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Boudou a cargo de la Presidencia pero sin poder

09 de octubre de 2013 a las 12:00 a. m.

Mientras se informaba ayer que la operación practicada a la presidenta Cristina Kirchner había resultado exitosa y que la mandataria estaba de buen ánimo, Amado Boudou debió hacerse cargo de la Presidencia, mientras los kirchnerista de muy mala gana aceptaron la situación porque la Constitución Nacional lo indica como el reemplazante legal de la presidenta.

El parte médico fue claro ayer: reflejó que la salud de la presidenta se había resentido respecto de lo constatado el sábado. El hematoma empezaba a tener nuevas consecuencias: los síntomas de hormigueo y pérdida de fuerza muscular en el brazo izquierdo señalan un incremento sensible de la compresión sobre el cerebro. Y eso llevó a la cirugía que terminó siendo exitosa.

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Durante el domingo y gran parte del lunes, los argentinos vivieron en la nebulosa institucional. Cristina Kirchner no estaba en condiciones de tomar decisiones y no había delegado el poder. Tampoco Boudou estaba en condiciones, porque, al revés de lo que se dijo, la asunción temporaria del vicepresidente no es una cuestión automática. Debe firmar un acta en la que se formaliza la transferencia del mando. No obstante, apenas se produce la acefalía de un Poder Ejecutivo que según la Constitución es unipersonal, debe asumir quien ostenta la presidencia del Senado que, por este motivo, ostenta también el cargo de vicepresidente si bien en lo formal no es parte del Ejecutivo.

La realidad es que los vicepresidentes en la Argentina suelen siempre traer problemas, tanto sea porque se pelean con los presidentes o, como en el caso que nos ocupa, porque adquieren una imagen pésima como sucede con Boudou. Históricamente los “cabezas de fórmula” han elegido para este puesto a personas de magras actuaciones previas, de escaso carácter y desconocidas aptitudes. Por ser un país presidencialista, siempre las elecciones se han centrado en las cualidades del primero de la fórmula y se ha considerado al vice un acompañante circunstancial. Estados Unidos, por ejemplo, tiene una idiosincrasia muy distinta al respecto. Por citar un caso, Bill Clinton –considerado uno de los mejores presidentes de ese país- gobernó sus dos mandatos junto a Al Gore –hoy portador de un Premio Nobel de la Paz- que, al momento de llegar a ese puesto ya exhibía una impecable trayectoria profesional, era renombrado y reconocido en varios ámbitos y contaba con un prestigio intelectual y una imagen positiva inclusive superiores a los de Clinton. Algún periodista le preguntó al entonces presidente por qué lo había elegido como su segundo, si no pensaba que podía ser perjudicial políticamente para su propia imagen tener a su lado a semejante luminaria. A lo que Clinton respondió. “Es muy lógica mi elección. Si a mí me llegara a suceder algo, quien quede a cargo de un país tan complejo como Estados Unidos tiene que ser lo suficientemente capaz como para hacerlo”. Palabras más, palabras menos, esa es la explicación que justifica por qué un vice debe ser tan apto para gobernar como un presidente.

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No es claramente la mentalidad con la que se constituyen las fórmulas presidenciales en nuestro país. Más bien, todo lo contrario. Aquí priman, sobre todo, cierto ego y temor a la pérdida de estrellato.    

A resultas de esta constante de nuestros mandatarios, hoy ejerce la Presidencia una persona de flacos antecedentes profesionales, dudosa reputación e investigada penalmente. Además, no forma parte del núcleo cerrado que día a día decide con la presidenta los destinos del país. Es más bien una figura a la que han querido correr del centro de la escena debido a sus asuntos judiciales pendientes. Resulta casi una prueba del rechazo a Boudou, por parte del cerrado círculo presidencial, que durante un día y medio ni el vicepresidente haya sabido quién estaba a cargo del país.

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Nadie ignora que faltan 20 días para las elecciones y el vicepresidente tiene la peor imagen del kirchnerismo, tras la causa de la exCiccone. De allí que no sería extraño que los propios K intenten esconderlo.

Todos saben además en la Casa Rosada que la Justicia tiene redactada su citación a declaración indagatoria, que podría ponerlo en las puertas de un procesamiento por causas de corrupción.

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Por eso quizá lo esquivaron hasta último momento, hasta que no hubo más remedio que dejarlo asumir la Presidencia.

A la luz de los acontecimientos, muchos que oportunamente vieron mal la designación de la presidenta para su compañero de fórmula, terminaron teniendo razón. Boudou fue, visto con los datos posteriores, una grave equivocación de Cristina Kirchner, que lo eligió sola, sin consultar con la política ni con la familia. Hasta Máximo Kirchner estuvo en desacuerdo con su elección.

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Boudou es un economista y dirigente que durante la juventud militó en la Ucedé, y luego se fue acercando al espacio kirchnerista. Su primer cargo en el oficialismo fue la titularidad de la Administración Nacional de Seguridad Social (Anses). Luego fue ministro de Economía, en reemplazo de Carlos Fernández. 

Antes de las elecciones era visto como una verdadera promesa política, simpático y bien parecido, tocaba la guitarra en los actos para atraer al electorado femenino. Todo lo que sirve para despertar pasiones y captar votos volátiles. Pero en el peronismo siempre lo miraron de reojo.

Pero lo que lo dejó fuera del juego fue cuando en febrero de 2012, Boudou se vio involucrado en una controversia acerca de la compra de la Compañía de Valores Sudamericana (exCiccone Calcográfica), una empresa entonces privada que contaba con la tecnología necesaria para imprimir papel moneda. De acuerdo con una denuncia hecha por Laura Muñoz, la empresa habría sido adquirida por su esposo Alejandro Vanderbroele y este estaría presuntamente relacionado con Boudou en calidad de testaferro, con lo que se le acusa de negociaciones incompatibles con la función pública. Vanderbroele y Muñoz atravesaban un tumultuoso proceso de divorcio al momento de la acusación y esta aclaró que denunciaba a su marido por estar viviendo una situación matrimonial extrema, temiendo por su seguridad y la de sus hijos.

El fiscal federal Carlos Rívolo decidió iniciar la investigación judicial a partir de la denuncia de Muñoz, que había sido realizada en el programa radial que conduce Jorge Lanata en Radio Mitre. Inicialmente, la causa recayó en el juez Daniel Rafecas, pero este magistrado fue luego apartado y, por sorteo, la Cámara Federal designó a Ariel Lijo. 

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Ante este panorama, Vanderbroele negó conocer “ni siquiera de vista al vicepresidente Amado Boudou” y que el banquero Raúl Moneta puso el dinero para levantar la quiebra de la empresa que ahora es la Compañía de Valores Sudamericana.

Tanto Vanderbroele como Moneta negaron tener relación directa con Boudou y éste afirmó que la presión de los medios opositores era debida al negocio de la impresión de papel moneda en la que Ciccone podría eventualmente intervenir afectando a la empresa Boldt, socio comercial del Grupo Clarín en la impresión de boletas electorales e interesado en imprimir billetes.

Hubo muchos dimes y diretes en aquellos días en que Boudou fue acusado, aparecieron pruebas de la relación de un socio del vicepresidente con Vanderbroele que sería el nexo entre ellos, detalles que en su momento fueron escandalosos pero que ya no hacen al fondo de la cuestión.

Finalmente la exCiccone fue adquirida por el Estado, como una forma de cerrar el escándalo, pero la sombra de la corrupción dejó muy marcado al vicepresidente.

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Esta persona, cuya conducta está en juicio, al menos por un mes estará a cargo del Poder Ejecutivo y de la representación máxima de nuestro país. Pero todo hace sospechar que el Gobierno real seguirá en manos de Carlos Zannini y el entorno más íntimo de la presidenta. En palabras callejeras Boudou, al igual que nuestros anteriores vicepresidentes y al igual que siempre, “va a estar pintado”.

 

 

 

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