A 22 años de Amia, pistas frías y un expediente muy manoseado
Como sucede, hace 21 años, ayer en la sede de Pasteur 633 se conmemoró el aniversario del ataque terrorista a la mutual judía Amia, que se cobró la vida de 85 personas y dejó varios centenares de heridos.
Ni la comunidad en general y mucho menos los familiares de las víctimas olvidan el horror de este atentado; fue la mayor señal del alerta que tuvo por entonces nuestro país de la globalidad de la problemática geopolítica de Oriente Medio. Aquel 18 de julio de 1994 supimos a ciencia cierta que la explosión de la Embajada de Israel en 1992 no había sido un hecho aislado y puntual y que, aunque alejada de los centros mundiales donde se desarrollan los conflictos bélicos cuerpo a cuerpo, las decisiones que se toman en esta Argentina del fin del mundo no son gratis. La sorpresa y el dolor fueron en iguales proporciones.
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A diferencia de los atentados que se suceden en el mundo actualmente, donde Isis, el Estado Islámico y otros grupos terroristas reivindican inmediatamente haber sido los autores del atentado, en nuestro país nadie asumió la autoría de las destructoras bombas de la Amia. Y esto implicó, desde el comienzo, un serio problema a fin de establecer las responsabilidades del atentado.
Podemos considerar la participación de nuestro país, aunque con fuerzas de observación con Cascos Blancos, en la guerra de Irak durante el gobierno de Carlos Menem, como el momento que puso a la Argentina en el mapa del terrorismo internacional de aquellos años. Una etapa en que había pocos ataques, fuera de los territorios enfrentados; tal vez algunos en Europa y otros en Estados Unidos pero nunca los blancos eran civiles. Lamentablemente, con la aparición de grupos como Al Qaeda, Isis o el Estado Islámico los ataques a la población como mensaje a los gobiernos y demostración de fuerza, son actualmente moneda corriente.
Tras el atentado de la Amia, entre la inexperiencia en la temática y los intereses cruzados, se comenzó un trámite judicial que tuvo todos los condimentos necesarios para no llegar a ninguna conclusión válida. Jueces recusados, aparición de fondos de la agencia de Inteligencia para comprar testigos falsos, pistas locales fabricadas que se fueron cayendo en el tiempo y liberándose a los acusados. Un expediente de muchos cuerpos para no terminar descubriendo nada.
Podemos inferir que durante el gobierno de Carlos Menem los intereses de la administración de aquellos años impidieron una investigación seria. Pero luego vinieron presidentes de otros signos políticos, Fernando de la Rúa, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner y todo con el mismo resultado: nada concreto. Ya sea por los defectos de aquellas primeras pesquisas o por nuevos intereses que entraron en juego, incluso con dos juicios realizados, el esclarecimiento nunca fue total.
Cuando el kirchnerismo llegó al poder 13 años atrás creó la UFI Amia, poniendo al frente al malogrado fiscal Alberto Nisman, como un modo de comenzar de nuevo la investigación y dándole el sentido de reparación histórica a este atentado. De su trabajo surgieron nuevas pistas y procesamientos que derivaron en el segundo juicio (en 2015, ya muerto Nisman), el que aborda el encubrimiento de aquellas primeras horas y que aún se sustancia.
Aunque de ribetes internacionales, la causa Amia tiene sobre todo un cariz nacional, como ha quedado bien en claro con la muerte de Nisman, en la que ningún interés de Oriente Medio está implicado. La política local, nuestros servicios de Inteligencia y una situación judicial tan manoseada son los elementos que nos han depositado en este presente en que, más que condena a los autores, deberemos conformarnos con una reparación histórica dados los años transcurridos desde el suceso.
Lo más nuevo en estas más de dos décadas de espera por justicia es la muerte del fiscal, que aún no sabemos si fue asesinato o suicidio y un acta acuerdo con Irán (que es uno de los posibles países de donde provino el atentado) que firmó la administración kirchnerista para poder interrogar a los supuestos responsables del atentado, lo que selló el enfrentamiento del Gobierno con la UFI que ellos mismos habían creado. Este cuestionado memorándum fue definitivamente enterrado por la administración de Macri.
El acta, llamada Memorándum de Entendimiento con Irán fue el último paso de esta tragedia, porque Nisman denunció a Cristina Kirchner por actos de traición, al afirmar que se buscaba encubrir a Irán con este documento. Y cuando el fiscal de Amia iba a ir a declarar un lunes al Parlamento respecto de la denuncia, que implicaba directamente a la presidenta, falleció el domingo previo.
La teoría de Nisman se basó en que el verdadero interés de Irán era firmar este memorándum con la Argentina, no fue para que los acusados fueran interrogados por el atentado, sino para que se levantaran sobre ellos las alertas roja de Interpol, que no les permiten a los implicados moverse de su país, ya que serían detenidos.
Es historia reciente y todos tenemos fresca la memoria de lo sucedido en los últimos años, aunque no obstante el repaso no es ocioso.
A poco de asumir Macri creó una unidad especial para investigar el ataque, a cargo del exsenador radical Mario Cimadevilla, que también sigue la muerte de Nisman, y se afianzaron los vínculos con Israel.
Pero la realidad es que, a 22 años del atentado, no hay nadie preso por este acto y no tenemos claro quiénes fueron los responsables. Podemos afirmar que hay dos pistas: la iraní, que es la que más adhesiones logra -por eso los cuestionamientos al memorándum- y la pista siria con menos adeptos. Y lo más probable es que entre estas teorías esté la verdad, quizá haya sido un comando apoyado por el gobierno de Irán como las pruebas menos contaminadas y varios servicios de inteligencia extranjeros coinciden en indicar, la que realizó el atentado. Pero la certeza es lo que nunca se terminó de alcanzar.
También podemos decir, sin temor a equivocarnos, que lo que ha sucedido en los gobiernos de distinto signo político que se sucedieron en la Argentina durante dos décadas es claramente una vergüenza. Muchos intereses cruzados y escaso esclarecimiento. Y aunque la búsqueda de la verdad es una actitud inherente al ser humano, habiendo transcurrido 22 años del atentado y mucho manoseo, será muy difícil reconstruir la ruta del acto terrorista en la Argentina.
Y es lamentable, en principio para la familia de los muertos a manos del terrorismo, un hecho repudiable, que los argentinos no olvidamos.
Quienes investigan saben que para lograr resultados concluyentes es fundamental el tiempo, aprovechar los primeros tiempos, las pistas calientes. Lo vemos hoy en día, cuando a pocas horas de un atentado se conoce el origen y se desactivan las conexiones (aunque sin solución de continuidad). Cuando las pistas y elementos se enfrían, cuando los implicados fallecen, todo se torna infructuoso, más si tenemos en cuenta que el expediente Amia, como afirmamos, ha sido uno de los más bastardeados de nuestra historia.
Las protestas de la comunidad judía argentina tienen una razón de ser, porque la realidad es que con el paso de los años se ha ido perdiendo no sólo el tiempo, que en este tipo de causas es un elemento valiosísimo, sino la posibilidad de encontrar verdades contundentes, también en lo que hace a las pistas de la conexión local, que fueron los partícipes necesarios para que este atentado se perpetrara.















