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Argentina debería mirar más al pueblo venezolano y sus penurias y no sólo al gobierno

07 de marzo de 2014 a las 12:00 a. m.

La globalización no sólo trajo una apertura mundial de mercados, con sus beneficios y sus perjuicios depende el país que se trate, también favoreció integraciones como la Unión Europea, el Mercosur, la unidad latinoamericana más amplia.

Pero no se trata sólo de dinero, las integraciones traen aparejadas otro tipo de intercambios culturales, costumbristas y sociales.

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Por eso, para la Argentina en particular y para América Latina en general, lo que está en juego en Venezuela es mucho más importante y profundo que un apoyo al gobierno de turno, sino con las hondas raíces que pretendemos los países de la región que tengan las democracias.

Porque esto tiene con las bases mismas de nuestra identidad y de la identidad latinoamericana, no de la simple adhesión a un presidente pintoresco que pueda conllevar algunas simpatías.

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Con lo que está sucediendo en Venezuela, con enormes protestas reprimidas a sangre y fuego, donde la oposición no puede expresarse ni en el modo más pacífico porque expone la vida o la libertad, se juega nuestra relación especial y privilegiada con el pueblo venezolano. 

Es que tenemos una historia en común que no es justo olvidar. La estrecha relación entre ambos países viene, desde la época de José de San Martín y Simón Bolívar, cuando ambos liberaron nuestro continente. En los momentos más difíciles de un pasado no tan lejano, en los tiempos más turbulentos de nuestra patria, Venezuela abrió sus puertas a los exiliados argentinos. El apoyo venezolano a nuestro reclamo por Malvinas ha sido siempre incondicional y compartimos cuestiones estratégicas.

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Los dos países fueron pioneros en establecer el derecho de asilo diplomático y político en el continente para la protección de la persona humana, la Argentina propuso el ingreso de Venezuela al Mercosur, y son tradicionales los respaldos recíprocos a las respectivas iniciativas en los ámbitos multilaterales.

Y es por esta historia en común que no podemos hacer silencio o minimizar la gravedad de lo que vive Venezuela sólo por la simpatía o no con un gobierno. En otras palabras, la Argentina tiene una responsabilidad y un interés particular en la evolución de la situación interna venezolana.

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Además, dejémonos de tapujos, en Venezuela está en juego nuestra comprensión de los derechos humanos, que no sólo corresponden a los oficialistas sino sobre todo a los opositores. 

Con años de plomo y dolor los argentinos fuimos entendiendo que los derechos humanos son un valor universal, que no son negociables bajo ninguna excusa. Y sin embargo por habernos alineado con el gobierno venezolano y no con su pueblo estamos rompiendo con nuestros propios principios, observando cómo se reprime a mansalva y se encarcela a quienes no piensan igual y la presidenta apoya abiertamente a Nicolás Maduro por ser el sucesor de Hugo Chávez.  

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A nivel regional y global, la Argentina y América latina fueron y son fundamentales en la construcción, consolidación y protección de los derechos humanos. Ese consenso se fue plasmando gradualmente a través de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre de 1948; mediante el Acta de Santiago de 1959, que creó la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos en la OEA; con la Resolución 1080 de la OEA, y, finalmente, con la adopción de la Carta Democrática Interamericana de 2001. Podemos agregar también la creación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y, más recientemente, el Consejo de los Derechos Humanos como órgano principal en las Naciones Unidas.

Pero todos estos trascendentes logros en materia de protección de las libertades fundamentales fueron obtenidos por iniciativas de la diplomacia argentina o con su apoyo activo. Por eso, hacer silencio ante la violación de los derechos humanos en Venezuela o cualquier país de la región no es otra cosa que traicionar un aspecto fundamental de nuestra identidad como argentinos y como latinoamericanos.

Pero vayamos más allá, de acuerdo a cómo nos comportamos frente a lo que sucede en Venezuela ponemos en juego qué democracia queremos para Argentina y para América Latina. Y en este caso Cristina Kirchner debiera estar más atenta a esta problemática, antes de apoyar en forma ciega y cerrada al gobierno venezolano porque del primer chavismo a lo que se vive ahora, hay pasos muy largos que se están dando para un autoritarismo sin desembozo.

De cómo definamos nuestra relación con el actual gobierno de Venezuela, de cómo entendamos los derechos humanos y la democracia dependen la vida y la muerte de nuestros hermanos venezolanos. La Argentina, por su hermandad tradicional con Venezuela, por su compromiso histórico con los derechos humanos y la democracia, y por su peso e influencia en la región, no puede permanecer callada o al margen. Tiene que asumir un papel de liderazgo para lograr la paz y la conciliación y no apoyar ciegamente a un Gobierno que ante las protestas responde sólo con represión y encarcelamientos y no con soluciones, a los problemas que tienen, sobre todo en el plano económico, donde hace ya mucho que se viene perdiendo el estado de bienestar que habían logrado con Chávez, aun cuando su modelo en el mediano plazo traería problemas como actualmente sucede.

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