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Devaluación con inflación no es una buena receta

24 de enero de 2015 a las 12:00 a. m.

Circularon un sinfín de teorías conspirativas. Creció la incertidumbre y se paralizó la actividad económica. El knock-out se maduró a través de las “mini devaluaciones” de los días anteriores y se concretó con dos golpes. El 22 de enero de 2014 la paridad entre el peso argentino y la divisa norteamericana saltó de 6,91 a 7,53 (un 9 por ciento en el día).

Tan sólo 24 horas más tarde la barrera de los 8 pesos resultaba pulverizada: otro 6,5 por ciento de suba, materializando la mayor devaluación desde el año 2002.

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En medio de la confusión inicial, las versiones cruzadas apuntaron a variadas – y hasta disparatadas – teorías. Las tintas fueron cargadas contra distintos actores, desde los operadores de las mesas de dinero del propio Banco Central hasta una supuesta actuación concertada de empresarios encabezados por el CEO de Shell, Juan José Aranguren. Pasado el tamiz del tiempo, lo que queda fue la decisión del Banco Central de cortar la hemorragia de reservas que enfrentaba día a día al sostener un tipo de cambio evidentemente retrasado y carente de credibilidad (en enero de 2014 las reservas cayeron en más de 2.800 millones de dólares).

El interrogante es cómo se llegó a la situación previa a este fuerte movimiento en los tipos de cambio. Hacia finales de 2013 las expectativas de un movimiento brusco en la cotización del dólar oficial crecieron, producto de la inflación acumulada – y no reconocida en las estadísticas gubernamentales – en conjunto con una sostenida expansión monetaria, deterioro en los sectores productivos y dificultades para el desarrollo del comercio exterior.Para repasar algunos indicadores relevantes: entre 2008 y 2013 la diferencia entre las mediciones privadas de inflación y los valores publicados por el Indec acumulaba una subestimación del proceso inflacionario de 183 por ciento. En dicho período, que coincide con las crecientes críticas a las estadísticas oficiales, los informes privados señalan que los precios se multiplicaron 3,5 veces mientras que los reportes de Indec apuntaban a la mitad de este guarismo.

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En simultáneo, la cotización del dólar pasó de 3,15 pesos por dólar a 6,32. Esto implica que el precio del dólar se duplicó, pero aun así subió significativamente menos que los restantes precios de la economía. Entre tanto, surgió el cepo a las compras de dólares como una medida para proteger las arcas del Estado de la sangría de divisas.

El atraso cambiario se hizo a su vez evidente en el intercambio comercial. Entre 2007 y 2013 las exportaciones crecieron un 45 por ciento en su valor en dólares, pero las importaciones saltaron un 65 por ciento y la composición de estas también expresó esta realidad en la que se sumergía la economía argentina: la participación de las adquisiciones de bienes de capital cedía (del 23 por ciento de las importaciones al 16 por ciento) al tiempo que bienes de consumo como los automóviles y energía ganaban ponderación.

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La tensión también se expresó en la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo. Este diferencial, que a fuerza de ajustes parciales se había estacionado en torno al 50 por ciento en el tercer trimestre de 2013, pasó a un 70 en las primeras semanas de 2014. Lo que sucedió después es historia conocida.

La intención de este artículo es analizar, un año después, las consecuencias que esta decisión tuvo en la economía argentina, a partir de la evolución de la inflación, el comercio internacional y las decisiones que siguieron en materia de política cambiaria.

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Para mensurar la magnitud de la devaluación del 22 y 23 de enero de 2014, baste con decir que en esas 48 horas se concentró prácticamente la mitad de la pauta devaluatoria de todo el año. Sin embargo, tan fuerte movimiento en la cotización no resultó creíble para el mercado, la tensión sobre la divisa no cedió y la pérdida de reservas por parte del Central no encontró freno hasta entrado el último trimestre del año. Vale mencionar que esto se dio a fuerza de admitir un goteo por ventas de dólar ahorro con el objeto de restar presión al mercado informal, retraso en el pago de importaciones, adelanto en la liquidación de exportaciones (las firmas exportadoras de granos aportaron 5.700 millones de dólares), contabilización de saldos pendientes de pago y la activación del swap con el Banco Central de China.

La devaluación total del año fue del 31 por ciento. El problema no pasa por la variación en la paridad peso-dólar sino en el hecho de que la economía argentina mantiene una elevada tasa de inflación, superior a la que llevó al atraso cambiario que, a su vez, motivó la decisión de Kicillof del salto devaluatorio un año atrás. De hecho, si se considera que la inflación durante 2014 superó el 35 por ciento según indican las mediciones privadas, la moneda argentina fue la única en la región que se apreció frente al dólar.

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En otras palabras, el proceso inflacionario eliminó el efecto que se buscó con la devaluación de enero. La variación en los precios internos hace que un dólar cotizando a razón de  8,60 en la actualidad resulte equivalente en su efectividad al dólar de 6,32 de enero del año pasado, cuando se devaluó. Esto evidencia que la leve mejora en la competitividad cambiaria que se consiguió con esa medida en ese momento, volvió a esfumarse, gracias a la inflación. De haberse acompañado la marcha que tuvieron los precios durante 2014, la cotización bilateral del dólar (esto es, considerando la inflación argentina y la de Estados Unidos) ascendería a los 10,45 pesos por billete verde. Es decir, que el dólar sigue retrasado.

El ajuste de cotización resultó efímero. Esto se hizo patente en una persistente tendencia contractiva en el intercambio con los principales socios comerciales del país. En los primeros 11 meses de 2014, el superávit comercial cayó un 34 por ciento respecto del año anterior. Esto se explica por una reducción del orden de los 10.000 millones de dólares en exportaciones (un 12 por ciento) que tuvieron su correlato en un férreo control de las importaciones, con los consabidos problemas que esto ocasionó.

Sin lograr la apertura de nuevos mercados exportadores, sumado a un contexto internacional que no resulta alentador, la receta para no abrir la canilla al drenaje de reservas pasará por la continuidad en las políticas tendientes al control de las importaciones.

En contraste, los efectos negativos de la devaluación sí persistieron. Aun cuando el nivel de actividad se resintió y el enfriamiento en la economía se hizo presente en la calle, la inflación no acusó recibo y a un año de la última gran devaluación, el recuento de las consecuencias deja un sabor amargo. La enumeración podría extenderse y ramificarse hacia otros rubros que también acusaron el golpe (turismo, sector financiero, entre otros), pero los aspectos referidos resultan suficientes para comprender que se trató de una movida con más efectos negativos que positivos. No porque la devaluación sea mala en sí misma sino porque el gran problema que tenemos es la inflación, y hasta que no se la ataque de raíz (empezando por reconocerla), no con medidas de poco alcance, todo cambio económico que se emprenda va a estar condenado al fracaso.

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