Chavismo sin Chávez y sin petróleo, la pesadilla venezolana
Lo que se vive en Venezuela a estas horas fue impensable en los últimos 17 años. Sólo el enorme deterioro económico, la violencia, las persecuciones políticas y la falta de crecimiento y la depreciación de la gallina de los huevos de oro bolivariana, el petróleo, hicieron posible que la oposición se hiciese con la mayoría en el Parlamento.
La proclamación el martes de la nueva Asamblea Nacional con mayoría opositora ya es un hecho, pese a las trabas que Nicolás Maduro intentó poner para evitarlo. Igual, son un grupo de dirigentes rodeados porque el Poder Ejecutivo, Tribunal Supremo, militares, la mayoría de los gobernadores y alcaldes, los fondos del Estado, Petróleos de Venezuela y el resto de los poderes públicos están en mano de los chavistas. Sólo el nuevo Parlamento es controlado por la Mesa de la Unidad Democrática, gracias a los más de dos millones de votos de diferencia obtenidos con total limpieza en las elecciones de diciembre, según quedó claro al desestimarse las denuncias de pretendidas irregularidades en los comicios.
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La iniciativa opositora fue trascendental, tras años de mantenerse fragmentada sin lograr constituirse como un real contrapeso al oficialismo. Ahora, la Mesa de la Unidad Democrática recupera su mayoría absoluta de los dos tercios del cuerpo, que le permite desde acelerar la salida constitucional de Maduro hasta aprobar leyes orgánicas, proponer referéndums, remover magistrados, diputados y ministros. Esta es la razón por la que, aunque estén rodeados de poderes opositores, es clave que tengan control de la Asamblea.
En su primer discurso tras ser investido como jefe del Parlamento, Henry Ramos Allup recalcó que en seis meses se decidirá la salida constitucional, democrática, pacífica y electoral para la cesación de este Gobierno. Junto a una ley de amnistía a favor de los que la oposición considera presos políticos, son compromisos no transables, subrayó.
Las fuerzas opositoras al gobierno han anunciado que sus dirigentes acordaron en julio darse un plazo de medio año para decidir la vía constitucional para una salida anticipada del poder de Nicolás Maduro, elegido en 2013 presidente de Venezuela para un período que vence en 2019. Las opciones para ello son el referendo revocatorio del mandato presidencial (puede activarse cuando Maduro cumpla en julio la mitad de su gestión), la enmienda constitucional, la renuncia voluntaria del gobernante o el establecimiento de una Asamblea Constituyente.
Como se ve, el grupo liderado por Ramos Allup entró pisando fuerte, no sólo desde lo verbal sino también en lo gestual: los opositores pidieron a los operarios de la Asamblea que sólo dejaran un cuadro que sea el retrato clásico del Libertador Simón Bolívar. Sacaron las fotos de Chávez y Maduro, y los mandaron al Palacio de Miraflores, donde deben abundar estas imágenes. Son símbolos que intentan derribar hasta en los detalles.
El chavismo no se queda tranquilo y esto es peligroso para la paz social venezolana, cada vez más comprometida también por lo económico. El presidente reemplazado del Parlamento, Diosdado Cabello, también jefe del ala militar del oficialismo, anticipó que no habrá un peso para el organismo, que las leyes no serán publicadas. También marchó a la fiscalía de turno a denunciar las supuestas irregularidades de la asunción de los nuevos legisladores. Concretamente, reclamaron que Ramos Allup haya unilateralmente y sin aviso previo dado la palabra a Julio Borges, un diputado opositor, durante la asamblea de asunción de los nuevos legisladores. Todo muy republicano como podrá observarse sin profundizar demasiado.
Además de esta situación adversa en lo político, Maduro está acosado por una crisis económica sin precedentes de la que se empeña en seguir negando su magnitud. No habla de errores propios ni de las vicisitudes del petróleo en el mercado mundial sino de una guerra económica en contra de Venezuela. Un relato que a los argentinos nos suena parecido y que se sustenta en obviar mencionar lo que es evidente y en sindicar culpables exógenos y enemigos del gobierno.
Todo gobierno populista se sostiene merced a una administración solvente, que compense con ingresos todo aquello que se eroga sin fines productivos. En el caso de Argentina, la gallina de los huevos de oro para el kirchnerismo era la soja y de allí que se echara mano vía retenciones. En Venezuela es el petróleo de manera excluyente.
Pero sucede que el fósil ha alcanzado su piso más bajo en 11 años al llegar ayer a venderse en 34 dólares el barril. Esto es un tercio de su costo en tiempos de Chávez, cuanto cotizaba en 100 dólares.
Lo cierto es que, desde hace un buen rato, el país caribeño está complicado. La caída libre del petróleo empezó hace 18 meses, lo que fue complicando el sostenimiento de un Estado abastecedor de una nación improductiva por las restricciones oportunamente establecidas. La realidad acosa a Maduro por todos lados, aunque trate de desmentirla con su relato revolucionario. Pero, como lo sabemos bien los argentinos, la ideología no esconde la falta de medicamentos ni de pañales, por no hablar de la inflación. Para colmo de males, el mercado petrolero vuelve a hacer de las suyas. Históricamente siempre ha sido así. Por razones geopolíticas, tecnológicas o económicas los precios suben y bajan cada cierto tiempo. Así, después de haber estado, durante alrededor de una década, arriba de los 100 dólares, ahora ha bajado a un tercio y lo peor es que no hay repunte a la vista.
Como un espejo de lo que sucedió aquí con la soja, Venezuela se engolosinó con los altos precios y no previó en su agenda la llegada de la época de las vacas flacas. No solamente no ahorró sino que se endeudó y encima no invirtió.
Con carencias elementales y derechos fundamentales deprimidos, la épica revolucionaria se ha vuelto más difícil de tragar para el pueblo venezolano, según se expresó en las urnas. El detergente ideológico no sirve para lavar los errores cometidos y no alcanza, tampoco, para transferir la responsabilidad de la crisis al pasado pre chavista, a la derecha nacional en sus múltiples versiones o al tenaz imperialismo.
El chavismo sin Chávez y sin (tanto) petróleo no ha sido capaz de repensarse. Mediante el culto a la personalidad, ha seguido abrevando políticamente en la figura del máximo líder, ha asumido el relato de Maduro como palabra santa y no ha tenido el valor ni la agudeza para cuestionar su legado. No públicamente, pero sí en el internismo, donde los sucesivos errores económicos han derivado en la formación de grupos que se disputan la marca chavista y luchan disimuladamente por el poder. Esto, a la postre, también coadyuvó a la derrota en las urnas.
Desprovisto de mayoría parlamentaria, ahora Maduro nombró a los nuevos ministros para impulsar dijo- una nueva dinámica de trabajo con el pueblo y para enfrentar la grave situación económica del país: la inflación más alta del planeta, escasez de alimentos y elementos de higiene. No tienen industrias, los comercios apenas funcionan, la petróleo dependencia de la que vivieron con opulencia y dejadez en el pasado, al fin, los ha terminado por destrozar. Aislados del mundo, sin inversiones a las que echaron con bombos y platillos durante el gobierno de Hugo Chávez. Eran las épocas que radicalizaron su socialismo a límites extremos y ya cuando llegó Maduro, tras la prematura muerte de Chávez, la situación fue peor aún porque la falta de estatura estadista del reemplazante se hacía evidente.
La clave ahora está en si la Asamblea decide que haya un referéndum para que continúe Maduro en el poder o no. Chávez en su momento tras una derrota legislativa en 2004 la llamó él mismo y triunfó, pero no creemos posible que se repita esta historia. Maduro dijo que él se sometería al proceso pero amenazó: La única forma de mantener la paz en Venezuela es que Nicolás Maduro se mantenga en la presidencia de la República. Habló de él mismo en tercera persona, en fin, los psicólogos tomarán debida nota.
La oposición, en cambio, dice que viven la peor crisis económica de la historia y que no la superará hasta cambiar de gobierno y creen que pueden hacerlo en forma pacífica.
El chavismo no planea irse mansamente del poder y quizá tengamos que lamentar más de un enfrentamiento antes de que se cumplan los sueños de ver a Venezuela libre de una democradura como la que están viviendo.
















