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¿Dónde anida la maldición de la economía argentina?

08 de septiembre de 2023 a las 12:00 a. m.

Argentina está habituada a la quiebra y la recuperación. Y al declive relativo. Desde 1921, hace exactamente un siglo, cuando era uno de los países más ricos del mundo (su PBI per cápita equivalía entonces al de Francia o Alemania), ha experimentado una inflación media del 105 por ciento anual y se vio obligada a cambiar cinco veces de moneda: peso moneda nacional hasta 1969, peso ley hasta 1983, peso argentino hasta 1985, austral hasta 1991 y el actual peso. Desde 1980 suspendió cinco veces los pagos de su deuda externa (nadie en el mundo iguala esa marca de impagos) y es, ahora mismo, el principal deudor del Fondo Monetario Internacional.

En diciembre de 2019, cuando Alberto Fernández asumió la Presidencia, las cosas estaban mal. Argentina había recaído en la suspensión de pagos y llevaba tres años en recesión. Entonces, a las pocas semanas, llegó la pandemia. El ministro de Economía, Martín Guzmán, tuvo que batallar en dos frentes. Por un lado, renegoció en largas sesiones telemáticas la deuda con los acreedores privados y consiguió un aplazamiento de los pagos y una sensible rebaja de los intereses. Eso supuso un respiro. El otro frente parecía aun más complejo: ¿cómo subsidiar a empresas y ciudadanos afectados por el parate del coronavirus? Sin acceso a los mercados de crédito, Martín Guzmán tuvo que recurrir a la pura fabricación de dinero. El Banco Central emitió durante 2020 más de 1,2 billones de pesos (fueron contratadas imprentas en Brasil y España porque las dos fábricas argentinas de moneda ya trabajaban las 24 horas), con el riesgo de que la inflación se agravara. Como parece estar sucediendo. Y se agravó, y cada vez más, ya sin el coronavirus como argumento.

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El mercado interno es una de las claves de la dificultad argentina para mantener un crecimiento sostenido, y explica en parte la formidable presión inflacionista: su economía está poco conectada con el comercio internacional. Una comparación con Chile, un país con 19 millones de habitantes frente a los 44 de Argentina, basta para reflejar el fenómeno. Chile exporta por un importe cercano a los 70.000 millones de dólares y sus importaciones rondan los 59.000 millones; Argentina exporta por poco más de 60.000 millones de dólares, básicamente granos y carne, e importa por una cantidad semejante. En 1984, cuando Argentina salía de su dictadura más tétrica, el premio Nobel de Economía Paul Samuelson (1915-2009) expresó sin bromear una idea parecida: "Argentina es el clásico ejemplo de una economía cuyo estancamiento relativo no parece ser consecuencia del clima, las divisiones raciales, la pobreza malthusiana o el atraso tecnológico. Es su sociedad, no su economía, la que parece estar enferma".

Argentina nunca termina de salir de sus crisis: aumentó su deuda en los '80, en los '90 trató de resolver el problema por la vía de las privatizaciones, luego llegó la crisis de 2001 y 2002 por la vía del tipo de cambio. Se crean espacios de tranquilidad, pero no se resuelven nunca los problemas estructurales. Las crisis regresan porque nunca se fueron.

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Una crisis endémica es la del peso. Las décadas de alta inflación y de erosión de la moneda, unidas al trauma del "corralito" de 2001-2002 han hecho de Argentina un país bimonetario. Los precios del mercado inmobiliario, por ejemplo, se fijan en dólares.

El dólar no es una variable más sino un termómetro que refleja cómo van la economía y la política, además de un instrumento de ahorro. Pero Argentina nunca consigue generar tantos dólares como necesita, por lo que los controles cambiarios pasan a ser una necesidad.

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Nuestro país no logra superar la contradicción histórica entre las necesidades de su agricultura, la gran generadora de dólares, altamente competitiva en el mercado internacional y por tanto partidaria del libre comercio, y su industria, que al menos desde el primer mandato de Perón (1946-1955) funciona bajo una lógica proteccionista y casi autárquica resumida en una frase que los peronistas siguen repitiendo: "Vivir con lo nuestro".

Douglas Southgate, profesor de la Ohio StateUniversity especializado en estudios latinoamericanos, lo explica así: "Argentina sufre una forma única de maldición de las materias primas originada en el sector agrícola. Su agricultura, que goza de una fuerte ventaja comparativa, emplea pocos trabajadores y las mejores tierras rurales se concentran en relativamente pocas manos. En consecuencia, el sector es un objetivo predilecto de los impuestos diseñados por políticos cuyos electores están empleados en otros sectores económicos. La tributación de la agricultura argentina resulta en un bajo desempeño crónico de la economía nacional, incluidas crisis frecuentes y severas".

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En realidad, de forma directa o indirecta, el campo argentino emplea a más de dos millones de personas, el 14 por ciento de la población activa, y apenas aporta el 10 por ciento al PBI. Su auténtica fuerza, y el origen de sus conflictos con los gobiernos peronistas por los impuestos y las retenciones en origen, está en su competitividad: de cada 10 dólares que ingresan en el país por exportaciones, siete corresponden a la agricultura. Sin la industria agroexportadora apenas entrarían divisas.

El problema radica en que Argentina nunca llegó a ser potencia industrial. Apostó a fondo por la política de sustitución de importaciones y desde mediados del Siglo XX empezó a producir artículos de todo tipo para no tener que comprarlos fuera. Esa era la fórmula que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), dependiente de Naciones Unidas, recomendaba al conjunto del continente para desarrollar la economía y equilibrar las balanzas comerciales y de cuenta corriente. La industria argentina fue fomentada y protegida hasta que la dictadura de 1976 rompió con esa política. La lógica industrial muere con el proceso.

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En 1976, cuando el mundo padecía la crisis de los choques petroleros, el PBI de Argentina ascendía a 51.000 millones de dólares. El de Corea del Sur, a 30.000 millones. Hoy, la economía argentina "pesa" algo más de 80.000 millones de dólares. La surcoreana (que hace medio siglo aceleró su industrialización gracias a unas condiciones laborales casi esclavistas y a la manipulación de los tipos de cambio) pesa 1,4 billones de dólares y es un fenómeno exportador.

¿Qué ha pasado en Argentina? En general, no es que no haya aquí una máquina que no sea igual o mejor que las que tienen en cualquier otro lugar del mundo, pero lo que no dan son los costos de producción. Los mayores problemas en este punto tienen que ver con el precio de la energía y los transportes. El costo logístico es enorme: sale más barato enviar un contenedor a China que un camión desde Catamarca a Buenos Aires. El resultado es un tejido industrial denso pero, en general, incapaz de medirse con la industria de otros países.

Pero el meollo, el "nido" de nuestras crisis perennes, es la falta de consistencia en las políticas macroeconómicas. La estructura productiva es muy desequilibrada y necesita fuentes externas de financiación. Tanto ello como la necesidad de que ingresen divisas va sujeto a la seguridad jurídica que se ofrece, y ésta, a su vez, es pendular según el gobierno de turno, que ni bien asume, cambia las reglas del juego y desprovee al país de previsibilidad. Cada vez que se contrae el comercio global o se produce un descenso en la entrada de inversiones extranjeras por lo antes dicho, surge un problema de reservas. No hay forma de solucionarlo. Por un lado, Argentina incumple los pagos y eso limita su acceso a los mercados de capitales; por otro, falta coordinación entre las políticas cambiaria, fiscal y monetaria. Se crece 10 años y luego se cae y se vuelve al punto de partida. Vaya si sabemos de estos ciclos los argentinos.

Suele considerarse que los años ?80 fueron la "década perdida" para la economía argentina: con Raúl Alfonsín llegó la democracia, pero también la hiperinflación. En 1989, los precios subieron más del 3.000 por ciento. En las fábricas no se hacían los balances en pesos sino en kilos, porque era imposible saber el valor del producto. Pero, considerando la evolución macroeconómica y pese al "dinero fácil" de los '90 -cuando un peso equivalía a un dólar- y pese a los años dorados de Néstor Kirchner (2003-2007), en los que gracias al brutal saneamiento forzado por el colapso de 2001-2002 y al alza de los precios de la soja se logró crecer mucho con poca inflación, Argentina lleva muchas más décadas perdidas.

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