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Analía Irusta, una vida dedicada al vocacional oficio de enseñar

22 de septiembre de 2013 a las 12:00 a. m.

 Analía Irusta, junto al guardapolvo blanco, un símbolo de tarea comprometida y fructífera.

(LA OPINION)

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Cuando Analía Inés Irusta abre las puertas de su casa lo primero que se observa son libros dispuestos en una biblioteca que da marco al escritorio donde pasa parte de su tiempo. Se oye el trabajo de albañiles. Es la casa de su infancia que se está adecuando a las necesidades de su presente en la organización de los espacios. Reseña algunos aspectos de la obra como quien abraza sus raíces. Se muestra agradecida y dispuesta por la posibilidad de concretar una entrevista que le permitirá por un lado expresar su gratitud a pocos días de haberse jubilado, al tiempo que hacer un recorrido por su experiencia como docente.

Tiene 53 años, sin embargo tomó la decisión de jubilarse alentada por la posibilidad de “ocuparme de aquellas cosas que con el trabajo uno tiene postergadas”.

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“La verdad es que he trabajado de lo que siempre quise ser y ese es un gran privilegio, siempre quise ser maestra, siempre supe que iba a ser maestra”, dice en el inicio de la charla y recuerda cuando en su infancia jugaba “a la maestra” con su prima Fernanda.

“Yo le decía ‘jugamos un ratito a la maestra y después juguemos a otra cosa’, pero el tiempo de jugar a otra cosa no llegaba nunca porque la clase se hacía larga”, refiere. Eso marca su profunda y temprana vocación. Fue alumna de la Escuela Nº 50. Más tarde en ese espacio fue maestra y llegó a ser directora.

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“Esa fue mi escuela, fui muy feliz y de cada maestra aprendí algo, observaba las cosas que les iba a copiar, y las que no, mi gran referente fue la señorita Alicia Bini, de cuarto grado, una mujer encantadora que nos leía cuentos de María Elena Walsh, ahí no tuve dudas de qué quería ser y de cómo quería ser”, relata.

Mientras transcurre la charla sobre la mesa hay un cuadro que enmarca un guardapolvo blanco tableado, en miniatura. Fue el regalo que le hicieron sus compañeros cuando llegó su jubilación. “Me regalaron esto porque un día conté que mi mamá me había hecho todos los guardapolvos, cuando fui alumna y también cuando fui docente; fue muy emocionante porque nos reunimos y en un momento la convocaron a mi mamá Hilda para que me entregara ‘el último guardapolvo’”.

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Recuerda cada una de sus instancias como docente y como estudiante, como si cada experiencia hubiera configurado en ella una profunda vocación. “La secundaria la hice en el Colegio Nacional, era una época en la que todo el mundo se iba afuera para hacer otras carreras, pero yo quería ser maestra y estaba apurada por terminar, cuando egresé fui al Instituto de Formación Docente Nº 5, donde tuve un grupo de compañeras muy lindo y desde ahí en más todas mis amigas son docentes”.

 

Su primer alumno

Como sucede con cualquier maestro, nunca olvida a su primer alumno. En el caso de Analía esta referencia es muy particular por cuanto fue su papá, José Luis, un hombre que si bien leía, no había ido a la escuela y no sabía escribir. “Mi padre había tenido una infancia muy dura, así que yo le enseñé a escribir, falleció hace unos años, era un hombre de buenas acciones y pocas palabras, pero siempre decía que era un orgullo para él que su hija hubiera llegado a ser inspectora”. Su recuerdo aparece en varias partes de la entrevista, siempre con la emoción en la mirada.

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El mundo de los afectos

Analía transitó por la docencia con el acompañamiento incondicional de sus afectos. “La vida quiso que me casara hace ya 28 años con un porteño, Luis Giannini, un periodista que trabaja en la sección viajes de un reconocido medio de comunicación”.

Con él tuvo a sus hijos: Ana Paula e Ignacio. “Ellos me acompañaron a la escuela desde la panza, me conocieron siendo docente y me bancaron así y muchas veces también me pusieron límites diciéndome ‘mamá acá no es la escuela’ porque cuesta salirse del rol y uno sigue siendo maestro siempre”, refiere.

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“Ana Paula estudió en la Unnoba y se recibió de ingeniera agrónoma; e Ignacio está viviendo en Buenos Aires y es tanguero, baila, canta y da clases de tango”, cuenta. 

 

Un desafío enriquecedor

Durante 17 años vivió fuera de Pergamino, en Lomas de Zamora. “Allí me tocó trabajar en escuelas del Conurbano, un desafío interesante. Esas experiencias me permitieron sentir lo que realmente era ser maestra, es un ejercicio diferente en un contexto donde se establecen vínculos muy fuertes.

“Nosotros teníamos nuestra vida allá, y yo estaba muy contenta con mi trabajo, pero cuando mis hijos se hicieron adolescentes, el entorno era muy complejo, así que tomamos la decisión de volver a Pergamino, acá los inscribimos en la Escuela de Educación Agropecuaria Nº 1, donde fueron muy felices”.

Analía y su esposo se conocieron en Mar del Plata, de vacaciones y los viajes han marcado de algún modo su relación. Una de las claves de la vida juntos parece haber sabido entender las necesidades individuales de cada uno y consensuar las decisiones para resolver las necesidades de la familia que tienen en común. “Vivimos viajando, y eso también colaboró con esta decisión de jubilarme, para poder acompañarlo más, por su profesión él viaja y es un placer poder compartir esas experiencias”.

 

Una nueva etapa

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A medida que avanza la charla confiesa que el retiro “no fue una decisión fácil” y asegura que fue de mucha utilidad su terapia para avanzar en la necesidad de reescribir otro guión personal distinto.

 

El crecimiento profesional

Viviendo en Buenos Aires, Analía sintió la necesidad de capacitarse más. Así con el acompañamiento incondicional de su esposo se inscribió en la Universidad de Quilmes, donde hizo la Licenciatura en Educación. 

Ese título fue el que le permitió concursar otros cargos y a su regreso a Pergamino, encontrar la posibilidad de consolidar su crecimiento. “Empecé a trabajar como profesora, fui maestra en la Escuela Nº 52 y directora de la Escuela Nº 50, después llegué a ser inspectora.

“Un día, ya viviendo nuevamente acá, pasé por la Secretaría de Asuntos Docentes y estaba el concurso, me anoté y me fue muy bien, la verdad es que ser inspectora fue tomar un enorme desafío pero también contar con un espacio de trabajo en el que aprendí mucho.

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“Tuve a mi cargo los equipos de orientación escolar y los Centros de Educación Complementaria, fue una experiencia muy rica, con gente valiosa y un cuerpo de compañeros excelentes.

“Los equipos de orientación son una verdadera fortaleza en las escuelas y los Centros de Educación Complementaria despliegan una tarea invalorable, con un enorme compromiso, es muy gratificante verlos trabajar”.

Llegó a ser inspectora con el caudal de su formación, pero también con el bagaje personal de su experiencia, ya que había recorrido todo el sistema educativo, había sido maestra del Centro de Educación Complementaria Nº 801, maestra de primer grado en la Escuela Nº 1, maestra del nivel inicial, profesora de capacitación docente y maestra de adultos. El inventario es inabarcable y de cada espacio en el que trabajó guarda el mejor aprendizaje. “Todos tienen su encanto”, afirma.

 

Una mirada sobre la escuela

Sabe que “nunca se deja de ser docente”, aunque sus rutinas cotidianas ya no tienen que ver con la dinámica de las aulas.

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“Me estoy reacomodando, disfruto de mi madre, que tiene 80 años y vive un tiempo conmigo y otro con mi hermana Silvia  que reside en Mar del Plata, disfruto de mi esposo y mis hijos, de los muchos amigos que hice durante mi carrera docente.

“Lo más valioso de la escuela es que se trabaja en equipo, que nadie puede solo y que eso aporta experiencias tan ricas como extraordinarias”, agrega.

Tiene una mirada agradecida y también revaloriza la escuela como institución. “La escuela se ve atravesada por un sinfín de variables, es la última frontera de lo público, el escenario donde se vuelca el conflicto, pero la escuela es lo que sostiene todavía, y a la escuela la sostienen los docentes”, asevera.

“Cuando trabajaba en el Conurbano tenía una alumna a la que me costaba mucho enseñarle a leer y escribir, ella se enojaba conmigo, hace un tiempo una amiga se encontró con ella que es profesora y le dijo: ‘Dígale a la señorita Analía que yo me salvé’, fue muy gratificante saber que alguien con una historia tan triste como la de aquella niña me mandaba a decir eso, es una confirmación de que leer y escribir es más que una marca de sabiduría, es una marca de ciudadanía y que hay que hacer todos los esfuerzos por salvarlos, o como decimos, empoderarlos, que significa darles poder”.

Esa anécdota llega casi cuando la entrevista termina. En esa historia está tal vez la sustancia y la certeza de que no se deja de ser docente, que se pueden extrañar las rutinas del trabajo, pero enseñar es una vocación y una tarea que se ejerce durante toda la vida, dentro o fuera de las aulas. 

“El trabajo docente nos hace grandes, nos hace madurar, crecer, vivir. Una suma que jamás resta. Llevo conmigo la satisfacción de haber conocido a cada uno de mis alumnos y de mis pares, y les dejo mi agradecimiento por las experiencias compartidas en una vocación que durará toda la vida”.

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