Detrás del maquillaje de la fiesta mundialista
Siempre es mejor pensar en retrospectiva, una vez que se asentaron las emociones. Cuando es posible pensar sobre un tema pudiendo ver otras aristas o contemplando otros puntos de vista que no podemos incorporar cuando estamos con todas las emociones desbordadas. El Mundial ya pasó. Es lindo haber salido campeón....

Siempre es mejor pensar en retrospectiva, una vez que se asentaron las emociones. Cuando es posible pensar sobre un tema pudiendo ver otras aristas o contemplando otros puntos de vista que no podemos incorporar cuando estamos con todas las emociones desbordadas.
El Mundial ya pasó. Es lindo haber salido campeón. La selección nacional de fútbol de Argentina es la mejor del mundo, en un deporte que es más y más global.
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El resultado habla de un equipo que creció y se fue consolidando luego de la debacle deportiva que significó el Mundial anterior; la falta de directores técnicos que quisieran asumir el desafío cuando la Selección quedó acéfala; una gestión de alguien tan oscuro como Claudio Fabián "Chiqui" Tapia y cuando asomaba un Lionel Scaloni como única alternativa para dirigir al plantel. Un Lionel Scaloni que hoy nos cierra la boca a todos.
Sin quitar ningún mérito al éxito conseguido, hay enmarcar la campaña realizada dentro de lo que corresponde: es un evento deportivo. Nada más. Hay que desdramatizar el fútbol; no se alcanzó la "gloria eterna" como titularon algunos medios. Se jugó un partido de fútbol, no se puso en juego nuestra Patria; ni nuestros valores nacionales o nuestra identidad social. Extrapolar esto a cualquier otro ámbito por fuera del ámbito deportivo es inadecuado. Si es con fines políticos, es canallesco. Si es con fines comerciales, es tonto. Si es con fines de mostrar una Argentina unida, que somos patriotas y que la "camiseta nos une", es una ficción.
Del mismo modo que ganar un mundial no nos convierte en un país exitoso y progresista, un festejo masivo no nos hace federales, aunque el sentimiento haya sido unívoco en todo el territorio.
Un canal de televisión que lleva de pueblo perdido en pueblo perdido un televisor y nos dice que "une" el país no es una epopeya nacional. Son lugares donde no hay energía eléctrica, agua corriente, cloacas o escuelas.
Es difícil sino hipócrita compartir la alegría de que esa gente vea a la selección argentina en un televisor prestado que, después, se van a llevar. Hablaron días y días sobre Algarrobito o Puerto Chalanas, por ejemplo; pueblos de nuestro territorio a los que solo se puede acceder a través de Bolivia. Por momentos, los canales de TV parece que "descubren" la pobreza. La injustificable ausencia total del Estado. Que no haya suministro de energía eléctrica, agua en condiciones aptas para el consumo humano, algún servicio sanitario o escuelas es algo abominable. Que lleven un televisor para hacerlos sentir incluidos, se torna entonces un gesto patético.
Benedict Anderson, en su famoso libro "Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo", dice: " propongo la siguiente definición de nación: una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque aún los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de la comunión. ( ) Se imagina 'comunidad' porque se concibe como un compañerismo profundo horizontal. En última instancia, es esta fraternidad la que ha permitido, durante los dos últimos siglos, que tantos millones de personas maten y, sobre todo, estén dispuestas a morir por imaginaciones tan limitadas".
El nacionalismo es, con toda probabilidad, la construcción social más limitada y primitiva de entre todas las posibles.
Bailar toda una noche en el obelisco aferrados a la camiseta de la selección argentina, ¿nos provee de algo más que no sea una catarsis momentánea y por completo efímera? Tal vez la clave para entender este profundo enamoramiento con la selección sea la tan necesaria ilusión de pertenecer a algo que hoy no existe tras años de fractura económica y de polarización política extrema. De tener un valor aspiracional que la selección parece encarnar y que no tenemos.
Cuando esos chicos de Algarrobito -o cualquier otro lugar que no conocemos de Argentina- bailan abrazados a sus camisetas; ¿los hemos incluido en este país tan unitario que los excluye? ¿Los hacemos sentir compatriotas, parte de nuestra Patria? ¿Los sentimos nosotros -y los hacemos sentir a ellos-, parte de esa "comunidad imaginada" de la que habla Anderson?
Sucede que la camiseta de la selección en general y el fútbol en particular, nos despierta un nacionalismo primitivo y carente de sentido. Acaso este nacionalismo, ¿soluciona algo? ¿Nos hace un mejor país? ¿Nos convierte en una mejor nación? ¿Resuelve el atraso y el olvido de Algarrobito, de Puerto Chalanas, o de todos los otros pueblos que recorrió ese canal de noticias en su "epopeya mundialista"? ¿Resuelve la situación de los otros miles de pueblos que ni siquiera calificaron para entrar en esa "gesta"?
Cuando se van, ¿dejan un tendido de energía eléctrica, cloacas, agua corriente y una escuela? Sí, lo sabemos: no es la función de ellos. Pero si no es la de ellos; ¿de quién es? También lo sanbemos: del Estado. Ellos se irán. Y detrás de ellos, todo volverá a ser como era antes. Quizás hasta peor.
El Mundial pasa. La alegría de ser campeones se traduce en una nueva estadística y en una nueva estrella. Más allá de eso, nada cambia. Las otras estadísticas quedan igual que antes.
La inflación sigue siendo del 100 por ciento anual, para pesadilla de Kelly Olmos y de todos los funcionarios del gobierno que ahora deben volver a trabajar en el tema. "Un mes no va a hacer la diferencia", había dicho la funcionaria a cargo del Ministerio de Trabajo de la Nación. Bueno, el mes llegó a su fin. Pasó el Mundial y volvemos al embate del Poder Ejecutivo sobre el Poder Judicial. A las faltas de respeto de los legisladores entre ellos y a la sociedad. A la indiferencia absoluta de los tres poderes del Estado hacia las necesidades ciudadanas. A la muerte diaria por una zapatilla, por una mochila o un celular. Al desgarro diario de ser lo que somos y que no podemos dejar de ser. Que no cambian por ser campeón mundial de fútbol.
La pobreza sigue siendo del 43,1 por ciento y la indigencia del 8,1 por ciento. ¿Haber ganado el Mundial cambiará en algo esta realidad? ¿Cuánto va a durar esta alegría efímera - cuando estas familias no puedan brindar este fin de año o no puedan dar de comer a sus hijos o los mate la pobreza, el narcotráfico o la inseguridad?
Finalizados los festejos, cuando el calendario marque 2023 y el Mundial sea cosa del año pasado, no quedará la realidad de un país inexistente. Un país que se autopercibe y se autoproclama federal con gestos vacíos y gritos altaneros. Un país inviable que concentra en el 0,4 por ciento de su superficie total un 37 por ciento de la población , el 50 por ciento del PBI y el 38 por ciento del padrón electoral.
Un país que construye un sistema de poder basado en una inviabilidad democrática a fuerza de concentración de pobreza, aislamiento de comunidades y de provincias enteras, ignorancia generalizada, asistencialismo discrecional y discursos altisonantes que carecen de todo contenido ético o moral.
















