Algún día no nos veremos la cara pero mientras tanto…
Hemos caído en la creencia de que las nuevas tecnologías estrechan nuestros lazos, que hemos fabricado una colección de herramientas que nos hermanan.
Y creemos que la tecnología informática ha obrado el milagro de acercarnos al prójimo. En algún punto es cierto, habiendo transformado el mundo en una aldea global donde todo parece que está a la vuelta de la esquina en términos de comunicación. Esa revolución es innegable y todos la disfrutamos en algún punto.
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Pero, ¿estamos percibiendo los efectos negativos que tiene el exceso en el uso de celulares y tablets? ¿Y si la tecnología nos separa? ¿Y si la promesa de la conexión nos está desconectando?
En realidad atravesamos una época llena de paradojas. La permanente presencia de los dispositivos electrónicos de comunicación ha generado nuevos hábitos que, en muchos casos son uniones ficticias; esto es, maneras de relacionarnos falsamente o de estar solos estando acompañados.
Una imagen que se repite y causa una sensación de alerta es ver a una familia cenando en un lugar público y padres e hijos están con la vista en sus pantallas. No se miran y casi no se hablan.
Hoy nadie sale sin el celular a la calle, estos aparatos han invadido nuestras vidas como si la misma existencia dependiera de ellos. Los que no son tan jóvenes vivían perfectamente conectados antes de la existencia del celular, es de advertir. Y salíamos a la calle para hacer diferentes trámites, o para ir a trabajar, o a la escuela o simplemente a pasear y bastaba con informar a nuestros afectos vuelvo en un rato o a las cuatro estoy por acá. Todo con la certeza de que si algo importante pasaba, de algún modo nos íbamos a enterar. Y así era, no necesitábamos estar hallables en todo momento.
Resulta difícil calcular la importancia abrumadora que tienen hoy día los aparatos digitales en nuestras vidas, y parece que la existencia humana es prácticamente indisociable de dichos artefactos.
Lo preocupante es que las nuevas tecnologías han motivado importantes cambios en situaciones cotidianas de nuestras vidas. En vez de utilizar el celular para que nos sirva como un elemento más, nos hemos hecho dependientes de la tecnología, descuidando los lazos reales, aquellos que no tienen nada que ver con lo que se postea en Facebook. Mientras nos toca esperar a alguien, viajamos en un transporte público o esperamos que nos atienda el médico, todos estamos aferrados a los dispositivos tecnológicos con los que se comunican a nivel global por medio de Internet, en lugar de entablar una conversación, aunque sea trivial, con quien tenemos al lado.
Todo se reduce al uso que le damos a la tecnología. Porque en ocasiones la comunicación masiva que nos ha traído Internet nos puede llevar a la incomunicación. Lo mismo que sucede con la información. Creemos que conocemos a nuevos amigos porque los vemos en Facebook ¿los conocemos? Y estamos convencidos de que estamos en contacto con nuestros amigos de toda la vida porque les seguimos la vida según la postean. ¿O será que solo vemos la realidad virtual que nos muestran en una pantalla donde muchas veces todos parecen felices, ganadores y sabios? ¿Sabemos realmente lo que les está pasando a nuestros seres queridos?
Al fin va a llegar el día en que los grupos de plataformas como WhatsApp, Instagram, Facebook o Snapchat reemplacen las experiencias reales con nuestras amigas y amigos, pero mientras tanto, algo deberíamos de hacer para recuperar una de las cualidades del ser humano, que es el contacto, la emoción real, la empatía, el diálogo cara a cara.
Porque este proceso se produce en una época en la que todos tenemos muchas actividades y la tecnología parece ir a nuestro ritmo, ayudándonos a comunicarnos con muchas personas a las que más adelante nos prometemos ver personalmente. Siempre creemos que habrá tiempo para el encuentro, el café, la conversación, pero la vida se nos pasa y a veces no llega ese momento.
También debemos reflexionar sobre el uso de estas nuevas tecnologías que hacen nuestros hijos, así como sobre qué buscamos como madres y padres al ponerlas en sus manos. Normalmente comenzamos dando un celular por un problema de seguridad para que sepamos donde está o nos puedan llamar si pasa algo. Pero luego como los adultos estamos muy ocupados terminamos usando el celular como una suerte de tetina para entretener a los niños, para poder así ganar momentos de libertad. A veces no nos damos cuenta de que podemos estar promoviendo la incomunicación en nuestras familias.
Esto puede acarrear consecuencias más o menos graves en una familia a futuro. Y aunque pueda resultar un poco extrema, la advertencia es real y más teniendo en cuenta que nos estamos acostumbrando a vivir pegados al móvil a todas horas. Eso es un hecho.
La solución podría estar en algo tan simple como establecer horarios en los que la familia pueda compartir su tiempo, sin estos dispositivos marcando el ritmo de la conversación, no encenderlos a la hora de almorzar o cenar y apagarlos cuando salen a comer en familia. Crear momentos de diálogo en los que podamos preguntar a nuestros hijos cómo están y compartir experiencias. También a nivel público se podrían establecer pautas, como se lo hizo con el cigarrillo y con tan buenos resultados para la salud de todos, fumadores y no fumadores. Pues esto es una cuestión de salud también, mental y emocional.
Solo así llegaremos a conocernos de verdad y podremos crear el estímulo que los menores necesiten para abrir su corazón y sus vivencias a los adultos. Nadie puede creer a esta altura que nuestros hijos compartirán su realidad con nosotros porque seamos sus padres, hay que crear un clima de diálogo activo y de empatía para lograr una comunicación real.

















