Vencedores y vencidos, frente al desafío de ejercer la política grande
Las elecciones de medio término habitualmente son vividas como una prueba para los gobiernos que reciben la aprobación o el rechazo de la ciudadanía. Esa es la connotación simbólica que se le da a la contienda, cuando en realidad la concurrencia a las urnas tiene otra significación en términos del...

Las elecciones de medio término habitualmente son vividas como una prueba para los gobiernos que reciben la aprobación o el rechazo de la ciudadanía. Esa es la connotación simbólica que se le da a la contienda, cuando en realidad la concurrencia a las urnas tiene otra significación en términos del funcionamiento democrático: la elección del modo en que quedarán conformadas las cámaras legislativas y de qué manera esa composición impactará o no en el modo en que se delinearán las políticas públicas. En este sentido, las elecciones legislativas del pasado domingo tuvieron a Juntos por el Cambio como ganador a nivel nacional de los comicios generales, y al Gobierno como el derrotado, pese a que el oficialismo pudo recuperar algunos puntos en distritos claves como la provincia de Buenos Aires en relación a la performance que había tenido en las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (Paso).
Pasados unos días de los comicios, las lecturas y análisis del comportamiento electoral son variados. Más allá de las apreciaciones que puedan hacerse sobre la base de los resultados, a uno y otro lado del arco político, lo que imperó fue el intento de resaltar fortalezas y tomar de la respuesta de las urnas el dato que resulta más conveniente al interés de cada uno de los competidores. Poco hubo de sinceridad al momento de realizar una autocrítica.
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En términos objetivos, lo relevante es que la voluntad del electorado cambió la composición de las cámaras, algo que tiene incidencia en cómo quedará conformado a partir del 10 de diciembre el mapa del poder en el país.
Por fuera de cualquier definición semántica como la realizada por la candidata del Frente de Todos, Victoria Tolosa Paz, que refirió que "la oposición perdió ganando y el oficialismo ganó perdiendo"- una apreciación solo válida para el juego chico de la política- lo que hay que destacar del proceso electoral es la expresión de la voluntad de la ciudadanía. Ni más ni menos que esa voluntad soberana que se impuso más allá de cualquier especulación que pueda pretender forzar los argumentos.
Como en todo proceso electoral, hay quienes ganan y quienes pierden. Y si bien es cierto que en estas cuestiones nunca hay posturas absolutas, tampoco resultan válidas las mil especulaciones que puedan hacer las fuerzas políticas desde la vanidad de sus propios egos. La voz del electorado es la que resulta soberana. Y en esta ocasión lo que primó fue el deseo de reconfigurar las estructuras de toma de decisiones, algo que de por sí fortalece el sistema democrático que debe salir robustecido de un proceso electoral que ha sido complejo, que ha estado teñido de bajo nivel de propuestas y de no pocas chicanas cercanas al agravio.
Las elecciones legislativas dejaron un nuevo mapa en el Congreso y también plantearon un nuevo escenario de cara a los dos años de gestión que le quedan al presidente Alberto Fernández. En este sentido, más allá del ajustado triunfo de la oposición, haber perdido el manejo del Senado es para el peronismo un duro golpe que no se puede soslayar. Por voluntad de la ciudadanía, esta Cámara ya no podrá funcionar como una especie de "escribanía" donde se legitiman las decisiones del poder de turno. Por el contrario, será necesario dialogar sobre las cuestiones estratégicas y negociar, algo que dejó de ser una dinámica habitual con el quorum automático y la prepotencia de poder con la que se ejerce la mayoría legislativa.
Si bien la recuperación de algunos puntos en relación a las Paso mantiene con vida al peronismo, algo que ha sido rescatado por los principales analistas políticos en los últimos días, haber perdido caudal en el Senado no resulta un dato menor. Por el contrario, es el ícono más contundente de la derrota. Obviamente el discurso oficial no hace eje en esa lectura que todo el tiempo tratan de minimizar operadores y militantes bajo el argumento que la performance electoral lograda el domingo le permitió al oficialismo mantenerse como primera fuerza en Diputados.
En la oposición, en tanto, el resultado electoral también dejó muchas lecturas posibles y resultó incomprensible que en el propio escenario de la celebración se filtraran discursos contradictorios que dejaran en evidencia diferencias que parecen insalvables entre los referentes del frente opositor. Tampoco resulta entendible que no haya existido espacio para observar qué fue lo que sucedió para que en un plazo tan perentorio de tiempo entre las Paso y las elecciones generales parte del capital ganado se perdiera.
Hoy, cuando baja la efervescencia del debate electoral, lo cierto es que llegó el tiempo de establecer la agenda de los dos años por venir. El nuevo mapa del Congreso será el que acompañará al presidente Alberto Fernández hasta el fin de su mandato, en un escenario que se plantea complejo y urgido por una crisis económica que no da tregua.
Que todos festejaran y se proclamaran ganadores, como si en una contienda electoral no hubiera sanamente vencedores y vencidos, no fue sino otra expresión más de la lejanía que la dirigencia política suele tener de la ciudadanía. Seguramente por el lado del oficialismo esa actitud festiva tuvo que ver con la necesidad de relanzar el Gobierno y recuperar la centralidad de una figura presidencial golpeada.
Por parte de la oposición el festejo estuvo asociado al fortalecimiento de ese frente electoral como fuerza nacional.
A uno y otro lado del arco político, lo que estuvo ausente fue la autocrítica, que es la herramienta que permite hacer una genuina lectura de la realidad y la que aporta los mejores instrumentos para tomar las decisiones. Quizás puertas adentro de los partidos, llegue el tiempo de realizar ese ejercicio de sinceramiento tantas veces ausente en la política. De lo contrario, lo que quedará de la elección serán frases recortadas para las redes sociales, discursos vacíos de contenido proclamados solo para las tribunas. Algo que es inadmisible en un país que volvió a expresar su voluntad y que hace tiempo espera de sus dirigentes actitudes grandes, desprovistas del egoísmo que impide la construcción y consolidación de verdaderos liderazgos.
Los problemas que tiene Argentina son lo suficientemente graves como para eludir la búsqueda de soluciones. El domingo quedó flotando en el aire la intención del presidente Alberto Fernández de convocar a la oposición a dialogar. Con el correr de los días esa vocación pareció diluirse entre las lecturas del resultado electoral. Tal vez llegó el momento de abandonar los discursos grandilocuentes de las campañas, escuchar unos y otros lo expresado por la ciudadanía, y actuar en consecuencia, abandonando el juego chico y ejerciendo la política grande, sabiendo que el tiempo por venir está signado por cuestiones estructurales y urgentes.













