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Ampliar la mirada para lograr un cambio cultural

25 de mayo de 2018 a las 12:00 a. m.

Cuando se plantea la sociedad como un todo, al que se suman necesariamente muchas individualidades, en el marco de su funcionamiento, no estamos hablando en específico de colectivismo. Ambas categorías pueden establecerse en el terreno político, enfrentando el liberalismo y el comunismo, (el individualismo y el colectivismo) para poner blanco sobre negro. Hablamos de una visión comunitaria que nos acerca a objetivos comunes sin que perdamos nuestra esencia personal. De eso se trata una sociedad que funciona, que avanza y que tiene conciencia de lo que le conviene. Y entiende que hay normas y conceptos que se imponen con criterio de beneficio general, un bienestar que alcanza a todos directa o indirectamente, a pesar de que pueden implicar algún perjuicio personal.

En el medio de esta realidad los países, necesariamente, deben recurrir a que los ciudadanos se sumen a un obrar común sin perder su individualidad. Porque así se construye una sociedad con bases sólidas, y por el contrario la exacerbación del individualismo va, más temprano que tarde, rompiendo el tejido social.

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En nuestro país, esta visión corta, del metro cuadrado que ocupamos y tendemos a interpretar como lo único relevante en el mundo, cual si no fuéramos parte de una sociedad de la que también nos servimos, la podemos apreciar en cosas puntuales. Por ejemplo, con el dólar: cuando sube quienes vienen atesorando en divisa extranjera se ponen contentos porque sienten que han ganado más dinero acumulado y quienes no lo tienen enloquecen pensando que esa disparada del dólar les va a impactar en los precios y le va a hacer polvo el salario. En el centro de la escena, pero pocas veces vista, está la realidad de la Nación, la de todos como conjunto, que no es patrimonio del bolsillo personalísimo de cada uno. En función de ella es que se decide (o se debiera decidir) la política cambiaria y también con esta visión de interés colectivo los ciudadanos deben comprender y asumir esa política, no como sucede en Argentina, que los altibajos del dólar son vistos como decisiones de un presidente que beneficia a unos y perjudica a otros. En realidad, la premisa es qué dólar nos conviene como nación, para ser más competitivos e ir equilibrando la alicaída balanza comercial que tenemos, porque así nos iría mejor a todos. Es decir que más allá de lo que puede considerarse con perjuicio personal, todos somos indirectamente beneficiados. Pero nos saltamos este paso, esta mirada y lo primero que vemos es nuestro bolsillo.

Sucede con las regulaciones, hemos llegado al paroxismo de ver cómo los de una actividad se alegran si las otras están reguladas, para enloquecer si les toca en suerte que les suceda lo mismo. Tantas veces pensando en la ventaja propia exclusivamente, sin entender que tener idea de nación, de sabernos individuos parte de un colectivo que con el concurso de todos debiera salir adelante, es lo que nos puede salvar como país. Y sí, si queremos que al menos algo cambie, es muy probable que en algún momento nuestro status quo sea modificado, por ejemplo, con alguna nueva regulación o la actualización de una existente, porque las sociedades no son estáticas.

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Tampoco hay visión comunitaria cuando los “metrodelegados” paran el subte dejando miles y miles de personas sin viajar, o quienes protestan en general cortan una calle o ruta. El reclamo sectorial, parece, es más importante que el bien general. El mismo reclamo que otras veces les hemos hecho a los docentes que bien pueden -y de hecho también lo hacen- protestar en las plazas, con carpas blancas, con pancartas, con marchas al Ministerio de Educación, sin dejar aulas vacías y chicos sin clases. Lo mismo pueden hacer los empleados del subte, visibilizar la protesta, sin generar desesperación y caos entre los usuarios. Pero la ausencia de empatía para con otros trabajadores, como son los que toman el subte, los lleva a hacer la propia, con indolencia y sin pensar en el otro. Tan ausente está la visión colectiva que el Estado tiene que venir, de algún modo, a imponerla. Por eso se evalúa declarar al subte “servicio esencial”, para que quede explícitamente claro que está prohibido cortar su circulación. Así son las cosas, hay que llegar al punto de tener que “inocular” en sentido de interés general.

Hasta un ejemplo más periférico si se quiere, que muestra el individualismo extremo en que estamos sumidos los argentinos; tiene relación con el fútbol, pero viendo la pasión que despierta en el país bien podríamos decir que termina siendo un tema central para muchos. El cambio de arquero en la Selección Nacional se ha convertido en un escándalo de proporciones; idas y vueltas respecto de si “Chiquito” Romero está lesionado o es excusa, las esposas de los jugadores opinando a boca de jarro, toda la prensa detrás del “espinoso” asunto. El punto al que vamos es que, dada esta circunstancia, fue convocado en su reemplazo el jugador de River Plate, Franco Armani.

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La selección, el Mundial, al menos en cuanto al deporte, son las citas más valoradas, ineludibles y esperadas por futbolistas y sus aficionados, que siguen las instancias como si fueran parte del equipo. Esta inesperada convocatoria a Armani, pues, dejó en evidencia que, una vez más e incluso hablando de la “celeste y blanca”, los argentinos (dicho en general) nos miramos más el ombligo que cualquier otra cosa (no sería grave si después no nos quejáramos de cómo está la sociedad). Resulta que ante el llamado de Sampaoli a sumarse a la selección de jugadores que llegaron de todas partes del mundo para concentrar y entrenar en Ezeiza, la respuesta de River y su DT fue retener al arquero hasta que cumpliera con el club (ayer ya se sumó a la selección), en lugar de liberarlo para ponerlo a disposición del equipo nacional. No hay ninguna norma que obligue a un futbolista o a su club a que se incorpore inmediatamente si es llamado por la selección, por las implicancias de vestir la camiseta celeste y blanca en un Mundial, pero la actitud de Gallardo y River dejan claro cuál es el orden de prioridades del argentino promedio. Lo mismo sucedió con Maximiliano Meza, de Independiente, que hasta anoche estaba con su club.

Ejemplos de individualismo extremo, lamentablemente, sobran; los vemos a diario, en el tránsito sin ir más lejos. Y lo vamos aceptando como un sello de identidad, en medio de una sociedad donde nadie mira, ni le interesa mirar, más allá de su metro cuadrado. La ausencia de visión comunitaria se nota en todas las aristas de la vida argentina, donde cada uno mira obsesivamente solo su necesidad, posición y deseo, tanto en los temas de fondo que hemos planteado como en las pequeñeces vecinales, donde también suele haber un comportamiento individual exacerbado. Tanto que a veces no parece que tuviéramos conciencia que vivimos en un mismo espacio común, una ciudad que si la dañamos o la mejoramos eso es lo que padeceremos o disfrutaremos.

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Quizá si entendiéramos que sentirnos parte de un colectivo, una ciudad, una provincia, una Nación y que nuestra suerte depende de muchas cuestiones que no son precisamente individuales, nos ayudaría y mucho a mejorar como sociedad. Recién entonces, cuando logremos hacer ese “click” hayamos dado el primer paso para un cambio cultural que es lo que este bendito país, que hoy cumple 208 años en busca de su destino, necesita.

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