Publicidad
Pergamino
La Opinión Online
LO CampoLO Sports
BuscaLOLO365
Opinión

Tenemos que resignificar las palabras que quedaron “malditas”

11 de agosto de 2016 a las 12:00 a. m.

Las palabras tienen un significado concreto e irrefutable solo en el diccionario; en la vida real, las palabras van cargadas del significado con que las identificamos e indican lo que socialmente es aceptado, es decir, llevan la carga de la época. De este modo hay palabras que caen en desuso o que ya son considerados galicismos, parte de un lenguaje antiguo que fue reemplazado en parte por otro más moderno.

La evolución del lenguaje es, básicamente, continuo sobre todo en el habla cotidiana, de allí que cada tanto la Real Academia Española actualiza incorporando aquellos vocablos que el castellano ya utiliza cotidianamente. Esto abarca a la Argentina aunque en la región que vivimos nuestro idioma ya es parte de un sublenguaje del español llamado rioplatense. Que si bien es casi igual al que se habla en Jujuy o en Catamarca, ellos conservan más del idioma original que toda la zona cercana al puerto de Buenos Aires, más cosmopolita y con el agregado de modismos propios de las grandes oleadas inmigratorias.

Publicidad

Y en esta cuestión del lenguaje como expresión de una sociedad, en el quehacer gubernamental y político vernáculo hay palabras que han quedado con una carga negativa en el inconsciente de la gente. No gratuitamente, sino debido a lo que ellas han implicado en sus vidas y también al usufructo que han hecho nuestros dirigentes de ellas. Así, hay palabras “buenas” que pasaron a ser “malas”. 

No son intrínsicamente negativos pero la mala utilización, abusos y usos discrecionales que hemos visto en nuestra historia, han llevado a que los argentinos tengamos una percepción negativa y pesimista de estos vocablos y, sobre todo, de lo que implican.

Publicidad

Vamos a algunos ejemplos: la palabra endeudamiento. No está mal que un país se endeude, incluso es un buen signo que un país sea aceptado en el mundo del crédito, nos habla de una economía viable. Pero los fines para los que se usó muchas veces este dinero prestado y las condiciones en que se tomó (intereses) en la Argentina nos han llevado a ver a la deuda como el principio de todos nuestros males, como un problema y no como una solución, que es lo que realmente es.

No es lo mismo tomar deuda para crecer, dotar de infraestructura e invertir, con lo cual si la estrategia se lleva adelante el préstamo se podrá devolver sin tragedia al tiempo que el país progresa, que tomar deuda para sostener el déficit interno, porque esto implica que no se podrá devolver en situación normal y además no habrá generado ningún beneficio real a la nación, más que tapar los agujeros negros que un mal plan económico genera.

Publicidad

También la palabra subsidios ha pasado a tener una connotación negativa para muchos sectores sociales. Básicamente los cree causantes del déficit estatal. Nuevamente una buena herramienta mal usada.

Una subvención es en realidad una pata esencial y necesaria del Estado, para auxiliar y para promover. En estos casos, la versión ideal es que sean temporales. Luego están los subsidios que son permanentes, dirigidos a ciertas actividades y servicios necesarios en la sociedad que no son rentables para que las asuma un privado, cuyo propósito no es cubrir una necesidad sino generar ganancias.  

Publicidad

Un ejemplo de esta última versión es Aerolíneas Argentinas. Es una empresa de altísimo déficit, como sucede con todas la líneas de banderas del mundo y reciben muchas de ellas subsidios del Estado. El problema está en qué aplican esos fondos las empresas que los reciben. Porque si el propósito de la ayuda es cubrir rutas necesarias del país, el sentido se desvirtúa totalmente si se traslada el subisidio a los tickets a Miami, Barcelona o Roma. Dada la reciente resolución del ministro Guillermo Dietrich y de la presidenta de Aerolíneas, Isela Constantini, es evidente que algo de ello estaba ocurriendo, puesto que anunciaron que no se subsidiarán más los vuelos internacionales. Estas rutas aéreas deben sostenerse con los billetes de avión que se vendan y si se venden pocos, reducir frecuencias. En cambio, sí se seguirán apoyando nuestras rutas domésticas,  sencillamente porque ninguna línea aérea internacional vendrá a conectar a la Argentina interprovincialmente, en cambio las rutas a lugares de Estados Unidos o Europa la brinda cualquier compañía.

También es natural y necesario y de hecho sucede en casi todos los países del mundo, el subsidio al transporte público, pero más que a la compañía, a los usuarios que son mayormente estudiantes y trabajadores.

Publicidad

En síntesis, no está mal subsidiar sino que es muy bueno, en tanto y en cuanto sean para estimular, auxiliar (temporales) o para sostener servicios (permanentes). Y, sobre todo, que sean regularmente controlados sus administradores.

Como en la Argentina los subsidios se han utilizado con fines indebidos (por ejemplo, para que las tarifas de servicio no fueran incrementadas al ritmo del costo de vida, de modo de esconder la inflación), han servido para abusos, para “retornos” a funcionarios y para que privados se hagan su “agosto”, cuando el hombre de a pie escucha la palabra “subsidio” lo percibe como un mal gasto de los dineros públicos. 

Es más grave el rechazo de muchos sectores sociales a la palabra orden, porque se relaciona con hechos traumáticos que hemos vivido en nuestro país, el abuso de poder de las dictaduras y el rechazo que esto trajo a los uniformados, aun más de 30 años después hay muchos ciudadanos que escuchan la palabra orden y creen estar oyendo “gatillo fácil”, “mano dura” sin control.  Todavía no ha llegado el momento en el cual podamos mantener cierto orden social sin que eso implique que haya sectores que vean una actitud fascista.

Los aportes de particulares a las campañas políticas, otra cuestión que no es mala en sí misma pero que aquí goza de mala reputación, al punto de nunca se le ha podido dar serio tratamiento en el Congreso. Las donaciones a partidos políticos son presa de todo tipo de sospechas, asimiladas casi al cohecho (la coima). La realidad es que abrir a la luz pública este sistema sería la forma más clara de financiar la política y evitar desvío de dineros públicos a las campañas. Siempre con los debidos requisitos: empresas lícitas, que cumplan con sus obligaciones y con el debido control de éstas y otras cuestiones.

Publicidad

Pero en una Argentina donde las droguerías que se estaban sumando el tráfico de efedrina hayan hecho los grandes aportes de la campaña 2007 de Cristina Kirchner, termina haciéndose la palabra aporte, no menos que sospechosa. Porque se piensa que quienes ponen dinero necesariamente son quienes se verán beneficiados con las licitaciones o con la falta de controles respecto a sus actividades. En otros países como en Estados Unidos los aportes son públicos, porque hay quienes apoyan a un candidato u otro porque creen que será beneficioso que ganen. No hay contraprestación alguna. Le dan plata para que hagan más movilización, consigan más votos y ganen. Pero aquí donde las grandes empresas pretenden quedar bien con los dos o tres candidatos que tienen más posibilidades y en mayor o menor medida les ponen fondos a las tres campañas, no pueden transparentar esos aportes, porque los hacen con la intención de quedar bien parados con el que gane y si hace falta pedir la devolución de algún favor.

Un último ejemplo de cosas nacieron buenas que en nuestro país, por H o por B terminaron siendo negativas: la cadena nacional. 

Es un recurso extraordinario (en todos los sentidos de este adjetivo) de comunicación, sin embargo hoy es mala palabra, porque se volvió una herramienta ordinaria cuando se la utilizó casi semanalmente durante la anterior gestión, sin mérito alguno, terminando por agotar a la gente. Tal banalización hizo que perdiera todo efecto: un anuncio de la cadena nacional era, antes de este abuso del kirchnerismo, un momento casi de tensión toda la familia se arremolinaba frente al televisor o la radio, porque seguramente lo que se anunciaba tenía máxima importancia por eso se transmitía de ese modo solemne y en cadena. Cristina lo vulgarizó de modo que la gente no sólo no escuchaba la cadena sino que llegó a fastidiarla. Y tanto que Mauricio Macri, en el afán de diferenciarse del kirchnerismo, no la usa ni siquiera cuando sería necesario.

Por eso decimos que las palabras llevan la carga del significado que les da la época y las experiencias a las que remite. Y llevará tiempo, si se logra, que volvamos a resignificar aquellas palabras que han quedado “malditas” por la realidad y deben ir reivindicándose atendiendo a su significado real y no a su mal uso.

WhatsAppXFacebook

Comentarios

🔓

Desbloqueá los comentarios

Hacete socio LO365 y sumate a la conversación.

Cargando comentarios...