Argentina, Brasil y Venezuela en medio de la tormenta judicial y popular
Los conflictos desatados en Brasil y Venezuela, contra gobiernos populistas, unido a la derrota del kirchnerismo en la Argentina, genera todo tipo de fantasmas respecto de encontrar un hilo invisible, responsable de la caída de las gestiones llamados autoproclamadas progresistas en América Latina.
Sin embargo, hay vértices comunes que no tienen que ver, precisamente, con teorías conspirativas sino con datos duros de la realidad. En un breve repaso vemos la situación de ambos países y del nuestro mismo para encontrar ese camino común que tiene que ver con las reacciones sociales, que expresan coincidencias en aspectos muy importantes de una similar realidad.
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Se vive el complejo proceso que podría culminar con un plebiscito del mandato del presidente Nicolás Maduro. Su rival en las elecciones sobrevenidas de abril de 2013, el gobernador Henrique Capriles Radonski, admitió que estaba sorprendido por la masiva respuesta que han dado los venezolanos al operativo que pretendía recoger 197.978 firmas -1 por ciento del padrón electoral- exigidas por el Consejo Nacional Electoral para llamar a un plebiscito revocatorio del mandato. En dos días se han colectado 1.102.236 rúbricas, ocho veces más de lo que se necesita.
Es un proceso difícil porque en Venezuela la democracia está claramente condicionada y todas las instituciones complican la posibilidad de que la gente pueda volver a votar, más allá de que la Constitución Bolivariana lo permite. La dirigencia está segura de que la cantidad de días feriados otorgados por el Gobierno, por falta de energía eléctrica, son en realidad una maniobra que busca retrasar la consulta hasta el año que viene. Por eso, en Venezuela todo se ha conseguido con marchas, protestas y presiones populares.
En Brasil, hay acusaciones de todo tipo contra políticos: desde recibir suculentos sobornos u ocultar cuentas bancarias en el exterior, hasta planear la fuga del país de un preso en un avión particular. Lo que ha generado marchas en todo el país, unas en defensa del Gobierno y otras en contra, mientras la Justicia navega en aguas peligrosas, pero firme contra la corrupción que se ha descubierto. Además está el proceso para iniciar un juicio político a la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, que fue aprobado en la Cámara de Diputados. La principal acusación que podría costarle el cargo a Rousseff no es exactamente por el dantesco escándalo de sobornos en Petrobras, de lo que no está acusada, sino que salpica a su gobierno y a la clase política brasileña en general, sino por los llamados crímenes de responsabilidad, una rara figura según la cual la presidenta no ha dicho la verdad sobre la crisis económica brasileña.
La situación ha generado una fisura en Brasil (nosotros la llamamos grieta) separando a quienes creen que sería justo destituir a la presidenta por algo así y quienes sostienen que sería una injusticia o hasta un golpe de Estado. Es más visible en la valla que se instaló frente al parlamento para separar a los partidarios de la presidenta Rousseff de aquellos que exigen su salida.
En la Argentina no hace falta explicar la situación. Así como se realizan marchas y actos para defender a Cristina Kirchner señalada judicialmente por hechos de corrupción, otras marchas se organizan para defender a los jueces federales, porque sienten que al fin han comenzado a hacer su trabajo y han logrado poner en prisión a Lázaro Báez.
¿Qué une a estos tres países, aparte de estar cuestionando las políticas populistas? Precisamente la movilización de la gente que descree de las instituciones de sus naciones y considera necesario salir a la calle a protestar para que la Justicia actúe y en otros casos para que no actúe en el sentido que lo hace.
Tanto Venezuela, como la Argentina como Brasil, cada una con su historia y con sus características, son países con instituciones débiles, corrupción política y enorme descreimiento de sus ciudadanos. Por eso, cuando debe actuar la Justicia, la sociedad civil interviene con marchas y protestas a favor o en contra de sus resoluciones porque saben que, al fin, la presión popular puede torcer voluntades o anular en parte o en un todo al derecho.
Estamos frente a una situación grave, sin duda, porque la Justicia en estos países ha sido siempre rehén de la política de turno, frenando denuncias cuando convenía o acelerando el paso cuando los vientos electorales cambiaban. Y así es como muchos han hecho sus carreras judiciales, logrando ser funcional a cada gobierno de turno a cambio de un ascenso. A este primer pecado original en una república, se fue generando en las poblaciones de estos países, como una consecuencia no querida pero inevitable, la necesidad de ser actores de los cambios que pretenden sin confiar en que desde las instituciones se realice.
Y no deja de ser una cuestión peligrosa para la marcha de las democracias en América Latina que la Justicia o la política se diriman en las calles, como en la Revolución Francesa, en que las turbas tomaron decisiones propias y salieron con ferocidad a las calles contra el Antiguo Régimen. Pero esto sucedía en el siglo XIX, y no estaban aún las condiciones para las democracias modernas.
Sin embargo, que ahora en pleno Siglo XXI se tenga que recurrir al mismo sistema de turbas, protestas, movilizaciones para lograr objetivos, parece un claro retroceso para estos países de América Latina.
Pero el camino no es considerar que la gente se equivoca sino que las instituciones deben ser transparentes y sólidas, porque la contracara de esta situación es la que vemos en Brasil, en Venezuela y en la Argentina, donde la corrupción pasada o actual aflora, la Justicia no resulta confiable y la política no ofrece, muchas veces, las respuestas adecuadas a la situación. Este cóctel explosivo es el que genera estas reacciones sociales que, vistas desde los países con fuertes instituciones, resultan claramente negativas, porque generan, a favor o en contra, una presión impropia.
El futuro debe estar centrado en el fortalecimiento de las instituciones democráticas, sin lugar a dudas.















