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Votar en clima de desesperanza

Argentina se ha convertido en un país cansado, casi sin esperanzas. Los grandes sueños movilizadores y motivadores que transformaron nuestra historia, parecen agotados y debatimos nuestra subsistencia junto a la mediocridad. El lugar de la utopía fue ocupado por incertidumbre y miedos; la esperanza adquirió la forma de recuerdos. Más...

19 de octubre de 2023 a las 12:00 a. m.
Votar en clima de desesperanza

Argentina se ha convertido en un país cansado, casi sin esperanzas. Los grandes sueños movilizadores y motivadores que transformaron nuestra historia, parecen agotados y debatimos nuestra subsistencia junto a la mediocridad. El lugar de la utopía fue ocupado por incertidumbre y miedos; la esperanza adquirió la forma de recuerdos. 

Más allá de la dialéctica que se intente, los datos duros de crecimiento de la pobreza son abrumadores, son clara demostración del fracaso del modelo de país que fuimos y el triunfo del que no deberíamos ser. Es una pandemia social que no cesa de crecer y todas las orientaciones políticas contribuyeron, en enfermizo cortoplacismo, a postergar soluciones de fondo de ese fracaso colectivo, al no atender los problemas que le dieron lugar.

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Somos un país empobrecido y desigual a consecuencia de los desaciertos de quienes nos dirigen. La indignación ciudadana sobre el cinismo del poder se opone a la audacia de quienes nos roban la ilusión, y la disociación entre dirigentes y dirigidos por una agenda que no contempla las necesidades de los argentinos irrita al ciudadano de a pie, que desde hace tiempo ve funcionarios de los tres poderes con niveles de vida muy superiores al que sus ingresos declarados permitiría, y saltos de bando político desdiciendo valores antes defendidos, como si el pasado no existiera.

Corrupción e inflación nos hacen una nación marginal, poco apegada al cumplimiento de la ley, convertida en caso de estudio por su tendencia al atajo y la banquina. Antes inmorales que zonzos, según Borges, veneramos la deshonestidad y la bautizamos viveza criolla.

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Un Estado invasivo y voraz genera la burocracia de registros y permisos que alimenta una administración con un carril para el común de los mortales y uno más rápido para privilegiados, y muchas veces nos convence de que la única manera de agilizar un trámite o hallar una solución es conseguir "una palanca" o mover una influencia aunque sea evidente que por ahí no se va a ningún lado.

El acceso a los despachos del poder de personas, para decirlo de manera amable, de bajo compromiso moral, tanto quienes sobornan como quienes son sobornados, para obtener un beneficio es medida del fracaso de la condena social y el aparato judicial.

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Una sociedad próspera es la que se toma en serio los valores sociales por encima de los individuales; la igualdad no se predica, se ejecuta con políticas duraderas en el tiempo que tienen un para qué, una finalidad, un rumbo. Su ausencia nos convierte en una aldea pobre que mendiga por el mundo desde prestamos, subsidios e inversiones hasta vacunas.

El PBI por habitante hoy es similar al de 1974: en 49 años la productividad media no cambió, y sin inversión genera desempleo (22,7 por ciento de la PEA, mayor al 18,5 por ciento de 2003, en la caída de la convertibilidad) o empleo de rendimiento cero, economía inflacionaria, y explica en parte la causa de la pobreza multiplicada por la corrupción. Allí encontramos el empleo público redundante, la multitud de subsidios para paliar la falta de empleo etcétera.

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Es el fracaso de un Estado sin autoridad o colonizado a pesar de la retórica"progre". Solo interpretar el pasado no alcanza para gobernar un pueblo que, sin esperanzas movilizadoras, lucha para subsistir; entre peleas políticas, desmanejos administrativos, falta de ejemplos políticos y morales, y con el 50 por ciento de población pobre.

Queremos organizar el país con espejo retrovisor, mientras el futuro huye sin ser retenido por la política. 

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Acabada la lucha por la restauración democrática, no generamos un conjunto de ideas y esperanzas que, en clave de futuro y no de pasado, movilizaran a la sociedad; no pudimos desarrollar una utopía que la sedujera en el nuevo siglo y fuera la realización del progreso.

La gran pregunta es si la clase política que este fin de semana pelea por ejercer el poder del Estado estará dispuesta a indagar el origen de los fracasos-indispensable para resolver los problemas- y diseñar la agenda del desarrollo. Necesitamos un nuevo decálogo de esperanzas que movilice nuestra sociedad agobiada y triste hacia el futuro, ser capaces de recrear esa nueva utopía, e imaginar una Argentina mejor que la que tenemos como un camino capaz de llevar nuevamente al pueblo hacia su felicidad y grandeza.

La Nación es la construcción de un proyecto de vida en común y la política es tener ideas claras de cómo construir ese proyecto desde el Estado. Hasta ahora ningún candidato ofrece un proyecto sugestivo con la garantía que en el camino la pobreza va a disminuir drásticamente.

Estamos a horas de las elecciones. Milei se define como quien dinamitará al presente; Patricia como la que lo pondrá "en orden"; Massa como quien hará lo contrario de lo que está haciendo. 

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No hay nada que los candidatos hayan dicho como para poder "elegir". Porque elegir requiere tener enfrente oferta de determinados objetivos, destinos, caminos a tomar: elegir uno es marchar en una dirección para construir. 

Pero destruir es romper, sería optar por escombros; ordenar es poner "otro orden" con las mismas cosas; y hacer lo que "no hago", es simplemente la propuesta de una negación. Lo dicho es un resumen estricto de lo que dicen los candidatos: no nos proponen "algo" para elegir. En los candidatos no hay atisbos de objetivos, fines, destinos, caminos, en oferta. 

Las decisiones políticas necesitan esperanza: la capacidad de crear esperanzas es lo que lo construye a un líder. No es la capacidad de juntar votos, tampoco la de convocar a la venganza. 

El liderazgo es generar capacidad de espera, lo que podría llamarse "esperanza colectiva", la que es más necesaria cuanto más grave es el punto de partida. Y nosotros estamos en un punto de partida preñado de problemas.

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Por ahora el "líder", aquí y ahora, no aparece. Y eso agrava las condiciones del presente y del futuro inmediato. 

Hay un porvenir venturoso. El escenario global, bien leído, dado los recursos de los que disponemos y aún no explotamos, se presenta favorable. Pero del presente a ese porvenir hay una distancia larga, un recorrido sinuoso para el que es inevitable construir un puente sólido para transitarlo. Y hay que construirlo en condiciones absolutamente adversas. Nunca han sido tan adversas, justamente por el dominio de la desesperanza.

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