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¿Algún día saldremos adelante?

29 de marzo de 2017 a las 12:00 a. m.

Se vive un clima de ajuste que se siente fuerte en los que menos tienen y complica a la clase media, todo lo que terminó por generar la evidente recesión que castiga a comerciantes e industriales. Los más optimistas entienden que este esfuerzo se lleva adelante para salir de la encerrona económica, para empezar a crecer sin la maldición de la inflación.

En este escenario es una muy mala noticia para todos que el déficit fiscal primario (la diferencia entre ingresos y egresos antes del pago de los intereses de la deuda) ascendió a 26.746,8 millones de pesos, un 60,7 por ciento más que en igual período del año anterior. Si se incluyen los intereses, el déficit financiero sumó 30.000 millones, un 46,1 más que un año atrás. Y peor es la noticia porque es claro que con semejante déficit fiscal la inflación no cederá y el esfuerzo que estamos haciendo, por el momento, no tiene destino. 

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Es decir, el pueblo se ajusta pero, a simple vista, el Estado no. Entre otras cosas porque es justamente el Estado el que asiste a quienes la recesión va dejando cada vez más afuera de todo pero no solo eso.

El problema económico argentino es solo uno: el Estado gasta más de lo que recauda. ¿Es eso casualidad? No, de ninguna manera, solo representa el colectivo argentino, que en su mayoría vive -o trata, por lo menos- de vivir como le gustaría y no como puede.

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En ese sentido, el país tiene un problema muy serio y además grave: existen casi 20 millones de personas que reciben, mensualmente, un cheque del Estado, y hay solo 8 millones en el sector privado formal que son los que tienen que sostenerlo con sus impuestos, que son, obviamente, distorsivos y exagerados. Pero eso no es todo, porque ni siquiera alcanza, razón por la cual tenemos, desde hace décadas, déficit fiscal.

El gasto público comprende, casi, al 50 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI). También, como todos sabemos, existe una economía informal que, con la excusa de dar trabajo, se pierden varios millones en ingresos, lo que hace que la presión impositiva efectiva sobre el sector privado sea una de las más altas del mundo.

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La metodología económica de los gobiernos populistas es incrementar el gasto público, algo que vivimos en carne propia durante 12 años de kirchnerismo; pero cuando este sube, se trata, siempre, de compensarlo con aumentos de impuestos cada vez mayores, que por lo general a corto plazo tampoco alcanzan, y eso hace cerrar el círculo vicioso generador de déficit que, luego, se traduce en inflación o deuda, lo que indefectiblemente va a derivar en una crisis por algunos de esos dos factores.

La historia sigue en que quien sucede al populismo debe hacer política de ajuste, o sea, lo que vienen intentando hacer el gobierno de Cambiemos pero que no termina de definir el grado de avance en este sentido; impera cierto temor al humor social y sobre todo al sindical que lo mantiene en un paso adelante dos hacia atrás. Más en este 2017, año electoral, en que siempre se termina saliendo de un camino trazado para solucionar nuestros problemas estructurales, para atender las coyunturas propias del proselitismo. Así, pensando en ganar elecciones de medio término, el Gobierno puso en marcha su anunciado plan 2017, aceleró en febrero el gasto en jubilaciones, vivienda, educación y transporte. Aunque en línea con lo presupuestado, el gasto público creció el mes pasado un 39,1 por ciento anual, por encima de la inflación del período, y sobre todo, bastante por encima de los ingresos, que en el mismo mes aumentaron un 35,6. También subieron los subsidios sociales, las transferencias a las provincias y el gasto de capital. Un año electoral, claramente. 

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Entonces sucede lo que cualquier jefe de familia a quien no le alcanza el dinero comprende fácilmente: crece el déficit fiscal que, al igual que en cualquier hogar, surge cuando se gasta más de lo que se tiene y hay que pedir prestado. ¡Ojo! Que pedir prestado no siempre es malo. Si la deuda es para financiar inversiones que generarán recursos en el futuro, dichos ingresos podrán servir para pagar la deuda, pero parte del problema argentino es que se pide prestado para pagar gastos corrientes (como salarios y pensiones). Es como si una familia pidiera dinero prestado para comprar la comida.

De acuerdo con las cifras difundidas por el Ministerio de Hacienda, el gasto en prestaciones sociales el mes pasado creció por encima del promedio, un 47,1 interanual, y sumó 86.430 millones de pesos. Lo que representa casi el 53 por ciento de todos los gastos corrientes del Estado. Pero esta cifra tiene cierta trampa porque se incluye aquí las leyes de reparación histórica y de movilidad jubilatoria. Y la reparación estuvo atada al blanqueo de capitales que resultó claramente exitoso. De modo que no se termina de entender por qué tanto aumento del gasto en este ítem, aun cuando teniendo más de un 30 por ciento de pobres en la Argentina, la ayuda social es cada vez más importante. 

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De todas formas, lo más destacado en febrero pasado fue la aceleración del gasto de capital, que aumentó un 64 por ciento, a 15.955,8 millones de pesos, de la mano de un crecimiento de las erogaciones en obra pública vial, que avanzaron un 41,4 por ciento; educación, un 95,3, y vivienda, un 289,5. A diferencia de gastos que puedan resultar improductivos, estos seguramente no lo son, porque la ejecución de obra pública fue récord, superó los 18.000 millones de pesos en el primer bimestre. Y esto impacta claramente en mejorar una cuestión preocupante, el empleo. Es la construcción lo único que puede acelerar una reactivación en el punto que estamos. 

Por otro lado, la principal fuente de ahorro -que no estaría surtiendo efecto- fueron los subsidios económicos, donde la clase baja y media están haciendo todo el esfuerzo, con tarifas mucho más abultadas que antes. Los aumentos de tarifas hicieron que los subsidios subieran por debajo del gasto promedio e incluso cayeran en términos reales, dado que aumentaron un 25,7, cuando la inflación interanual estimada por los economistas fue del orden del 34. 

Sin embargo, sigue habiendo gasto improductivo del Estado, el que no parece acompañar con la misma austeridad que pide a los ciudadanos, porque los gastos creciendo por encima de la inflación no contribuyen precisamente a hacerle más fácil la tarea al Banco Central para contener los precios porque claramente los gastos siguen creciendo a mayor velocidad que los ingresos.

Las empresas, Pymes sobre todo, están soportando una presión fiscal descomunal, la mayor de Latinoamérica, para ver que el Estado sigue desbordado. Para este sector vale también aquello del mal humor social, porque están, como se dice vulgarmente “con la lengua afuera” para poder cumplir con los compromisos a que están obligados y siempre al límite de bajar sus persianas. De ganar dinero, ni hablar. A la par de ellos están sus consumidores en idéntica situación: los docentes paran, los médicos paran porque no reciben un salario acorde. Y no llegaron inversiones que generen empleo genuino, de modo que el gasto social crece en forma simétrica. 

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Más aun, empresarios e industriales, así como buena parte de la sociedad está alerta, porque la mayoría de las consultoras dicen que, pasadas las elecciones de octubre, se pagará con mayores esfuerzos la fiesta electoral de estos meses. 

¿Alguna vez seremos un país serio y previsible?

Hasta aquí, el cuadro de situación. ¿Pero qué debería hacerse para tener una economía sana, productiva y activa, que paulatinamente equilibre sus cuentas?

Obviamente, realizar una reforma impositiva, de punta a punta, revolucionaria, que cambie absolutamente todos los impuestos y sean reemplazados, por ejemplo, por un “Flat Tax” nacional, uno provincial y uno municipal, sin que la sumatoria de estos supere el 33 por ciento de los ingresos de cada contribuyente.

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Pero además, debería cambiarse tanto la manera de recaudar como su distribución, y con ello, se formalizaría el 100 por ciento de la economía, produciendo, además, el aumento de la base imponible que compensaría la pérdida de recaudación por la disminución en la presión tributaria.

 

En definitiva, mientras esto, o algo parecido no se lleve a cabo, y sigamos pagando impuestos sobre impuestos, sin bajar el déficit fiscal, no habrá inversiones, por lo tanto no habrá más fuentes de trabajo y la economía jamás arrancará. El único motivo por el cual las inversiones no vienen es porque no se destruyeron las causas por las cuales se fueron: impuestos y regulaciones. Todo lo demás es verso.

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