Basta de tomarnos el pelo
Pergamino está de luto por la muerte de una familia de nuestra ciudad, que se estrelló de frente con un camión en la ruta 8, a la altura de Capitán Sarmiento.
Silvio Pirruccio, Nancy Carballo (de 44 años ambos) y sus hijos Camila de 14, Eliseo de 11 y Ellen, de 3 años de edad perdieron la vida en forma instantánea cuando el automóvil Chevrolet Meriva en el que viajaban chocó frontalmente contra un camión.
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Cuando aun la ciudad intenta digerir cosas inexplicables, como la muerte de la joven Gina Remón, de 22 años, tras darle dura pelea al cáncer, ayer la congoja volvió a ganar lugar a las risas de un fin de semana largo, propicio para el descanso, los encuentros y los viajes. Pero si tratar explicaciones al drama se trata, ambos casos son radicalmente diferentes.
No vamos en esta oportunidad a hablar de rankings o estadísticas; todos sabemos muy bien que son cifras poco halagüeñas, que no nos enorgullecen. Sí vamos a hablar de aquello que hace que estos índices crezcan sin solución de continuidad, sin que nadie haga algo seriamente para cambiarlos.
Es notorio cómo el país se paraliza ante una tragedia aérea como las recientes en Uruguay o en Francia, donde murieron 150 personas. Nos azora y nos pone en estado de pánico respecto de volar que una falla humana o técnica pueda ocasionar tantas muertes al mismo tiempo. Sin embargo, la cifra no difiere de los fallecimientos diarios en accidentes de tráfico en nuestro país si sumamos los urbanos, en rutas, que involucran colectivos.
Y decíamos que ante el dolor de la pérdida humana en cualquier circunstancia, el pesar y la impotencia de una enfermedad como causa no es igual a la bronca y especulaciones de un siniestro vial. ¿Qué pasó? ¿Alguno cometió una imprudencia? Que si el clima, que si hubiesen emprendido antes el viaje; en fin, todas conjeturas en busca de una explicación. Y no se encuentra otra más que circunscribir el hecho a todos los peligros a los que a diario estamos expuestos conductores y peatones.
Es entonces cuando reaccionamos y reconocemos cómo nuestros gobernantes, con sus decisiones y la ausencia de éstas, nos han abandonado a la buena de Dios. Es a El a quien primero van dirigidos nuestros cuestionamientos. Más bien debiéramos interpelar a la dirigencia sobre qué hace con nuestro dinero y sobre dónde quedó el honor de la palabra empeñada.
Según los oportunos y grandilocuentes anuncios, la autovía Pilar-Pergamino tendría que estar terminada casi dos veces ya que su plazo de obra inicial fue 2008. Durante este lapso se han avanzado de manera completa escasos 10 kilómetros, los mismos que causaron revuelo cuando en 2009 comenzó a cobrarse el peaje en Larena.
También en este mismo período hemos asistido a la entrega del ferrocarril de carga a la familia Moyano que, de esta forma, garantizó para su sector (sindical y familiar) un fenomenal negocio al concentrar el traslado de la producción agrícola al puerto en camiones que, a su vez, pagan peaje, tarea en la que está involucrado uno de sus hijos.
Todo este cuadro nos muestra una sucesión de decisiones tomadas ex profeso por este y anteriores gobiernos. Y no entramos en detalles de los sobreprecios de las obras, que será tema de otro artículo editorial. Es decir, nada es casual sino causal.
Que hoy las rutas conlleven el riesgo de vida que tienen es producto de algunas decisiones tomadas y otras obviadas. Porque si se quisiera terminar la autovía, en un abrir y cerrar de ojos se haría. Todo se trata de un orden de prioridades. El problema es que tal cosa está ausente.
Dicho esto sin reconocer el real merecimiento que tenemos los argentinos, ¿en qué cabeza cabe que pavimentar una ruta que literalmente no lleva a ningún lado en Santa Cruz, por 1.200 millones de dólares, sea más urgente que adecuar la ruta más importante del país, que une el puerto y Mendoza, atravesando las provincias productivas más importantes? Sólo en una que no evalúa según el interés de la mayoría sino en el de su propio séquito.
No desconocemos otros factores intervinientes como la imprudencia o la falta de educación vial, pero en lo que al Estado compete, todo está dado para que sigamos perdiendo la vida en las rutas de la región.
Mientras nuestros gobernantes siguen pensando que la obra de la ruta Nº 8 no es relevante, seguimos pagando peajes: tres hacia Capital, cinco hacia Ezeiza, tres hacia Mendoza. Insistimos: es la carretera más transitada del país, por lo que los concesionarios no pueden argumentar falta de recursos para mantener la traza en condiciones, dentro de lo obsoleta que ha quedado por la nefasta presencia de camiones. ¿Qué queda entonces para aquellos que operan en rutas de provincias menos pobladas como La Pampa o Chubut? Sin embargo, aunque podemos equivocarnos por no estar allí en este momento, nos atrevemos a decir que aquellas están mejores que las estas.
Tomadas las decisiones, malas a nuestro criterio, no queda otra que optimizar las condiciones. Es decir, sin trenes, los camiones seguirán copando una ruta que no fue concebida para ellos. Y los autos cada vez vendrán con más potencial. Y la trocha sigue siendo la misma que hace 60 años. Así las cosas, lo único que puede aportar seguridad es la autovía.
La que nos prometieron hace más de 15 años, la que se terminaría en ocho, la que ya cuenta en su haber con más de 10 licitaciones y otros tantos adjudicatarios, la que sólo avanzó 10 kilómetros.
Ante tanto dolor, tanta pérdida, una sola conclusión: nos han estado tomando el pelo.
Por eso no es a Dios a quien hay que interrogar por esta y anteriores desgracias sino a nuestros gobernantes. Porque no sólo un arma o un choque: la corrupción también mata. A la familia Pirruccio no se la llevó Dios para tener más ángeles en el Cielo.
¿Qué hacen con nuestro dinero? ¿Cuáles son sus prioridades?
Basta de satélites al espacio y más pavimento.
















