Violencia, frustración y muerte
Dicen los expertos mundiales en la materia que estamos atravesando la etapa de mayor agresividad social de la Historia, una frase temeraria si tenemos en cuenta que el siglo pasado fue la de las dos grandes guerras. Los estudios de las universidades de Estados Unidos creen que la agresión instrumental, que sirvió para ayudar a la especie humana a convertirse en el ser dominante del planeta, se utiliza ahora para la destrucción de los propios seres humanos y contribuye a que haya crecido el número de enfrentamientos bélicos en diferentes lugares del mundo.
El psiquiatra David Huertas, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Alcalá de Henares, denuncia que la agresividad es un valor en alza en muchos juegos de ocio, en los medios de comunicación, constatada en noticias que hablan del aumento de la violencia doméstica, del maltrato en las escuelas, de las peleas por incidentes de tráfico o del aumento de las guerras en el mundo.
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La cultura y la educación son formas de modular la agresividad y se apela por hacer un esfuerzo mayor para su fomento y desarrollo, para conseguir mejores resultados en la lucha contra todas las formas de disfunción social basadas en la violencia.
Entre las causas que se apuntan sobre esta falta de control de la agresividad destacan, además de los factores biológicos, algunos factores socioambientales propios de las sociedades modernas como son la masificación, la contaminación acústica y atmosférica, las deficiencias de la educación y la frustración de las expectativas de buena parte de la juventud. En los hombres, que por lo general tienen más fuerza y tamaño, las formas de agresión suelen ser directas y más extremas, mientras que las mujeres optan por formas indirectas como la descalificación, el rechazo o la humillación.
Y en este marco, el de la violencia que ha crecido en términos impensados y que retrotraen a centurias atrás, se inscribe el miércoles negro que movilizó en la Argentina a millones de mujeres contra la violencia de género, uno de los costados graves y dolorosos de estos tiempos.
En los últimos años la violencia contra las mujeres se visibilizó o creció, o más bien las dos cosas porque la violencia en todas sus formas lo ha hecho.
Hemos vuelto a relacionarnos como lo hacían nuestros ancestros hace mil años: por el ejercicio de la fuerza, en todas sus formas. En pocas palabras, hemos involucionado.
Los argentinos atravesamos con creces esta etapa de agresividad donde se mezclan cuestiones sociales, económicas, la drogodependencia, todo lo que ha generado un cóctel que no solo se desarrolla en la violencia callejera sino intramuros, en el hogar, en el seno familiar. De allí las mujeres asesinadas a manos de sus parejas y otros familiares convivientes en un número que crece permanentemente. Aunque son más conmocionantes los casos como el de Lucía, la adolescente marplatense salvajemente vejadas, lo que está matando a nuestras mujeres es lo que sucede en el seno de los hogares, de las relaciones conyugales y de noviazgo: el 97 por ciento de los femicidios es perpetrado por parejas, presentes o pasadas.
No necesitamos estudios profundos, encuestas ni estadísticas para advertir que la violencia registra niveles nunca vistos, basta con andar por la calle y percibir el enojo, a veces la rabia que se genera ante cualquier inconveniente urbano, un cajero que no tiene fondos, un remis que se acercó demasiado a nuestro automóvil, una bicicleta que se cruza. Cualquiera de estas cuestiones puede terminar en un enfrentamiento con puñetazos. Los robos hoy terminan en muerte, las grescas terminan en muerte, las típicas peleas entre vecinos terminan en muerte. Y en el mismo sentido, los femicidios se han incrementado, aunque en estos casos, además de lo circunstancial y lo cultural (lo que el femicida ha mamado o recibido como educación) hay también una arista patológica, muy difícil de revertir.
Vemos como en esta violencia en que vivimos, se llega muy fácilmente a veces sin escalas-al homicidio, incluso en el ambiente familiar, como lo muestran las encuestas. Para la profesora de filosofía y bioética Diana Cohen Agrest -cuyo hijo fue asesinado en ocasión de robo-, se trata de una espiral de violencia incrementado por un imaginario colectivo que desde que finalizó la dictadura, asocia toda forma de autoridad con autoritarismo. La falta de respeto a las normas seguidas de la ausencia de sanción condujo a que la gente viole la ley confiada en que no recibirá castigo. La citamos textualmente porque nada mejor que sus palabras para expresar lo que sucede y esto vale para el delito como para la violencia familiar.
También es parte del análisis que la crispación de la sociedad argentina tiene una base en la frustración que genera el deterioro económico y social que vive el país desde hace por lo menos cuarenta años.
También hay una aceptación social de ciertas inconductas como los barrabravas del fútbol que son considerados, al fin, abanderados de la camiseta, permitiendo que casi siempre se salgan con la suya. La corrupción obscena destapada escandalosamente también se siente como violencia institucional, cuando el escenario es de gran pobreza.
El problema más grave que hay que atacar, entre otras tantas, es el de las adicciones y el narcotráfico, que llevan la violencia a niveles extremos. Desde el asesinato, quemándola viva, de Wanda Taddei que marcó en su momento un antes y un después en la violencia de género por el alto perfil del caso, hasta hoy el problema no hace más que escalar. Y la droga ha contribuido en gran forma a que la violencia sexista se exacerbe. Tengamos en cuenta que el marido de Wanda, el baterista del grupo Callejeros, era drogadicto y cuando la asesinó tan cruelmente estaba bajo los efectos de los estupefacientes. Hay un aumento superlativo del alcoholismo y el consumo de cocaína y otras drogas ilegales en todas las clases sociales y la violencia doméstica está claramente relacionada a esta problemática del aumento de la violencia.
Por eso son importantes las marchas que se realizan como la del miércoles negro, para hacer cada vez más visible el problema de la violencia de género en este caso, no sólo para lograr el acompañamiento de las leyes, sino sobre todo en su aplicación. Estamos cansados de ver violentos que están libres, pese a las denuncias reiteradas, hasta que no cumplen su objetivo de matar no son detenidos. También para que se profundice su tratamiento en las escuelas y en los hogares. Sobre la base de comprender que cuando se comienza con la violencia verbal, luego escala a la cuestión física y el resultado es la muerte.
La violencia es multicausal y lo mismo aplica para la violencia de género, por eso el abordaje debe responder a las distintas problemáticas que la generan. Solo así, se podrán bajar estos dolorosos índices de asesinatos.














