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Una bisagra para la sociedad, ¿y para nuestros políticos?

18 de agosto de 2018 a las 12:00 a. m.

Estamos enfrentando una etapa histórica muy particular, un momento que puede resultar una bisagra contra la corrupción en la Argentina. Los cuadernos de la corrupción podrían impulsar un proceso de regeneración institucional y consolidación democrática si las investigaciones avanzan de forma efectiva y la Justicia recupera la confianza en la ciudadanía, que hoy no tiene. Pero podría también disparar una crisis de régimen si un porcentaje importante del establishment político y económico aparece involucrado, que es lo que nos viene sucediendo porque eso implica acechanzas. En ese caso tengamos cuidado: como ocurrió con la llegada de los Kirchner luego del desastre de 2001, el remedio puede terminar siendo mucho peor que la enfermedad.

Solo a modo de ejemplo, Alberto Fujimori fue el fruto del colapso del primer gobierno de Alan García, que culminó con una inflación desbordada y múltiples escándalos de corrupción, además de la ola de violencia narcoterrorista. Hugo Chávez es el fruto del Caracazo y de un sistema bipartidista profundamente deslegitimado y repleto de casos de corrupción, sobre todo el último gobierno de Carlos Andrés Pérez; el desastroso Maduro es la continuidad de la saga. Nadie sabe cómo seguirá el proceso político en Brasil, con Lula candidato y preso, mientras que los partidos tradicionales aparecen desplazados por el exmilitar de extrema derecha Jair Bolsonaro y la líder ecologista de izquierda Marina Silva, quienes lideran por ahora los sondeos de cara a las elecciones de octubre próximo. Finalmente, la Italia post Mani Pulite consagró en el poder nada menos que a Silvio Berlusconi primero, para derivar luego de una interminable inestabilidad política.

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¿Eso implica que es malo que se haya destapado la corrupción hasta el hueso? Por el contrario, es muy importante el proceso que estamos atravesando porque aun cuando implique de momento una profundización de la crisis política y económica, con tanto gran empresario detenido y otros tantos arrepentidos, confiamos en que nada será igual después de nuestro propio Lava Jato.

Y debe ser así porque hemos llegado a un punto en que la corrupción no era la excepción sino la regla, y durante el kirchnerismo se aceitaron y mejoraron los mecanismos para maximizar la capacidad de robar recursos del Estado. Tanto que era el retorno y el robo lo que marcaban las relaciones público-privadas, en particular los vínculos entre la clase política y los empresarios, sindicalistas y organismos no gubernamentales. Todos estaban de fiesta con los fondos públicos, mientras los ciudadanos mirábamos con la ñata contra el vidrio. ¿Qué habría sido de nuestro país sin tanto saqueo? Y la otra duda que nos queda: ¿cuántos capitales dejaron de invertir en Argentina por conocer de esta matriz corrupta? ¿Cuántos empleos genuinos nos perdimos? Nunca lo sabremos. Y lo peor en esta última cuestión es que llevará tiempo revertir esa imagen al mundo empresario, por lo que es de esperar que por años sigamos padeciendo la falta de inversiones.

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No podemos decir que nada se sabía de esto; el que no lo sabía a ciencia cierta, lo sospechaba. Habría que reeditar, para refrescar la memoria, aquellas denuncias televisivas que hizo prácticamente en solitario Lilita Carrió y que todo el arco político ninguneó, tratándola de desestabilizada y desestabilizadora. Los de adentro, con gran hipocresía; los de afuera, timoratos y temerosos de un “carpetazo” del kirchnerismo, porque al fin, en nuestra dirigencia todos tienen algún “muerto en el placard”.

Y la sociedad, entretenida con un discurso encantador sobre Patria grande, nacionalismo extremo y derechos humanos, además de disfrutar de un crecimiento a tasas chinas, que se sabía que era artificial, una cáscara que por abajo tenía todo socavado.

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Pero sucede que los argentinos nos fuimos anestesiando tras décadas y décadas de corrupción a que era mejor tolerar la desgracia, mientras tuviésemos un pasar más o menos respetable. Lamentablemente cuando es tanto lo que se desvía del Estado, ya no tenemos ese pasar respetable y encima ya es tarde para lágrimas.

Ahora bien, todavía no hemos visto todo, porque para terminar de cerrar el esquema de la corrupción faltan los bancos y los sectores financieros, que es donde quizá resida el secreto mejor guardado: dónde está la plata de la corrupción, por si se puede recuperar algo, nunca será todo, como es obvio decir.

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También faltan algunos protagonistas de la década kirchnerista en el poder; porque si el jefe de Gabinete Abal Medina dice haber recibido bolsos para la campaña que, según adujo, creía que eran aportes voluntarios (más allá de que si no fuese trágico sería cómico creer esta versión) hay otros que ocuparon antes su mismo puesto, como Sergio Massa, Aníbal y Alberto Fernández. Si la matriz viene desde Santa Cruz y desembarcó en la Rosada en 2003, estos exfuncionarios que hoy tienen vuelo propio debieran explicar cuál fue el rol respecto de los circuitos de recaudación. Decir que desconocían lo que sucedía ya no es admisible. No se trata de una casa de brujas sino de que, de una vez y por todas, debiéramos llegar al fondo y que cada uno rinda sus cuentas ante la Justicia. Y ante la sociedad, porque en el caso de Massa, estamos hablando de un presidenciable que antes de seguir haciendo campaña, debiera ponerse a derecho primero y explicarse ante la gente después. Y lo mismo con los empresarios, desde Calcaterra el primo del presidente Mauricio Macri, que negó pagar coimas y dijo que hacía aportes de campaña y otros empresarios como Wagner lo desmintieron y ahora debe dar explicaciones, o el más grande empresario argentino Paolo Rocca que ya confesó que tuvo que pagar coimas para que lo ayudaran a cobrar la expropiación de Techint en Venezuela cuando Hugo Chávez prácticamente se las tomó.

No hace falta ser un genio de la matemática para darse cuenta que si durante 30 años un funcionario ocupó cargos en el Estado y es mega millonario, se podrá probar o no, pero robó sin lugar a dudas. Lo mismo que un dirigente gremial que desde hace 30 años está en su gremio y es multimillonario, se podrá probar o no, pero que robó no hay duda. Haciendo una analogía con el crimen, el patrimonio de un funcionario que no se ajusta a su sueldo en blanco se convierte un delito en flagrancia.

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Pero nuestra dirigencia política está demostrando, una vez más, que no tiene estatura moral para ejercer sus funciones y, encima, hacer proclamas que hoy, a la luz de las pruebas, se convierten en una estafa más dolorosa para sus seguidores que el desfalco en sí mismo. Ante las confesiones de funcionarios como Claudio Uberti que señaló abiertamente a Néstor y Cristina Kirchner como organizadores de este sistema de “recaudación”, o de los empresarios arrepentidos que cantaron como la calandria, ante el temor de ir presos y reconocieron las coimas, que salga el Partido Justicialista a nivel nacional en cerrada defensa de Cristina sin dejar espacio siquiera a la natural duda del que creyó ciegamente y al compás de espera para el accionar de la Justica; que los senadores peronistas K y no K la blinden en el Parlamento para que ni siquiera allanen sus domicilios, ni hablar de quitarles los fueros, habla a las claras que el problema de este país son los políticos, los que hacen lo que no es debido, los que se benefician con ello y los cobardes y ciegos interesados que callan. Hasta recorren los programas “poniendo las manos en el fuego” por la expresidenta. Menos mal que es solo una frase y nadie pone las manos en ningún lado, si no el Instituto del Quemado estaría colapsado. Y la verdad que ver a dirigentes que han sido honestos hasta donde se sabe defender en forma cerrada a corruptos probados sin hacer una mínima autocrítica que permita un renacer del peronismo como un movimiento más sano, demuestra que el embanderamiento ciego es claramente nocivo. Eso lo sabemos. La duda es: ¿se trata de fundamentalismo político, de real convicción o de una obediencia debida a cambio de no ser parte del desfile a Comodoro Py? Por lo que sea, lo más saludable sería que si no van a hablar de lo que saben, se llamen a silencio.

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