Venezuela, entre las carencias y la violencia
No es una novedad la dramática situación que se vive en Venezuela, inmersa en una profunda crisis económica y social, con falta de medicamentos, de alimentos, de lo elemental para subsistir. Todo este malestar se canaliza en violencia y protestas que terminan por enfrentar a una ciudadanía que vive el agónico fin de un gobierno que comenzó siendo populismo y terminó en una democradura (nace de la democracia pero sus modos son de dictadura). Lo curioso es que las carencias son de todos los ciudadanos pero las protestas los encuentran divididos. Claramente hay una mayoría que quiere revocar el mandato de Nicolás Maduro pero también hay una buena porción de la población que, aun en la desesperación, sale a las calles en defensa de su gestión.
Como suele suceder, especialmente en América Latina, el colapso comenzó por la economía. Ya hemos hablado en otros comentarios que en esta parte del mundo tenemos el hábito de no criticar ni exigir transparencia ni eficiencia a los gobiernos en tanto la situación económica sea estable; recién cuando se ve afectado el bolsillo nos ponemos exigentes con nuestros dirigentes.
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El manejo economía caracteriza tanto el principio y como el fin los gobiernos distribucionistas, por llamarlos de algún modo, porque se olvidan que para distribuir hay que producir. Y en Venezuela, que solo exporta petróleo, nada más y nada menos que eso, la pésima administración de Nicolás Maduro los ha llevado a una crisis sin vuelta. Y podría ser peor incluso, de no ser por el oro negro que emana de sus tierras.
La oposición que cada vez crece más y que ganó las últimas elecciones legislativas, sigue exigiendo un referéndum revocatorio presidencial que es lo que contempla la constitución bolivariana cuando se generan estas crisis presidenciales. Del mismo modo que en Brasil se pudo destituir un presidente con el voto del Parlamento, en Venezuela son más participativos porque, en definitiva para revocar el mandato presidencial se necesita del voto popular y que sea claramente mayoritario.
Maduro busca por todos los medios (violencia, presos políticos, chicanas judiciales) dilatar la posibilidad de llamar a un revocatorio, porque adivina el resultado, lo que genera un grado de tensión social insoportable. Ya que así como hay grandes marchas opositoras, las hay también oficialistas. El Gobierno mantiene todavía un fuerte aparato muy ideologizado que sale a las calles a defender al presidente, aun cuando estas mismas personas van a los mercados y ven que las góndolas de los comercios siguen vacías y tienen cruzar las fronteras de Venezuela para comprar medicinas.
Esta semana, la oposición ha salido a las calles y cientos de miles de venezolanos los acompañaron, en lo que se dio en llamar Toma de Caracas. Esta marcha pacífica surge como respuesta a las acusaciones del Gobierno, que planteó que esta convocatoria era en una acción subversiva en busca de un golpe de Estado terrorista. En esos términos está la relación entre los venezolanos.
No solo marchó gente de la capital sino que también desde el interior del país viajaron miles de personas, pese a la intimidación oficialista que se agudizaron durante la noche y la madrugada previas. El Gobierno les hizo pasar por todo tipo de carreras de obstáculos para llegar a Caracas: túneles cerrados, rutas cortadas, redadas en los hoteles, colectivos atacados a pedradas y a tiros, manifestantes reprimidos con gases lacrimógenos y perdigones. Evidentemente, Maduro no quería ver la marcha multitudinaria que se avecinaba.
La movilización, convocada para reclamar que se apure la celebración del referéndum revocatorio contra Maduro, superó las expectativas de los organizadores, que calcularon al finalizar entre 450.000 personas y un millón. El canal NTN24 también apostó por el millón de personas y así lo reseñaron agencias internacionales. Para el gobernador Henrique Capriles, el principal promotor de la protesta, fue la mayor concentración de la historia de Venezuela. Para el oficialismo no eran más que 30 mil personas y afirmaron que no se había logrado el eco esperado. Todo el mundo pudo ver por TV que esa cifra es exigua. Hay cosas que no se pueden si quiera morigerar con un relato porque la realidad es contundente.
Otro efecto de esta gran marcha es que la oposición se motivó y anunció un nuevo programa de protestas para las próximas semanas, e incluso convocó a un cacerolazo nacional. Se llamará Toma de Venezuela y se realizará en todas las capitales del país.
Estas manifestaciones masivas era lo único que le faltaba hacer a la oposición para impulsar que se realice ya, sin más dilaciones, el referéndum revocatorio, tras haber logrado reunir todas las firmas necesarias para solicitar que se convoque. Es como si el sufrido pueblo venezolano hubiera perdido el miedo, logrando exteriorizar y a viva voz lo que expresó en las urnas, en las elecciones parlamentarias de diciembre pasado. Ahora la oposición ha podido recoger el rechazo generalizado que suscita la figura de Nicolás Maduro e hizo visible e innegable el descontento.
Lamentablemente, mientras el gobierno resiste con sus adeptos y la oposición no logra el revocatorio para que se vote si Maduro se queda o se va de la presidencia, Venezuela sangra, sufre, no se consiguen alimentos, no hay medicamentos ni artículos de limpieza. La economía está destrozada, las empresas que se estatizaron casi todas están languideciendo por falta de inversión. Jaqueados los venezolanos no logran salir de la crisis social y económica que afecta a la totalidad del país. Sin embargo la cuestión ideológica sigue pesando en el enfrentamiento entre los sectores que hoy pugnan por el poder. Ni chavistas ni antichavistas tienen qué comer pero los primeros siguen defendiendo la gestión de Maduro sin fisuras.
Naturalmente que hay ideología en el modo de administrar una nación, una mirada sobre los negocios, la sociedad, la producción, las reservas, la manera de relacionarse con el mundo. Y tanto el oficialismo como la oposición tienen su visión respecto de cómo lograr que Venezuela vuelva a la normalidad. Pero lo que es innegable es que Maduro no está en camino a una solución. El pueblo venezolano que quiere el revocatorio lo que pide es un paso al costado anticipado para dar lugar a una solución, del signo político que sea. En eso, todos los ciudadanos debieran coincidir, ya habiéndose comprado, tristemente, que Maduro no encuentra el modo de estar mejor.
Es dable señalar que, como sucede en todos los países, la mayoría en Venezuela no está integrada por defensores acérrimos sino por ciudadanos independientes, no cooptados por la ideologización que propuso Chávez y continuó Maduro, que hoy padecen sin romanticismo alguno- uno de los peores momentos de la vida democrática de su país, frente al fracaso de un Gobierno que sigue nadando las aguas de un relato populista de una lucha antiimperialista que no es tal y que mientras tanto no asume la crisis en que está sumido el país.














