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Cristina y el Papa en la misma sintonía

19 de marzo de 2014 a las 12:00 a. m.

Es una buena noticia para el país la buena relación que se evidencia ahora entre Cristina Kirchner y el Papa Francisco, sobre todo si se sopesan los tiempos del arzobispo Jorge Bergoglio y el presidente Néstor Kirchner.

A diferencia de aquellos años, con la presidenta y en su nueva condición, el Santo Padre mantiene una amable relación, incluso a cada político argentino que recibe le pide que “cuide a Cristina”. Ha trascendido además que el diálogo entre ellos no se circunscribe a estos encuentros protocolares sino que mantienen frecuentes charlas telefónicas. 

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Para el Gobierno fue motivo de alegría esta última reunión en Roma, fue como un remanso en medio de la tensión social. Nadie ignora que atravesamos momentos de turbulencia económica, además cuando la sucesión presidencial ya se debate en el propio oficialismo.

En momentos en que la presidenta se muestra dispuesta a recuperar los vínculos con los países centrales en busca de financiamiento externo, y sobre todo en la nueva etapa que inauguró con la Iglesia desde la llegada de Jorge Bergoglio al Vaticano, la reunión tan buscada por la Casa Rosada terminó dándole a Cristina Kirchner impulso para transitar su último año de gobierno.

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El Papa le dedicó un almuerzo a solas de dos horas y media, al cabo del cual la presidenta hizo gala del “lenguaje común” para analizar la realidad y de las muchas coincidencias que, dijo, habían tenido. Sostuvo que en ningún momento hablaron del país como asunto puntual.

Toda la información sobre lo que se habló en el encuentro corrió por cuenta de la presidenta, incluso su explicación de que había llegado tarde al encuentro a raíz de un esguince en su pierna izquierda que había sufrido la noche anterior en el cuarto de su hotel. Cálido, el jefe de la Iglesia se mostró ameno durante los minutos que compartieron en el saludo oficial, las fotos y el intercambio de regalos. Como es su estilo, la recibió en la puerta con un “qué mala pata”, cuando supo del esguince que tuvo la presidenta y esperó solo, en la puerta de Santa Marta, hasta que el auto oficial que trasladaba a Cristina desapareció de su vista.

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El Vaticano no dio detalles de la reunión y sólo hubo una declaración formal del vocero papal, Federico Lombardi. Dijo que la presidenta había llevado “el saludo del pueblo argentino” a Bergoglio por el primer año de su Pontificado.

El Papa dejó expuestos, según el relato presidencial, su “preocupación” y “desvelo” por la exclusión social, que es parte de Evangelii Gaudium, la primera exhortación apostólica de Francisco. Si el mensaje iba dirigido a la Argentina, fue imposible saberlo. Por las dudas, Cristina le informó del reciente plan lanzado por el Gobierno para ayudar económicamente a los jóvenes que no estudian ni trabajan, Progresar.

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“El Papa está muy preocupado por eso, por el hecho de crear oportunidades de trabajo”, abundó la jefa de Estado. De paso, envió una crítica a la oposición. “Muchos deberían no solamente venir a sacarse una foto o a visitarlo sino leerlo”, apuntó sin dar nombres y sin recordar los años en que su marido y ella se esforzaron por ignorar tanto el mensaje como la sola presencia de Bergoglio. 

Y aunque abordaron temas generales y sin puntualizar sobre la Argentina, siempre según el relato de Cristina, la jefa de Estado contó sobre la “preocupación” de Francisco por la “inseguridad”, que el Papa vincula a la exclusión social. 

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Pero la presidenta, aclaró para evitar interpretaciones: “Cuando él habla de la inseguridad menciona fundamentalmente el tema de la exclusión. Hace mucho hincapié, no es que lo diga yo, lo dice el Papa y lo escribe. El menciona que la exclusión, sobre todo en los jóvenes, es uno de los principales motivos de la inseguridad, y lo que lo desvela también es la no estigmatización de los jóvenes frente a estos hechos”.

Lo que pretende que quede en claro Cristina Kirchner es que el Papa nunca se refirió a la Argentina en particular. “Ustedes tienen que entender que él es un jefe de Estado”, adoctrinó cada vez que se intentó sacarle una definición puntual sobre los asuntos de interés del Vaticano. “De lo que le pasa a la Argentina el Papa nunca habla”, insistió ante los medios.

A Cristina Kirchner le llevó bastante tiempo poder asimilar el impacto, pero entendió lo que estaba en juego: una imagen de desavenencias entre el Gobierno argentino y el Vaticano podría tener un alto costo político.

En consecuencia, consumó un giro pragmático que tuvo su máxima expresión en la reunión de este lunes. Fue muy notoria la diferencia respecto de aquel primer encuentro -ocurrido en ocasión de la entronización de Francisco- cuando a la presidenta se la había notado nerviosa y con la inocultable incomodidad que implicaba el haber mantenido años de una relación muy tensa con el exarzobispo de Buenos Aires.

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El lunes, en cambio, se vio una escena diferente. Además del hecho de que se mostró distendida y a gusto en el Vaticano, haciendo gala de un trato afectuoso y hasta familiar con el Papa, Cristina supo sacar rédito político de la reunión.

Para Cristina, hay una sintonía entre su gestión de gobierno y las ideas expresadas en el documento de finales de año del Papa, en el cual critica la llamada “teoría del derrame”, esa que propugna que los gobiernos deben propiciar un crecimiento económico y disminuir las regulaciones, y que la riqueza de los sectores de altos ingresos se derramará al resto de la sociedad. Ocurre que esa postura del Papa no sólo incomodó a los sectores más cercanos a la ortodoxia económica, sino que hasta se presta para justificar medidas intervencionistas y una postura crítica ante “las corporaciones”.

No por casualidad, la presidenta provocó con esta declaración: “Muchos deberían leerlo al Papa y no solamente venir a sacarse una foto con él”.

Es en ese campo simbólico donde Cristina tuvo su mayor rédito político del encuentro con el Pontífice: el matiz “peronista” del Papa parece bendecir la postura oficial de cuestionar las reformas liberales de los años 90, con lo cual limita la posibilidad de que la oposición haga un uso político de la imagen papal.

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Pero, sobre todo, había otro objetivo de Cristina en este almuerzo con Francisco: reforzar la idea de que el Pontífice nunca apoyará actitudes que puedan implicar una ruptura de la institucionalidad -como promover un llamado anticipado a elecciones- ni avalará la generación de situaciones que puedan desestabilizar al Gobierno.

Es el famoso mandato “cuiden a Cristina”, que ha circulado en todo el arco político, justo en momentos cuando atraviesa uno de sus períodos de mayor debilidad, tras el deterioro económico que llevó a la devaluación y la aceleración inflacionaria, y con proliferación de expresiones de malhumor social por la crisis energética y la caída salarial.

Fue la primera situación de peso en la agenda internacional de Cristina Kirchner en lo que va del año, y la impresión inicial es que le resultó positiva. El Gobierno tiene motivos para festejar: la nueva fase del relato podrá incluir las coincidencias entre Cristina y el Papa como justificación para la política económica.

Y, de aquí en más, el kirchnerismo intentará que cada crítica de la oposición corra el riesgo de parecer un cuestionamiento a la figura de Francisco.

Son, a fin de cuentas, las ventajas de que el ocupante del trono de Pedro sea “argentino y peronista”.

 

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