Vacunas a disposición de la humanidad: reclamo que parece utopía
La distribución de las vacunas contra la Covid-19 ha evidenciado una vez más la enorme desigualdad que existe en términos geopolíticos. A principios de febrero la Organización Mundial de la Salud informó que se han administrado en el mundo 200 millones de vacunas, pero el 75 por ciento de ellas...

La distribución de las vacunas contra la Covid-19 ha evidenciado una vez más la enorme desigualdad que existe en términos geopolíticos. A principios de febrero la Organización Mundial de la Salud informó que se han administrado en el mundo 200 millones de vacunas, pero el 75 por ciento de ellas se aplicaron en diez países ricos. En este escenario, hay quienes afirman que la liberación de las patentes de las vacunas aparece casi como una condición imprescindible para el control de la pandemia que sigue causando estragos. De hecho el epicentro de la catástrofe sanitaria hoy está en geografías que están teniendo serias dificultades para acceder a las vacunas.
Los datos que muestra la realidad son elocuentes: mientras hay países como Canadá que ya han reservado una cantidad de dosis suficiente como para inocular hasta cinco veces su población, y la Unión Europea ha adquirido vacunas para asegurarse la protección de un alto porcentaje de sus habitantes; otros países como India apenas han accedido a una cantidad suficiente como para vacunar al 8% de su ciudadanía -a pesar de ser productores de viales-.
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Hay investigaciones que señalan que este año se podría alcanzar la inmunidad grupal a nivel global y superar la pandemia si los fabricantes no solo consiguen su objetivo de producir 12.000 millones de dosis, sino si esos productos se compran y distribuyen equitativamente entre la población mundial; algo que a la luz del comportamiento que ha tenido hasta el momento la estrategia de acceso a las vacunas, suena por lo menos ilusorio.
Tanto la Organización Mundial de la Salud como la Organización Mundial de Comercio ha iniciado diálogos con representantes de industrias farmacéuticas y países productores para estudiar maneras de acelerar la producción de dosis y como parte de esas conversaciones la exención temporal de las patentes ocupa un lugar central.
La iniciativa, así como va ganando adhesión a través de campañas que impulsan líderes del mundo y referentes de distintos países, también encuentra no pocos detractores que argumentan barreras técnicas y legales para que esto sea posible y sostienen que las patentes son necesarias para incentivar la investigación y nuevos desarrollos. Como si no existieran coincidencias en relación a que es momento de usar todas las herramientas que se tengan a mano para resolver una desigualad "grotesca" que causa estragos en las naciones no sólo en términos sanitarios.
En torno a esta cuestión, hay un abierto enfrentamiento entre quienes apoyan los derechos de propiedad intelectual y quienes reclaman por la liberación temporal de las patentes hasta que la pandemia esté controlada. Y no es la primera vez que sucede. Ya la epidemia del HIV en la década del 80 mostró los complejos intereses que subyacen en torno a la producción de fármacos. En aquella oportunidad los costosos medicamentos antirretorvirales tardaron diez años en llegar a los países de bajos ingresos a un precio accesible para todos.
Como en otras esferas de la vida, también la pandemia de Covid-19 interpela a la ciencia y sus reglas. Detener la pandemia requiere de una respuesta global y de una estrategia llamada a ser colectiva.
Compartir el conocimiento tecnológico no parece una cuestión sencilla. Si bien es cierto que las patentes protegen la propiedad intelectual de un producto para que no pueda copiarse y eso a su vez permite controlar la producción y el precio frente a una emergencia sanitaria de tal envergadura como la que azota al mundo surge el interrogante sobre si es válida esa regla.
¿Es utópico pensar que hay productos que debieran ser patrimonio de la humanidad?
Y de existir ese gesto de desprendimiento o de solidaridad, no son menores los interrogantes que también se abren. ¿Los países de bajos o medianos ingresos están en condiciones de producir vacunas si se les facilita la transferencia de tecnología y el conocimiento científico? ¿Está la infraestructura preparada para incrementar la producción de vacunas de modo de hacerlas accesibles a sus poblaciones?
El debate pone en el tapete una profunda reflexión sobre las inversiones que los países hacen en materia de ciencia y tecnología y cobra particular importancia el tema de la educación, porque no alcanza solo con querer producir, hay que también saber hacerlo.
En los últimos días la noticia de que un laboratorio argentino comenzaría a producir la vacuna Sputnik a partir de un acuerdo estratégico y una millonaria inversión, muestra que hay un horizonte de posibilidades en estas geografías.
Sin embargo, hay voces que alertan que las patentes en sí mismas no son el obstáculo para propiciar la producción, sino la escasez de determinados elementos y la capacidad instalada. Así, señalan que aún si se lograra la suspensión temporal de patentes, no resultaría suficiente para resolver el problema de falta de vacunas.
Más allá del compromiso con la salud pública, no caben miradas ingenuas en torno a este tema: lo que se dirime también en torno a las vacunas es poder. Complejos juegos que poco tienen que ver con la defensa de la vida. El hecho de que las vacunas estén tan inequitativamente distribuidas no es el resultado de la capacidad de fabricación en el mundo, es resultado de cómo algunos países han podido comprar y tener acceso a esas vacunas primero. Y todo lo que hasta aquí muestra la realidad como un cachetazo, es que la desigualdad es una realidad también en este plano.














