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Buscando la tracción invertida, en clave electoral e ideológica

18 de enero de 2019 a las 12:00 a. m.

Jair Bolsonaro asumió la presidencia en Brasil con respaldo del Ejército y de los Estados Unidos. Las fuerzas armadas venezolanas -ya sin pruritos de forma- reimpusieron como dictador a Nicolás Maduro, con el apoyo de Rusia y China.

Bolsonaro y Maduro expresan dos extremos del discurso político. En la tirantez entre esos polos, las democracias de la región intentarán resguardar los márgenes cada vez más estrechos para el centro político. Es ese espacio de la moderación y del consenso con el que alguna vez obtuvieron momentos  de progreso social.

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En el cuadro de candidatos presidenciales mejor posicionados en el país, esa tensión complica a Cambiemos más que al kirchnerismo.

Cristina Fernández sobrevive en el silencio, pero ya resolvió atrincherarse en el populismo de izquierda como opción discursiva. Mauricio Macri no quiere enfrentar ese riesgo haciendo populismo de derecha. Prefiere afirmarse en el liberalismo político que lo llevó al poder en 2015.

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Pero después de tres años de gobierno, al menos dos factores amenazan esa decisión: la recesión económica que estresa la paciencia del electorado y las pulsiones internas dentro de su coalición para extremar el discurso hacia la derecha. Todo, ante la certeza de que la principal amenaza de un populismo autoritario en el país es todavía el regreso de Cristina.

Esta presión no le viene a Macri desde sus aliados. El radicalismo está orientado casi exclusivamente a la preservación de sus territorios y la Coalición Cívica insta al gobierno a mantenerse en defensa de la democracia liberal. Fue la definición central en la reaparición de Elisa Carrió, la semana pasada.

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Para entender esa pulsión hay que mirar al PRO. Y a las nuevas contradicciones a las que se enfrenta su manual de discurso y práctica política.

La primera de esas contradicciones es que para persuadir al electorado de que la mejor respuesta a Cristina es la argumentación racional del centro político, deberá resignar una de las consignas principales de su ideólogo, Jaime Durán Barba.

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El manual de Durán Barba comparte con los populismos de cualquier signo una visión de la construcción política que prefiere alejarse del debate argumental: “Nuestro objetivo no es que los electores se convenzan de una idea sino que asuman posiciones”.

En el escenario de 2015, esa consigna podía amalgamar a la oposición contra Cristina sin mayores riesgos de derivar en la derecha explícita. Porque la experiencia autoritaria y la crisis económica eran toda herencia ajena y el vecindario no registraba fenómenos como el de Donald Trump o Bolsonaro.

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Urgido por esos nuevos condicionantes, el PRO está revisando también la visceral desconfianza que tenía sobre la ingeniería electoral.

Macri intentó con tres gobernadores que le responden la unificación de fechas para que esos distritos traccionen en favor de su reelección. El resultado fue menos que módico.

María Eugenia Vidal se ausentó porque analiza el desdoblamiento y Alfredo Cornejo, de Mendoza, solo abrió una negociación.

Durán Barba lo decía con ufanía en 2015: es un análisis anticuado, propio de los tiempos de la política vertical. “Cuando las encuestas detectan que se debilita una candidatura presidencial, los candidatos menores huyen, ya que creen que los perjudica seguir pegados a un candidato que cae. Cuando se van, los dirigentes no se llevan a sus votantes. Sucede lo contrario: los dirigentes se van detrás de los votantes”.

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Tres años después y con una inflación indómita, toda la política se dedica en estos días a imaginar mecanismos de tracción invertida. Los intendentes buscan solo a los candidatos presidenciales que les garanticen el triunfo y los gobernadores se alejan de aquellos que pongan en riesgo su reelección.

Cristina está igualmente complicada con el armado político. Si no neutraliza la diáspora peronista, se encaminará a una derrota que implicará el fin de sus aspiraciones políticas y un destino más cercano a los tribunales que a la Casa Rosada. Por eso le bajó el tono a su participación en la interna del PJ en algunos distritos.

La expresidenta no parece registrar que también su adhesión incondicional al populismo de izquierda le resta posibilidades competitivas, más aun en el contexto regional actual, que influye y mucho. Es decir, la asociación inmediata que hace el votante de Cristina con Maduro es inevitable, a pesar que en estos momentos su apoyo al venezolano no sea explícito.

Ante la emergencia del populismo de derecha, la mera calificación de esos fenómenos como neofascistas -sin profundizar en las demandas que expresan y en cómo las articulan- puede resultar un placebo para el pensamiento progresista. Es una manera fácil de descalificarlos, sin reconocer la propia responsabilidad de la centroizquierda en su surgimiento. Porque como lo hemos planteado en otras ocasiones: el fenómeno no es la aparición de figuras como Trump o Bolsonaro sino que la mayoría de las poblaciones los vota. Algo tiene que haber pasado previamente para giros tan dramáticos.

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¿Podría Cristina asumir la responsabilidad de haber convertido al progresismo en la justificación ideológica de la gravísima corrupción que carcomió a su gobierno? Porque esa es ahora la única consigna incontrastable desde la derecha. Suena improbable a simple vista. Antes debería acogerse a la ley del arrepentido.

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