo y solo reservado a entendidos es precisamente la gran tarea de la enseñanza. Y una forma de incentivar la práctica educativa en materia de finanzas es difundiendo los altos riesgos que existen en el desconocimiento. Sin educación financiera, es imposible pensar en sociedades equitativas y soberanas, por cuanto para que estas existan se requiere de ciudadanos informados, formados, capaces y con el grado de autonomía que brinda el conocimiento como llave para tomar las mejores decisiones. En un país en crisis, este es otro de los debates urgentes, como incluir en la escuela aquellos conceptos que sirven para la vida, cómo hacerlo de manera eficiente y sin pensar que con ello hay cuestiones de ideología que atraviesan la formación. No se trata de mercantilizar las sociedades, sino por el contrario, se trata de humanizarlas en un proceso que incorpore la economía financiera como parte de lo cotidiano y en este y otros campos las instituciones educativas se animen a imaginar el futuro, y crearlo, aportando a las comunidades los mejores instrumentos.












