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Violencia intrafamiliar, un mal cultural difícil de erradicar

14 de octubre de 2015 a las 12:00 a. m.

La semana pasada ha sido sin dudas de las más trágicas de la historia criminal reciente en el país, en particular en lo que respecta a violencia de género. En siete días fueron asesinadas nueve mujeres, cinco en los tres días que duró el fin de semana. Una de ellas era María del Rosario Díaz, vecina pergaminense que murió cuando era trasladada al Hospital San José tras haber recibido dos puntazos de arma blanca de su pareja, Angel Ramón Robles.

Aquel “Ni una menos” del 3 de junio fue un multitudinario gesto de repudio en contra del femicidio, pero en las estadísticas poco. La violencia contra la mujer no es algo que se pueda combatir de manera directa y efectiva como para ver resultados relativamente pronto. No es un crimen que se pueda prevenir con una saturación de presencia policial en las calles, ni con operativos de control de algún tipo. Es una cuestión cultural a resolver, lo que demandará generaciones. Al menos para que esta manía no sea tan expandida y generalizada. 

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Mientras tanto, el Estado se ha hecho presente con espacios específicos de atención para las mujeres y con el endurecimiento de las leyes. Incluso se ha creado la tipificación del delito de femicidio que tiene como condena la prisión perpetua sin atenuantes. Educar, legislar, hacer campañas de concientización, atender los casos, proveer de espacios de rehabilitación a agresores y agredidas es prácticamente lo único que se puede hacer desde la esfera pública para combatir este delito del ámbito privado, que la mayoría de las veces sale a la luz pública cuando ya es demasiado tarde.

Y cierto es que es muchísimo lo que se ha avanzado en la última década en este sentido. Prácticamente se partió de la nada, de un Estado que -a través de la Policía- hasta incluso desestimaba las denuncias de las mujeres golpeadas y las revictimizaba. Hoy esto que ocurría no hace tanto parece una práctica medieval, gracias a todo lo que se ha implementado: leyes, talleres de concientización desde el noviazgo, casas de refugio, comisarías de la mujer, botones antipánico, restricciones perimetrales, por citar algunas herramientas disponibles.

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Es contradictorio estar hablando de estos logros cuando el motivo de este artículo era lamentar tantos femicidios en pocas horas. Es que, como planteamos más arriba, la problemática de mujeres golpeadas o maltratadas verbal o psicológicamente por sus parejas forma parte de una antigua cultura que se debe desterrar. Y a esto se suma que ahora, como una consecuencia casi natural de cualquier tipo de discusión, se llega a la muerte. Pasa entre hombres para arreglar asuntos que antes se trataban en una mesa de café, y pasa en las relaciones de pareja, donde además hay una relación desigual de fuerzas. Por eso la figura del femicidio y por eso la cadena perpetua.  

Lo que está sucediendo es una aberración que no se expresa en términos de inseguridad sino de la más primitiva violencia intrafamiliar, difícil de prevenir en muchos casos y donde no sólo el Estado debe actuar, sino que la sociedad civil debe involucrarse para tratar de ayudar en estos casos extremos.

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En la última semana fueron atacadas 11 mujeres, nueve de ellas murieron a manos de novios o exparejas. En la ciudad bonaerense de Azul, una víctima lucha por mantenerse con vida tras haber sido baleada por su exesposo. Y en Catamarca, un sujeto quemó a una mujer, que está internada en grave estado. Justo en el fin de semana en el que, en Mar del Plata, miles de mujeres (en el Encuentro Nacional de Mujeres) se reunieron para pedir la multitudinaria manifestación repitiendo el lema “Ni una menos”.

El 6 de este mes Sandra Costantopulos fue asesinada en Mar del Plata; al día siguiente, Daiana Rodríguez fue baleada en Carmen de Areco; ese mismo miércoles, en San Carlos de Bariloche, murió asfixiada María de la Cruz, y en Mendoza hallaron muerta a Marlene López. Silvina Barba falleció el viernes en Salta y buscan a su esposo por el crimen; horas después, Rosario Salinas murió acuchillada por su ex pareja, en Mar del Plata; también allí, Claudia Sposetti perdió la vida, degollada; anteanoche apresaron a su expareja. Y el sábado a la mañana, en Pergamino, fue asesinada a puñaladas María Díaz; su novio terminó preso.

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Como vemos no se trata de ciudades ni de provincias, el femicidio se produce en forma continua y en muchos casos ni siquiera había denuncias previas contra la pareja por violencia. Esto no deja de llamar la atención, porque en general la violencia primero es verbal, puede llegar a la física y en muchos casos a la muerte. Pero hay pasos en este camino perverso. Y es extraño que existiendo hoy espacios especiales para la denuncia, donde se ofrece contención y sobre todo garantías de seguridad, algunas mujeres no den ese paso.

Son tragedias evitables en tanto la mujer no naturalice el calvario que vive ni lo minimice poniendo como prioritario contar con asistencia económica del hombre para el hogar y los hijos. Y como se trata de un flagelo que atraviesa a toda la sociedad, también está la mujer que no denuncia por vergüenza en su círculo social. Tal vez se siente protegida por considerar que su pareja no llegaría a matarla por el mismo motivo, y por eso soporta humillaciones de todo tipo. De todos modos, familiares y amigos siempre notan cómo se desarrolla una relación, aunque sea por los gestos más pequeños. Y es allí donde la sociedad no debe mirar para otro lado, ayudando a prevenir las muertes, instando a la denuncia, llamando a las autoridades cuando se escuchan gritos o se oye una pelea. Quizá ese llamado salve una vida. No es poco.

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