Cuba, clave en el conflicto venezolano
Probablemente Latinoamérica toda aún no haya comprendido la escala real de la bomba de tiempo en que Venezuela se ha convertido. Para decirlo sin eufemismos, tras el costoso traspié de la oposición liderada por Juan Guaidó en los últimos días, el país caribeño está al borde de convertirse en la Siria de América del Sur.
Están dados los ingredientes necesarios para una internacionalización de alcance imposible de mensurar por el momento, como lo son la violencia endémica y en franca expansión, el enfrentamiento entre dos segmentos claramente diferenciados de la sociedad en el que ninguno de los bandos logra imponerse de manera definitiva, una tremenda crisis humanitaria y la presencia de Estados Unidos, Rusia, China, Cuba e Irán.
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Los sucesos de estos días muestran a las claras la injerencia del Departamento de Estado de Estados Unidos detrás de los levantamientos internos de Venezuela; el timing, la comunicación de los hechos, los términos de negociación, todo estuvo intervenido por el país del norte. Esto dicho de manera descriptiva, sin ánimo ni de crítica ni de elogio, puesto que cada pueblo y sus líderes saben en quiénes apoyarse y a quiénes recurrir en caso de necesidad.
El tema es que mientras un bando se respalda con Estados Unidos, el otro lo hace con Rusia. Y así, finalmente, lo que se produce es un nuevo capítulo de la Guerra Fría, con las dos grandes potencias disputando poder en territorio ajeno.
Lo de la semana pasada, puntualmente, fue uno más de los notorios fracasos de Estados Unidos a lo largo de más de medio siglo de ejercer esta dinámica salvífica a domicilio, por llamar de algún modo a estas intervenciones norteamericanas en países remotos. Esta vez, Guaidó y Trump cayeron en la trampa que los servicios rusos y cubanos montaron para que la oposición jugara a todo o nada y pagara con un desgaste quizá irreversible el paso en falso, con un Nicolás Maduro aún útil para el régimen.
Con soldados uniformados y dos gigantescos aviones militares, hace ya un mes que Rusia desembarcó en Venezuela , apoyando abiertamente a Nicolás Maduro en su afán por mantenerse en el poder del país al que ha contribuido a destruir. El argumento políticamente correcto de Putin es defender a las autoridades legítimamente elegidas por el pueblo frente al avance destituyente de Guaidó. Para gran parte de Venezuela, Estados Unidos y el mundo, esa legitimidad de Maduro no es real por la connivencia y el fraude, además de considerar que no respeta las libertades individuales; para esta misma gente y para la ONU, Juan Guaidó es el presidente interino, proclamado por la Asamblea Nacional. A partir de concepciones tan disímiles de la estructura jurídica de Venezuela, todo pasa a ser materia opinable para quienes la vivimos y miramos de afuera. Pero lo que es objetivamente claro es que la cuestión venezolana se enmarca en los asuntos ya históricos entre Estados Unidos y Rusia, como lo fue Vietnam y como lo sigue siendo Cuba.
El costo político será elevado ya que lo que allí sucede viola el principio de no intervención que América Latina ha abrazado desde hace por lo menos tres décadas. Es como estar viviendo un deja vú.
La intervención es claramente repudiable y en este caso las responsabilidades son compartidas entre Guaidó y Maduro: ambos levantaron el tubo e hicieron sonar los respectivos teléfonos rojos en Washington y en Moscú.
Librar guerras lejanas es siempre muy costoso. Rusia tiene un gasto militar agregado del orden del 5,4 por ciento de su PBI, que se estima en unos 66.000 millones de dólares. Los Estados Unidos, en cambio, asignan a este fin unos 610.000 millones de dólares, diez veces por encima del gasto ruso, aunque tan solo 3,2 por ciento de su PBI.
Hoy, Estados Unidos es la única potencia mundial capaz de sostener una guerra en territorios alejados de los propios. Rusia es, en cambio, un país debilitado por la corrupción, conducido por una elite de enriquecidos oligarcas que luchan por mantener sus tradicionales aspiraciones de grandeza. Si Rusia fuera realmente una superpotencia mundial, debería estar ayudando a resolver rápidamente la absolutamente dramática escasez de agua, alimentos y medicamentos que sufre estoicamente el pueblo venezolano. Está claro y a la vista que no lo ha hecho, más allá de cierta ayuda humanitaria promocionada por el propio Maduro.
La presencia militar en Venezuela que debe verdaderamente preocuparnos es la de Cuba , cuyas fuerzas de seguridad e inteligencia se han infiltrado en los más altos niveles de gobierno y de las fuerzas de seguridad de Venezuela. Cuba cuenta hoy para su supervivencia con recursos económicos que abiertamente succiona de Venezuela. De la misma manera en que, hasta no hace mucho, Cuba vivía de la Unión Soviética, hoy se ha convertido en un parásito de la riqueza petrolera venezolana.
El liderazgo político cubano, abrazado al tan vetusto como fracasado ideario comunista, se ha especializado en vivir descaradamente de los demás. Y así quedará Cuba seguramente inscripta en la historia. La defensa de los derechos y las libertades en la región es contraria a intervenciones como las referidas. Frente a ellas, una vez más, la comunidad internacional debe alzar la voz en defensa del sojuzgado pueblo venezolano, al que incluso ahora, merced a la peligrosa presencia de fuerzas foráneas, Maduro pretende continuar sometiendo.
Pero lo que no se ve es más preocupante. Buena parte de los países del área han quedado atrapados en su impotencia para hacerle comprender a la administración de Donald Trump que las vías hasta ahora ensayadas están condenadas al fracaso por eludir la cuestión de fondo: que no hay solución venezolana sin Cuba. Y la tarea de desmontaje que Trump ha realizado con las políticas que Barack Obama implementó con Cuba ha empeorado el panorama.
Es improbable que pueda ensayarse nada práctico en este caso si no se negocia con La Habana. Y Trump parece no querer. Descartada cualquier opción militar por inviable la extensión y geografía venezolanas crearían un nuevo Vietnam, es la política la que debe buscar las respuestas.















