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Caso Cabezas: la sociedad un paso delante de la Justicia

26 de enero de 2017 a las 12:00 a. m.

Se cumplen veinte años de uno de los mayores ataques a la libertad de prensa en la Argentina. Desde que lo encontraron en la cava de Pinamar, muerto, maniatado, con dos tiros en la cabeza y quemado dentro de un auto, José Luis Cabezas se transformó en un mártir de lo que en principio fue la impunidad del poder. El talentoso fotógrafo de la revista Noticias había sido asesinado, un 25 de enero de 1997 por efectos de su profesión y comenzó una saga policial, judicial y política que, es de advertir, no terminó en la impunidad esperada, sino con el autor intelectual descubierto (que se suicidó por esta cuestión) y los autores materiales condenados y presos.

Desde esta perspectiva, no podemos menos que sentir que se ha hecho justicia con esta muerte horrorosa, no solo porque todo crimen debe pagarse, sino porque en este caso, no solo se asesinó a un ser humano, se pretendió avasallar  un derecho a la libertad de expresión, pegándole un tiro en la frente a la posibilidad de informar.

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Al comienzo se intentó atacar a Cabezas buscando ensuciarlo personalmente, como si hubiese justificación para el crimen en una supuesta mala vida, complicarlo con personajes como Pepita La Pistolera y acusarlo de comportamientos oscuros. Lo  que jamás se pudo comprobar. Y lo cierto es que estas jugadas mafiosas de manual no dieron, al fin ningún resultado.

Hubo protagonistas que ayudaron a que el caso no se olvidara y se llegara a la investigación y las condenas.  La familia (sus padres, su esposa, su hermana), la prensa que tomó este crimen como propio y no paró de difundir la necesidad de que “no se olviden de Cabezas” como era el slogan para mantener viva la memoria y el esfuerzo de algunos pocos dirigentes políticos y funcionarios judiciales lograron que la investigación y el juicio avanzaran hasta llevar a la cárcel a los culpables.

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Salvo en el caso del autor intelectual, Alfredo Yabrán, quien eligió suicidarse antes que enfrentar a un juez, los autores materiales fueron condenados y presos: el expolicía Gregorio Ríos (jefe de seguridad de Yabrán que contrató a la banda criminal del barrio platense Los Hornos) y Gustavo Prellezo (encargado de liderar el operativo y dispararle a Cabezas) y el resto de los personajes asociados al crimen. Los horneros Miguel Retana, José Luis Auge, Horacio Braga y Sergio González, y también con los policías Sergio Camaratta, Aníbal Luna y con el excomisario Alberto Gómez, quien preparó la zona liberada para el crimen. Dos de ellos, Camaratta y Retana, ya están muertos.

Las penas fueron altas, aunque en la Argentina no hay cadena perpetua real, se pueden cumplir un máximo de 25 años por un crimen. La realidad fue otra. Y aquí es donde aquella tranquilidad que nos dio las circunstancias de las condenas, se nos hace difusa. Todos terminaron cumpliendo penas de reclusión de entre ocho y diez años. Y es así que ayer, cuando se cumplieron 20 años de la muerte de Cabezas, la Argentina exhibió obscenamente a todos los acusados vivos en libertad.

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Evidentemente las instituciones del país funcionan en forma tan defectuosa que ni siquiera uno de los asesinos de Cabezas está hoy en prisión. Y la verdad es que si en un caso de tan alto perfil los condenados tienen tantos beneficios y cumplen ni un cuarto de la pena, qué puede esperar el hombre de a pie respecto de un crimen que no sale en los diarios ¿el asesino entra y sale al año por buena conducta, porque hizo la escuela primaria en la cárcel, porque se hizo religioso?

La realidad es que la Justicia sigue siendo una de nuestras grandes materias pendientes en la Argentina. De hecho, Prellezo (el policía que le disparó a Cabezas) fue el que despertó la mayor polémica al conocerse, a fines de diciembre, el fallo judicial que lo liberó definitivamente. Hacía siete años que pasaba sus días de libertad condicional en su casa; se había recibido de abogado y ahora está a punto de recibirse de escribano. Y mientras tanto los familiares de Cabezas van a visitar a su hijo, a su marido y a su padre al cementerio.

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Y vale recordar las palabras de su viuda en esta fecha señalada: “Mi hija -Candela, que tiene 20 años, estudia Comercio y vive con su mamá en las Islas Canarias- es el recuerdo más grande que tengo de José Luis. Se parece en sus ojos, en su carácter, en su tesón y en las ganas de hacer fotos”, contó, y agregó: “Esta lucha empezó hace veinte años y yo siento que empezó ayer, que todavía no se ha hecho justicia; que ellos, los asesinos, tienen derechos y beneficios, y de nuestro lado siempre queda el dolor”. Asesinos a sangre fría, evidentemente, han logrado en poco tiempo redimirse de su horrendo crimen y la verdad es que las penas en este caso no son ejemplificadoras y, por el contrario, demuestran que para la Justicia ni matar merece muchos años de estar separados de la sociedad. Cuando la vida es lo más valioso que pueden quitarle a una persona. En fin.

Sin embargo, desde el punto de vista social, el crimen de Cabezas, logró más que en la Justicia. No solo porque impactó profundamente en la Argentina de fines de la década del  90, sino que hubo muchas otras repercusiones. Después del suicidio de Yabrán en 1998, su imperio empresario fue desmantelado. Ya ningún dirigente político quiso participar del esquema de financiamiento del “Grupo Yabrán”, y la simpatía de Carlos Menem, de muchos de sus colaboradores y de numerosos legisladores tanto del Partido Justicialista como de algunos de la Unión Cívica Radical, terminó siendo como una maldición. El menemismo perdió las dos elecciones siguientes y debió despedirse del poder. Y, lo más importante, no volvió a haber asesinatos de periodistas por parte de algunos de los protagonistas de la realidad como sucedió con José Luis Cabezas.

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Una vez más la sociedad de hombres y mujeres de a pie tienen más sentido común que la política y la Justicia juntas, porque cuando los asesinos del reportero gráfico están en libertad, la condena social es hoy tan fuerte como lo fue en el primer momento. Se han sucedido los homenajes en distintas ciudades para que la memoria cumpla con la función que no cumplió la Justicia: mantener las condenas por este horrendo crimen.

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