Un país huérfano de buenos acuerdos
En diciembre de 2021 la renuncia de Esteban Bullrich a su banca como senador, tras haber sido diagnosticado de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), conmovió al país. En aquella oportunidad sus palabras resonaron en un escenario político marcado por la fragmentación y la falta de gestos de grandeza por parte de la dirigencia.
Conmovido hasta las lágrimas y con una dificultad visible producto de las limitaciones físicas que iba imponiéndole su enfermedad, en esa oportunidad expresó su deseo de que su paso por el Senado de la Nación fuera recordado por su búsqueda constante de consenso a través del diálogo. Una consideración que caracterizó su modo de concebir y ejercer la política desde siempre. En ese contexto también señaló que su determinación significaba el corrimiento de la banca, pero no su renunciamiento a la política. Y en su despedida del cargo legislativo abogó por el regreso de la Argentina a los acuerdos".
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Su pedido quedó huérfano. Desde su renuncia hasta el presente, la política nacional solo ha dado señales de división y distanciamientos. Poco quedó de ese "clamor" de consenso, algo que Esteban Bullrich entendía necesario construir a partir de "dialogar con el corazón y la mente abiertos".
Con el aplauso cerrado de todos sus pares y la adhesión social que motivaron sus palabras y su decisión, Bullrich se corrió de la actividad pública y comenzó a dar una dura batalla en pos de los pacientes que sufren su misma enfermedad y no tienen garantizado el acceso a los tratamientos que requiere ese padecimiento. Asimismo, se mantuvo atento a la agenda de la actualidad y siguió desde el llano una militancia en pos del tan ansiado consenso.
En este marco, hace unos días en coincidencia con el 170° aniversario del Acuerdo de San Nicolás, Esteban Bullrich hizo un llamamiento al conjunto de la dirigencia política y lanzó los 12 puntos del "Nuevo Acuerdo para la Concordia Nacional". En su definición, la iniciativa representa una convocatoria a pensar en el bien común, a saltar los obstáculos que impone a diario la grieta y pensar el delineamiento de políticas públicas concebidas como ejes propiciadores de una verdadera transformación social.
Los doce puntos presentados por el exlegislador son los siguientes: Defender y valorar la Constitución y sus instituciones republicanas. Posicionar la estabilidad macroeconómica como norte de todas las decisiones. Reformar el Estado, buscando la austeridad y la eliminación de privilegios. Promover las exportaciones como medio del progreso y el bienestar. Fomentar el desarrollo y las inversiones, con un régimen laboral que facilite la creación de empleo privado. Implementar el sistema de Boleta Única, evitando cualquier sistema que altere la voluntad del elector. Crear una política de seguridad que combata el narcotráfico y permita vivir en paz. Actualizar las políticas educativas para generar el capital humano que demanda el Siglo XXI. Promover a los pequeños productores, las Pymes y el emprendedurismo. Transformar a la Argentina en una potencia energética mundial. Crear un sistema impositivo federal que permita el desarrollo del sector privado. Y crear un Plan de capacitación público privado para el trabajo.
La simple lectura de este inventario despierta el interrogante de si es posible concebir la política sin estos puntos fundamentales. Parece que sí, porque fue necesario que alguien que hace un tiempo se corrió de su hacer en la esfera pública y que está atravesado por un cruel padecimiento de salud tuviera que tomar el impulso y hacer el esfuerzo sobrenatural de llegar hasta la vecina ciudad de San Nicolás para expresar esta proclama.
La simpleza de su formulación y la clara intención de que la totalidad del arco político se sienta parte de esta convocatoria le dan al hecho en sí mismo una trascendencia superlativa.
Sin embargo, la presentación de estos puntos apenas si se ganaron la primera plana de algún diario. Y el lanzamiento de esta propuesta tuvo un tibio acompañamiento.
A la luz de ello, la relevancia de lo que importa establecer un espacio común de diálogo para establecer acuerdos mínimos, parece que fuera una acción vedada en un país acostumbrado a transitar por los caminos del desconcierto, el destrato y la incertidumbre, propias de la imposibilidad del diálogo genuino.
Salvo las honrosas excepciones que se pronunciaron sobre la iniciativa y la acompañaron, la propuesta no terminó de instalarse en la agenda de los dirigentes políticos como prioridad. Por el contrario, transcurridos varios días de esa presentación, las luchas intestinas que corroen no solo la dinámica interna de los partidos políticos, sino la capacidad de fuerzas del conjunto de la dirigencia para imponer las transformaciones estructurales que exige un país que ya no admite más divisiones.
A contracorriente de lo esperable, la propuesta de Esteban Bullrich quedó presa de la grieta. Ni siquiera fue posible abrir la Casa del Acuerdo para la presentación porque se hizo en un día feriado.
Por el momento, la idea fue leída por la dirigencia como un rosario deseable de buenas intenciones. En su esencia significa mucho más que eso. Pero se requiere de verdadera generosidad para hacer otra lectura.
Los doce puntos del Nuevo Acuerdo para la Concordia Nacional permanecen hasta ahora alejados de la voluntad de aquellos que ostentan cargos de representación y se arrogan la capacidad de llevar adelante las políticas, sin darse cuenta que hace tiempo perdieron esa cuota necesaria de sensibilidad y sentido común que requiere mirar la realidad y, sin especulaciones, actuar con pericia y responsabilidad en la búsqueda de soluciones.
Con repercusiones tibias, por ahora, el llamamiento a la concordia aguarda respuestas. Y el país sigue huérfano de la posibilidad de establecer buenos acuerdos, esos que le devuelvan al conjunto de la población la esperanza y le restituyan condiciones mínimas para el progreso.















