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Tenemos que ser cada vez más los indignados y menos los indiferentes

19 de agosto de 2018 a las 12:00 a. m.

Ayer, en nuestra página editorial, analizábamos la investigación que comenzó con los “cuadernos  K” y las reacciones de la dirigencia frente a un fenómeno nuevo en la Argentina: que la Justicia actúe contra la corrupción. Pero hay otros costado ineludible de este escándalo que no es conveniente soslayar si pretendemos entender e interpretar el momento histórico crucial que estamos viviendo: ese ángulo es el de todos nosotros, el de la sociedad que está asumiendo los nuevos tiempos con una mirada diversa, según sus posibilidades, algunos indignados con la corrupción hasta el ahogo, otros más indiferentes y más preocupados por el bolsillo. Son quienes aducen que corrupción hubo siempre y que en vez de tanto alboroto les bajen impuestos o servicios. Porque la grieta también se registra en esta materia, aunque este tema debiera ser el que más nos una a todos los argentinos, la realidad es que se registran también dos veredas en este asunto.

En principio la causa de los cuadernos evoluciona de manera dramática día a día, tanto que dio durante las últimas horas un salto cualitativo de consecuencias imprevisibles. El juez federal Claudio Bonadio ordenó citar como imputado arrepentido al financista Ernesto Clarens, un eslabón muy importante para comprender la operatoria financiera de los Kirchner y su círculo íntimo desde sus tiempos como gobernador de Santa Cruz. Pero eso no es nada con respecto a lo que sucedió luego, cuando el hombre de los bolsos, José López, se quebró el viernes por primera vez. El exsecretario de Obras Públicas, detenido desde 2016, confesó su participación en el esquema de pagos ilegales que ya atravesó distintas áreas del gobierno kirchnerista e involucró a empresarios y exfuncionarios de alto rango. López apuntó contra Julio De Vido y la familia Kirchner en su declaración ante el fiscal Carlos Stornelli . Después de declarar, pidió ingresar en el programa de testigos protegidos, ya que pudo haber complicado también a otros funcionarios que conviven con él en el penal de Ezeiza y teme por su vida.

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Como sucedió con Claudio Uberti, el primer funcionario arrepentido, y aún más, lo que sabe López es fundamental para poner en perspectiva las coimas y la presencia de empresarios (que ya vienen desfilando por Comodoro Py) pero también poner en la trama a intendentes y gobernadores que formaron parte de los negocios. Una verdadera masacre es la que debe haber realizado López, dispuesto a hablar para conseguir morigerar su situación. ¿O será que recién ahora tiene las garantías necesarias para hablar? Porque preso ya lleva dos años, por lo que más que la vida no podía perder. Por la razón que sea, si por interés o porque ahora se siente seguro, lo importante es que “prendió el ventilador”, como se dice en la jerga, algo que era esperado de él y se sigue aguardando de Lázaro Báez.

El hombre que intentó ocultar nueve millones de dólares en un convento, dio así un giro de no querer declarar como hasta ahora, a contarlo todo en pocos días, envalentonado por las confesiones de empresarios y de otros exfuncionarios, como Uberti, que explicaron cómo funcionaban los pagos ilegales para la obra pública durante el kirchnerismo, un área que López manejaba directamente. Ahora le es más beneficioso hablar y tapar los huecos que callar.

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Así como los protagonistas del entramado se van ubicando según su conveniencia, sin considerar los deberes ciudadanos y el ser funcionales a la verdad, en la sociedad también se ven posicionamientos cargados de interés y desprovistos de sentido común, al punto que no se permiten siquiera la duda.

Los que apoyaron desde las calles el Gobierno de los Kirchner, más allá de la actitud de defensa perenne que exhiben, sienten seguramente las estocadas, la estafa de haberse sentido convocados a una suerte de revolución nacional y popular, con toda la mística que el populismo es capaz de trasmitir, para terminar mirando por televisión cómo el gobierno que tanto apoyó va desfilando por tribunales, todos visiblemente enriquecidos a partir, según surge de las declaraciones de los propios funcionarios, de actos impropios. La desilusión que no están dispuestos a mostrar a veces se les asomará en la mirada. Porque el raciocinio les indica que lo que sucede es muy grave, pero les será difícil que el corazón deje de sentir afecto por aquellos dirigentes que han amado y en los que han creído.

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Una cuestión bien distinta es la de la sociedad en su conjunto, la que decidió durante décadas jugar al distraído. ¿O acaso cuando se reeligió a Cristina Kirchner con el 54 por ciento de los votos, nada menos, no estaban todas las denuncias –hoy ventiladas en la Justicia- hechas pública? Se sabía, como se supo durante la administración de Carlos Menem, también reelecto por una montaña de votos, que había corrupción, las denuncias salían publicadas por todos lados. ¿Por qué entonces se los elegía nuevamente? La respuesta es que mientras la economía funciona más o menos bien o estamos con los bolsillos satisfechos, la corrupción deja de ser un tema de preocupación. Tanto que ni se quiere escuchar a quienes denuncian, quienes quedan solos y para mayor desgracia los jueces no los toman en cuenta. Todo funciona como un mecanismo de relojería en función de quienes detentan el poder. Cuando atravesamos problemas económicos (algunos creados por esa misma corrupción que no quisimos asumir) vienen las indignaciones, las falsas sorpresas, justificadas tras el velo del “yo no me imaginaba tanto”. Excusas para no asumir que somos una sociedad que no ha sabido, al menos hasta ahora, defender los dineros públicos siendo exigente en materia de honorabilidad y transparencia. Y se sabe que la falta de sanción social lleva a los dirigentes a un mayor grado de impunidad, total el votante apoya igual, parece ser el razonamiento.

En este momento bisagra de nuestra historia es tan importante lo que haga la Justicia para combatir la corrupción, ahora que le sobran elementos, como lo que hagamos todos como sociedad, si cada vez somos más los indignados y menos los indiferentes, es probable que este momento nos cambie como país para siempre.

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