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Antonio Porfiri: de técnico mecánico a cantor de tangos y aficionado a la poesía

26 de enero de 2014 a las 12:00 a. m.

 Antonio Rodolfo Porfiri trazó una vida de sacrificado trabajo en la fábrica y de música y poesía.

(LA OPINION)

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Mis padres Antonio Basilio Porfiri y Elena Herminia Giulli me engendraron en la estancia La Rabona”, comenzó diciendo Antonio Rodolfo Porfiri, nuestro perfil pergaminense de hoy que el próximo 10 de abril cumplirá 64 años.

El destino quiso que en la primavera del año pasado regresara a esa estancia ubicada entre El Socorro y Manuel Ocampo, oportunidad en que en se desarrolló la Primera Fiesta de la Poesía “Silvina y Victoria Ocampo” y que lo tuvo como conductor del acto.

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“A los seis meses de embarazo mis viejos se instalaron en Pergamino”, comentó.

Su niñez y parte de su adolescencia transcurrió junto a otras tres familias “en una larga galería de cuatro habitaciones, con un patio de ladrillo, una canilla, un baño –describió-. Por eso termino mis recitales cantando la milonga ‘El Conventillo’”. 

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Ese conventillo al que poéticamente se refirió Porfiri y describen Arturo De La Torre y Fernando Rolón en la milonga, estaba ubicado en calle España casi avenida Ameghino. “Mi infancia no fue ni más ni menos feliz; fue linda lo mismo”, aclaró.

Sin embargo, admitió que su niñez fue “un poco complicada porque antes que yo naciera mis padres perdieron una beba. Entonces me crié dentro del miedo. Recuerdo la cara de pavor de mi viejo cuando el médico me revisaba por una simple angina. Todo esto me generó una especie de miedo, inseguridad, timidez. Fui sobreprotegido, pero esto fue recíproco porque a mis viejos me los puse al hombro hasta sus últimos días”. 

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La timidez fue el gran desafío a superar y lo llevó a vivir situaciones poco felices aunque graciosas. “Era tanto el temor a la exposición que cuando me casé por Iglesia, para caminar hasta el altar con toda la gente mirándome, tuve que tomarme tres whiskies”, recordó.

Porfiri aseguró que este estado de ánimo fue superado gracias a la música. “Hoy me subo a un escenario y aunque tenga miedo no se me nota”, sostuvo.

Muy cerca de ahí se encontraba la Escuela Nº 10 donde nuestro entrevistado completó su ciclo primario.

Tenía sólo 6 años de edad cuando su padre le propone que aprenda a tocar el bandoneón. “Muchos en la familia tocaban este instrumento de oreja y lo hacían bien –recordó-. Aprendí con don Pedro Grilli (creador y director de la Agrupación Instrumental Tango), pero, como cualquier otro pibe, no quería tocar sino jugar, y lo hice medio por obligación. En cinco años terminé y me dieron un título de Maestro Superior de Bandoneón, que exhibo con vergüenza porque ¡si me oyeran tocar! (risas)”.

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Terminado el ciclo primario su destino se iba a ver influenciado por la decisión de elegir entre un secundario técnico o humanístico. “Mi viejo, que había tenido que trabajar de albañil –aunque al final terminó siendo oficial albañil y trabajando por su cuenta- optó por un secundario técnico y me inscribió en el Industrial (Escuela de Educación Técnica Nº 1). Eso, quizá fue un error, porque mi vocación estaba por el otro lado. Sobre todo con lo que hago ahora como hobby, que es cantar; la música es una parte importante de mi vida”.

 

Estudio y trabajo

Las humildes condiciones de vida en esos tiempos de su familia obligaron a Antonio a ayudar a su padre. “La última parte de mi secundario la hice trabajando en (la rectificadora) Bourdá y Pedrini – sostuvo-. Después de salvarme de ‘la colimba’ (Servicio Militar Obligatorio) por no haber quedado bien de una fractura en mi brazo derecho, con mi fresquito título de Técnico Mecánico Nacional me presenté en Somisa (Sociedad Mixta de Siderurgia Argentina, hoy Siderar) donde trabajé durante otros cinco años. Ahí me fue muy bien. Al poco tiempo de ingresar fui supervisor de mantenimiento. Justo se dio que estaban montando una acería muy moderna, unos convertidores llamados LD que sacaban la colada en 45 minutos. De ahí pasé a la Fábrica Lucini. Entré porque un amigo me dijo que hacía falta un supervisor de mantenimiento porque estaban haciendo una planta de galvanizado. Así que estuve en esta fábrica hasta que quebró”.

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Porfiri fue una víctima más de la aguda crisis económica que castigaba al país en los años 80. “Fue una época muy dura; el trabajo escaseaba. Ya estaba casado, había nacido mi primer hijo y mi mujer estaba embarazada del segundo –recordó-. Fue muy difícil para aquellos que estábamos acostumbrados a trabajar en un galpón. Fue salir del galpón a la calle y la calle es tremenda”.

Después de probar suerte en diversas actividades Porfiri ingresó a la empresa Man (Metalúrgica de San Nicolás) perteneciente a Somisa. “Ahí estuve trabajando hasta que con mi mujer decidimos poner un negocio de ropa”. Los locales de venta de las famosas camisas Polaris estaban ubicados uno en calle Merced y otro en San Nicolás cuando todavía no era Peatonal. “El negocio quebró y se me volvió a complicar el panorama. Así que pensando en qué hacer hablé con una encargada que le daba trabajo a mi señora, quien me dio camisas que confeccionaban en el taller para hacerlas planchar, doblar y preparar el packaging. Al poco tiempo la cosa empezó a mejorar y me empezaron a mandar de otros talleres”.

Sin embargo, hubo una experiencia que iba a cambiar su rumbo. “Me acuerdo que un día llevé al lavadero unas 400 camisas y al rato las voy a buscar y ya estaban hechas a 50 centavos por camisa. Era dinero y lo hicieron en un rato, pensé. Sin dudas la cosa estaba ahí porque había un solo lavadero”. 

Liquidé los negocios anteriores, me hice de unos pocos pesos y con Dios y el universo que conspiraron a favor, terminé poniendo un lavadero. La primera maquinada de prendas lavadas las saqué en marzo de 1994. Hoy hay tantos lavaderos que ya el trabajo es escaso, aunque no así en la confección”.

En esta actividad está al frente su esposa, Stella Maris Ganem, a la que Porfiri definió como muy firme, tenaz y trabajadora. “Por mucho tiempo se confeccionó la camisa y después se empezó a trabajar el pantalón pero en tela liviana”, precisó.

 

La familia

Antonio y Stella cumplirán 36 años de matrimonio. Se conocieron cuando él tenía 18 años de edad y ella 16. “Nos vimos y quedó ahí, pero cuando yo vuelvo a Pergamino a trabajar en Lucini mi mujer, que es muy tenaz, volvió a apuntar sus cañones y terminamos poniéndonos de novios y en el año 1978 nos casamos. Al año y pico nació Diego –hoy de 34 años, ingeniero industrial-. El lleva de mí la parte técnica. Como tenía el mejor promedio antes de terminar la carrera lo llamaron de Siderar. Ahora está trabajando en México en una planta muy importante de Techint. Al tiempo nace Leonardo –hoy con 32 años y artista en la Ciudad de Buenos Aires- que lleva mi parte artística”.

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La música y la poesía

Aunque su inclinación por la música y la poesía la llevó toda su vida, recién la desarrolló siendo un adulto a través del canto. “Escuchaba a Serrat, Sabina, Perales, sobre todo cuando trabajaba solo en el taller, pero un buen día empecé a escuchar al ‘Polaco’ (Goyeneche) y él tenía la virtud de que uno prestara atención a lo que decía la letra. Otro de mis referentes es Cacho Castaña y a nivel local Néstor Gallardo. Siempre tuve debilidad por la poesía aunque soy incapaz de escribir dos versos. Así empecé a prestar atención a las letras de Manzi, Discépolo, Cadícamo, y ahí se me despertaron las ganas de cantar tangos. Habían pasado diez o doce años, cuando ya me estaba acercando a los 50, dije es ahora o nunca. Por lo menos lo voy a intentar. Entonces alguien me sugirió tomar las primeras lecciones de vocalización con Lelys Legorburu, con quien hoy nos une una amistad muy profunda. Un día me sugirió que si me gustaba el tango buscara a alguien que cantara tango. Así fue que hablé con Alfredo Martín y ahí empezó todo”.

Después de hacer sus primeros pasos como solista pasó a formar parte del grupo “Los de Antaño”. “Yo cantaba con pistas y le pedí a Martín Carpignoli si me podía acompañar con su bandoneón. No sólo me acompañó sino que consiguió un par de guitarristas. Así se sumaron Ramón Giles y Horacio Pallero. Tiempo después Pallero fue reemplazado por Reynaldo “Pichón” Córdoba. Soy el jovencito del conjunto. Ramón tiene 88 años y los otros dos 78. Siempre decimos que si los años pesaran hundimos el escenario (risas)”.

Como mayor logro con el conjunto Porfiri recordó haber ganado en 2012 la Medalla de Oro en los Juegos Bonaerenses en Mar del Plata.

También se confesó un buen lector. “Me gusta mucho Jorge Luis Borges. Creo que he leído la mitad de lo que escribió –aseguró-. Después de Miguel de Unamuno, en escritores de habla hispana creo que no hubo otro”.

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Una anécdota

En su corta experiencia como cantor en “Los de Antaño”, Porfiri recordó como anécdota “que en una oportunidad fuimos invitados por la Unnoba a una cena show hecha en La Rural, con motivo de la visita de Cuba del viceministro de Cultura y el decano de la Facultad de Medicina de La Habana. Compartimos el mismo menú y un vino excepcional y el contrabajista del grupo empezó a tomar más de lo debido. El vino daba para tomar pero no antes de tocar y cuando fuimos a actuar me presenté citando una frase del gran poeta cubano Nicolás Guillén que dice: ‘ardió el sol en mis manos que es mucho decir, ardió el sol en mis manos y lo repartí que es mucho decir’, que tiene que ver con la ideología e idiosincrasia del comunismo de la cual descreo. Entonces, el contrabajista que había tomado más de la cuenta, empezó a decir: ‘hermanos latinoamericanos qué gusto es estar con ustedes’ y seguía hablando y Martín, para hacerlo callar, empezó a tocar el bandoneón. Pero seguía hablando, hasta que Martín arrancó con un tango y yo empecé a cantar y así lo paramos”.

 

Colofón

Porfiri agradeció al grupo literario Siete Mujeres para el que colaboró como conductor de la Primera Fiesta Nacional de la Poesía y la presentación del libro homónimo y también los medios de comunicación y a la Subsecretaría de Cultura de Pergamino. 

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“En mi vida hay mucho por dentro. Parafraseando a Haroldo Conti digo que más de la mitad de mi vida la he soñado”, concluyó.

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