¿Cuándo entenderemos que no hay nada más importante que la vida?
No necesitamos a un especialista que nos informe el tipo de tránsito que tenemos en la Argentina en general y como es obvio en Pergamino en particular, porque en este como en otros problemas, no somos una isla.
No es difícil ver comportamientos temerarios al volante, desde pasar semáforos en rojo, motos que se acercan peligrosamente a los autos hasta conductores que en las rutas se exceden con la velocidad. Son de las tantas maniobras que terminan cobrándose vidas, esta es la dura realidad, en un país donde más de 20 personas mueren por día a causa de siniestros viales.
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Esta semana hubo varios accidentes de envergadura -en un solo día hubo tres- en la ruta Nº 188, en el ámbito de nuestro distrito. Mal llamados accidentes, porque de accidentales no tienen nada ya que todos se produjeron por deliberadas imprudencias. Dos de ellos dejaron como saldo víctimas fatales.
En un país donde la mayoría de los males son adjudicables a las sucesivas administraciones gubernamentales, es muy sencillo encontrar razones para estos desgraciados episodios en el estado de las turas. Sin embargo, si nos adentramos en la información, esta vez nos encontramos con un escenario donde la ruta está demarcada y el asfalto impoluto. Además, la mayoría de los choques se produjeron en zonas rectas de la calzada, solo uno en las peligrosas curvas que tiene la traza. De modo que el tema pone sobre el tapete una problemática que no es nueva, que se repite y acrecienta año tras año y que nos ha puesto a la cabeza de los países con más accidentes en el mundo: ¿por qué manejamos tan mal? ¿Por qué ignoramos si las normas concebidas para nuestra protección? ¿Es que nos gusta violarlas? La respuesta es sencilla. Ponemos por delante cualquier cosa menos lo más valioso e irreemplazable: la vida.
Violamos las normas porque nos convencemos de que el riesgo es ínfimo y que tomarlo nos beneficia, para llegar más temprano a destino, por ejemplo. El tiempo -considerado en estas épocas un equivalente a dinero- es un gran motivador de maniobras impropias. La comodidad es otro: utilizar un vehículo que no está en condiciones es preferido por muchos antes que recurrir a la transportación pública, en un coche debidamente inspeccionado. Lo mismo cuando subimos a tres criaturas a una moto que está en casa por no ir a la parada y esperar un colectivo. El querer todo, entendido como pretender estar aquí y allá aunque ello implique manejar sin haber descansado, por la noche cuando los riesgos son mayores o en medio de un clima adverso, también es puesto por delante del valor de la vida. Y así, priorizando este tipo de cuestiones, dejamos de lado la más importante, al someternos a riesgos totalmente evitables. Por eso son mal llamados accidentes, ya que no son situaciones accidentales sino propiciadas por nosotros mismos.
La Asociación Civil Luchemos por la Vida ha estudiado estos comportamientos que nos llevan a protagonizar peligros innecesarios. Y la realidad es que la experiencia de no recibir una multa o no sufrir un accidente cuando eludimos las normas de tránsito es lo que refuerza esa falsa asociación entre el riesgo de, por ejemplo, pasar un semáforo en rojo y el beneficio de no perder la onda verde de los semáforos y llegar más rápido a casa. El entorno de una sociedad particularmente transgresora hace el resto, si todos se arriesgan por qué no he de arriesgarme yo, es la falsa autopropuesta que puede terminar en tragedia.
En la ruta, donde los conductores no son menos osados que en la ciudad, la velocidad y la confianza en la automatización conseguida en muchos años de manejo, llevan a la creencia del conductor de que siempre las maniobras por arriesgadas que sean le saldrán bien. En este caso no solo se exagera los propios reflejos, sino que se pierde de vista un tema que es clave: no estamos solos en la ruta y podemos accidentarnos dañando además a un inocente prudente conductor. La falta de esa mínima conciencia se torna cada vez más preocupante en el argentino promedio. Ya no se trata solo de jóvenes inconscientes que cruzan calles como locos en moto sin mirar un semáforo, se trata en muchos casos de adultos que no parecen tener la madurez necesaria para asumir las responsabilidades de manejar un vehículo que, sabemos, puede ser tan letal como un arma de fuego.
Las estadísticas publicadas por Luchemos por la Vida indican que, en promedio, un automóvil particular que circula por la Ciudad de Buenos Aires pasaría cuatro semáforos en rojo cada tres días y que la prioridad de la que gozan los peatones no se respetaría en uno de cada dos días. Si del transporte público se trata, cada colectivo violaría tres semáforos por hora. Y este estudio si lo replicamos en Pergamino no daría mucho mejor, somos de la misma estirpe a juzgar por los accidentes ciudadanos y ruteros que protagonizamos.
Es curioso ver cómo en las encuestas de opinión de Luchemos por la Vida sobre manejo, siete de cada 10 conductores automovilistas consideraron que manejan mejor que los demás. Este rasgo de omnipotencia es también responsable de los riesgos innecesarios que se toman al volante, poniendo en peligro su vida y la de los demás. Evidentemente tenemos un problema para respetar las normas, mientras que en otros países como Suecia o Australia tienen bajísimos índices de accidentes de tránsito. ¿Qué es lo que hace la diferencia entre ellos y nosotros? Lo que nos diferencia es el aprendizaje social de lo que es más conveniente, la educación desde pequeños y la internalización de conductas que luego se nos hagan carne.
Mientras que cualquiera puede aprender a manejar, saber conducir es lo que diferencia al buen automovilista, el primero sabe hacerlo pero el segundo ha internalizado las normas y no arriesgará su vida ni la de los demás. No es poca la diferencia.
La realidad es que no hay nada más complicado que cambiar conductas asentadas y extendidas en la sociedad, por eso la estrategia de los expertos se basa en formar en la población una percepción del riesgo más realista para su mejor adaptación en el tránsito, mediante campañas de concientización masiva a través de los medios de comunicación y con mensajes ine-quívocos, y restablecer la educación vial en las escuelas. Al mismo tiempo, los controles, las multas y la mirada atenta del Estado ayudará a que logremos mejorar en este aspecto, porque es también una forma, aunque coercitiva, de hacer docencia.
Cierto es que debemos cambiar nuestra mentalidad transgresora, porque lo único que nos ha traído son dolores de cabeza, tragedias y caos en el tránsito tanto urbano como rutero, si tantos países lo han logrado, nosotros también podremos.












