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Con la frazada tan corta, el impuesto a las Ganancias es una batalla campal

02 de diciembre de 2016 a las 12:00 a. m.

En la sesión del martes de la semana que viene se trata la baja del impuesto a las Ganancias, una promesa de campaña que Mauricio Macri; ni eso ni su eliminación sobre los salarios. A poco de asumir se vio claramente que para enderezar la economía en el sentido que espera el oficialismo, la frazada es más corta de lo esperado.

A una propuesta más bien escasa del PRO en función de establecer nuevas escalas para que los trabajadores paguen este impuesto, el Frente Renovador jugó fuerte planteando una rebaja importante de esta contribución. El Frente para la Victoria, que mientras fue Gobierno se resistió a un cambio en Ganancias, sin despeinarse hoy critica al macrismo y apoya a Sergio Massa. Este es el juego político, lleno de subjetividades e intereses. En la faz económica, no hay mucho margen para analizar: con los impuestos hay que pagar el gasto público. Si no es con Ganancias, será con otro tributo, tal vez más distorsivo; si baja la recaudación de Ganancias por un lado, tendrá que crecer por otro. Y si no habrá que achicar el gasto público, esto es: disminuir las erogaciones en ayuda social y subsidios, cosa que no es aconsejable, más bien no es posible por el momento.

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A su vez, por la recesión imperante el Estado recauda menos por consumo (IVA, Ingresos Brutos). 

Además del tironeo político entre partidos que buscan congraciarse con su próximo votante, se advierte un también tironeo en el equipo económico de Macri. 

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Sucede que al mismo tiempo que la industria no deja de caer, el consumo se retrae y no hay nuevas inversiones, la tasa de interés sigue siendo alta, a un punto demasiado tentador, tanto para el histórico “timbero” como para aquel que tiene un dinero y ve en el banco mucha más tranquilidad y rédito que si invirtiera esos fondos en un negocio, con la presión impositiva constante y un mercado muy recesivo de momento; cualquiera fuese, ese dinero puesto a trabajar generaría puestos laborales y mayor recaudación para el Estado. Por eso, antes que nada el Gobierno se tiene que poner de acuerdo respecto de los intereses diversos que tiene su equipo eco. Porque mientras Alfonso Prat Gay espera “brotes verdes” de la política que aplica, Federico Sturzenegger como presidente del Banco Central mantiene altas las tasas, evitando que se dispare el dólar y por tanto la inflación, pero beneficiando a quienes prefieren “la timba” financiera a la inversión productiva. 

Bajar ahora el impuesto a las Ganancias obligará al Gobierno a recortar algún área del gasto oficial. Y aquí otra vez los tropiezos y las acechanzas: ¿recortar las áreas sociales con un 30 por ciento de pobres? No parece aconsejable. Lo ideal o lo posible es tratar de que quienes más ganan hagan también un esfuerzo y que no termine todo recayendo en los hombros de los que trabajan. Como sucede con nuestro sistema previsional, el sistema tributario es solidario. No se divide el gasto público por la cantidad de habitantes, lo que sería inequitativo, y cada uno paga una parte sino que cada uno paga en proporción a lo que gana. El problema es que en este país nunca está claro quiénes son los que más ganan, ni de cara al resto de la sociedad ni al propio Estado. Porque no necesariamente un empresario es quien más gana debido a los costos productivos y salariales que afronta, mucho menos si se trata de un pequeño y mediano empresario. Es más, irrisoriamente la carga impositiva es la misma para una gran industria que para una Pyme, como si los costos y márgenes de ganancias fueran similares.

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En un intento de tocar sectores que manejan, al menos en este momento, un margen de ganancia mayor, y también atendiendo a dos reclamos constantes de la sociedad y otros partidos políticos, el Gobierno finalmente se decidió a avanzar en el impuesto al juego. A su vez, retrocedería con una de sus primeras medidas y volvería a imponer retenciones a la minería.  

Obviamente que los sectores del juego han puesto el grito en el cielo, amenazan con despidos y los empleados de los bingos bonaerenses estuvieron ayer todos protestando frente a la sede de la Gobernación en la ciudad de La Plata. Lamentablemente, siempre sucede lo mismo, cuando un sector debe tributar más, amenaza con despedir empleados. ¿Qué debieran hacer entonces las Pymes de nuestro país que pagan tributos como si facturaran a la altura de una industria metalúrgica y son las que realmente están sosteniendo la mayoría del empleo. Hay sectores que no tienen el mismo derecho a quejarse cuando hay que hacer un esfuerzo extra, sincerémonos.

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A la hora de escribir este comentario la comisión de Presupuesto de la Cámara baja estaba por emitir dictamen. Lo más probable es que cada espacio presente su propio despacho. Unas siete propuestas distintas, todos de minoría: uno de Cambiemos, otro del Frente para la Victoria, otro del Frente Renovador, otro del bloque Justicialista, uno del Frente Amplio Progresista, uno del Frente de Izquierda y otro del Partido Solidario.

La estrategia de negociación, compartida por oficialistas y opositores, es sentar posición en la comisión y solo después comenzar las conversaciones para explorar un acuerdo. Habrá tiempo hasta la sesión, convocada para el martes que viene. Por reglamento debería tratarse en primer término el dictamen con más firmas, que sería el del oficialismo. En la práctica, lo importante es cuál de los despachos reúne mayoría.

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Esto está sucediendo en Diputados, pero otra saga se producirá en el Senado, donde a diferencia de la Cámara baja, los legisladores representan a las provincias, de modo que los gobernadores tallan muy fuerte en este caso. No olvidemos que como Ganancias es un impuesto coparticipable, las provincias por cada peso menos que se recauda reciben 50 centavos menos. Allí se juegan, entonces, otros intereses muy distintos a los que se ventilan entre los diputados. Esa es la otra arista de la reducción del impuesto a las Ganancias de la que no se habla y que debe atenderse, porque un cambio drástico puede hacer estragos.

Que los “grandes” paguen más, o que al menos a los chicos se les reduzca la presión impositiva, para de esta forma sostener el empleo Pyme, que es el que mantiene y reactiva el consumo, lo que a su vez aumentaría la recaudación estatal por vía del IVA e Ingresos Brutos.

Que se moderen las tasas bancarias, para que junto con la reducción de la presión impositiva y de cargas laborales se estimule a que el dinero no termine en la “timba” financiera y se transforme en emprendimientos productivos, que con la generación de empleo que estos aportan hacen posible el círculo virtuoso ya descripto.  

En síntesis, que el Estado y los sectores que ostentan grandes márgenes de ganancias y al mismo tiempo exenciones “banquen la parada” para salir del déficit fiscal y la recesión sin oprimir a los sectores que ya están encorsetados y son los que retroalimentan el círculo virtuoso al que debemos llegar: asalariados y Pymes.

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Cuando la frazada es corta todo puede sonar lógico pero es muy difícil.

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