Aunque estamos a tiempo, el narcotráfico está “evolucionando” muy rápido
Sabemos que una de las ciudades más complicadas en materia de narcotráfico es Rosario; los muertos se cuentan por decenas y los enfrentamientos entre bandas ya son algo habitual.
Tenemos en claro que de la inseguridad es presa todo el país, pero hay zonas donde algunos delitos se han desarrollado más que en otras, como sucede en este caso.
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Precisamente para plantear la problemática en nuestra ciudad el domingo ofreceremos al lector un amplio informe respecto de la situación en Pergamino, tema que preocupa y mucho a los vecinos.
Volviendo a Rosario con un gran despliegue de seguridad realizado por el Grupo de Operaciones Especiales Penitenciario (Goep), Germán Almirón el policía preso que tramó con otro convicto matar al juez Juan Carlos Vienna y al fiscal Guillermo Camporini, fue indagado por una causa federal en la que quedó imputado por facilitar información muy importante a un grupo de narcotraficantes.
Un tema muy espinoso el de la participación policial en apoyo al narcotráfico, y que tuvo en Santa Fe su máxima expresión cuando cayó como jefe de la venta de estupefacientes el policía de más alto rango de la provincia el año pasado.
Tras declarar, Almirón regresó a un sector de máxima seguridad de la cárcel de Piñero, situada a unos 30 kilómetros de Rosario. Su celda individual está frente a la de Ariel “Guille” Cantero, uno de los jefes de la banda de “Los Monos”. Su abogada defensora, Paula Ríos, pidió el traslado de Almirón de ese penal porque, según argumentó, fue uno de los policías que participó en la detención del jefe narco.
Pero Cantero, cabe recordar, se entregó solo en la Jefatura de Policía de Rosario el 20 de junio pasado, tras estar prófugo más de dos meses y fue procesado por el homicidio de Diego “Tarta” Demarre, a quien ejecutaron desde un auto. Ello ocurrió un día después de que fue asesinado Claudio “Pájaro” Cantero, hermano de “Guille”, el encargado de llevar adelante un raid de venganzas que dejó cuatro muertos en cinco días.
Si no fuese la realidad distante tan sólo por 112 kilómetros, creeríamos estar frente a una de esas miniseries que están tan de moda ahora sobre la vida de los jefes narco más conocidos, como Pablo Escobar o el Chapo Guzmán. Sin embargo esto está pasando en nuestro país, en una ciudad que dista a una hora de viaje de Pergamino.
Ocho efectivos del Geop, el grupo de elite del Servicio Penitenciario de Santa Fe, con armas largas y los rostros cubiertos, trasladaron a Almirón -que tenía colocado un chaleco antibalas- desde la prisión de Piñero hasta la sede de los tribunales federales de Rosario, donde en el Juzgado Nº 3, a cargo de Carlos Vera Barros, le informaron que está imputado de facilitar datos sensibles a un grupo narco, liderado por Reina Isabel Quevedo, detenida y procesada junto con su socio Julio César Feldkircher el 9 de febrero pasado en operativos múltiples que se hicieron en Salta y Rosario.
Almirón aparece en una escucha telefónica en la que se desprende que tiene un vínculo con Feldkircher, el encargado dentro de este grupo de reprocesar y distribuir la cocaína de máxima pureza que Quevedo traía del norte argentino. El nombre de este policía trascendió a los medios de prensa, luego de que apareció en otras escuchas realizadas por la Justicia Federal hablando con el convicto César Arón Treves, detenido en la cárcel de Coronda, sobre un supuesto plan para atentar contra el juez Vienna, el fiscal Camporini y el subjefe de la División Judicial, Luis Quebertoque. Jueces y fiscales realizaron un acto en los tribunales de esta ciudad para repudiar la violencia y las amenazas contra funcionarios judiciales.
De haberse perpetrado el asesinato de un juez y de un fiscal, de una vez por todas el Gobierno hubiese caído en cuenta del avance del narcotráfico en el país. Porque estos episodios (en este caso desbaratado justo a tiempo) no se registran en países de tránsito sino en donde se produce y comercializa a gran escala, tanto la droga de primera calidad que parte hacia el primer mundo como todo el remanente que se vende al menudeo y son el sustento de los adictos que se transforman en dealers para solventarse el vicio. Estos grupos constituyen también la mano de obra sicaria. Y se sabe cómo funciona este círculo porque es un calco del sistema en México y Colombia, donde los cárteles llevan décadas de evolución y las fuerzas de seguridad llevan similar tiempo diseñando estrategias para desarticularlos, de allí que conocen al dedillo su operatividad.
Es decir, tenemos un espejo dónde reflejarnos a futuro, como para estar advertidos y evitar daños mayores pero quizá no estamos viendo el panorama completo o no queremos darnos cuenta hasta donde está llegando el problema.
Si bien no todo está perdido aún para la Argentina en la lucha contra el narcotráfico, sí hace falta una política más contundente a la hora de enfrentar a este flagelo. Según analistas internacionales en la materia “la buena noticia es que en Argentina la penetración del narcotráfico en las estructuras del Estado sólo parece incipiente. Aún no ha llegado, por ejemplo, la práctica del secuestro express, común en México o Venezuela. La banda de “Los Monos” no llega a ser ni una caricatura del cártel mexicano de Sinaloa o el de Medellín. La mala es que el narcotráfico se sigue usando como arma arrojadiza electoral y no se vislumbra ninguna política de Estado por parte del Gobierno de Cristina Fernández. Y tampoco desde la oposición”.
El negocio del narcotráfico se extiende por los barrios de Rosario dejando, junto a las millonarias recaudaciones, un espiral de violencia que involucra a bandas de jóvenes armados que se disputan territorio, poder y minúsculas porciones de la ganancia que les son suficientes sólo para contener su adicción. En medio del fuego cruzado entre bandas han quedado los vecinos del sur, el oeste y el norte de la ciudad. El Gobierno, la Justicia y las fuerzas de seguridad de Santa Fe están haciendo bien su trabajo. Así lo demuestran los ataques a funcionarios, los planes para asesinar jueces y fiscales y el apartamiento inmediato de policías involucrados. El narcortráfico en Rosario está siendo lentamente repelido pero este negocio no tarda en hallar otra base de operaciones. Como ejemplo, ayer se pudo escuchar hablar por TV desde el Penal de Ezeiza a Henry de Jesús López Londoño (alias “Mi Sangre”) el narcotraficante colombiano que entró al país con documentación apócrifa, alquiló una propiedad en Nordelta y convivió como uno más en nuestro país por 10 meses. Al tiempo que explicó los motivos que lo llevaron a empezar una huelga de hambre, no tuvo tapujos en relatar lo sencillo que le fue ingresar a la Argentina y vivir como un millonario con toda su familia. Es decir, cuando su situación no dio para más en Colombia, muy sencillamente comenzó a operar desde nuestro país. Vale entonces pensar que si el narcotráfico es expulsado de Rosario, nuestra ciudad se convertiría –como otras- en una potencial base de operaciones, sobre todo si se tiene en cuenta la óptima ubicación geográfica de Pergamino. Es por ello que nunca hay que subestimar este flagelo y mucho menos “descansar” en el hecho de que actualmente Pergamino es una ciudad de consumo y paso. Esto puede cambiar de la noche a la mañana en tanto no haya una seria política de Estado a nivel nacional, como sí está llevando adelante Santa Fe, si bien no lo pareciera por la crudeza de los hechos que salen a la luz. Insistimos: es una señal de que el narcotráfico ha sido golpeado.
La verdad es que el panorama es poco más que aterrador, y a eso se llega porque no se establecieron a tiempo las estrategias para combatir el narcotráfico y ahora, ya lo tenemos en nuestro país.













