Sospechosas prórrogas de emergencia e impuesto al cheque
Cuando no se esperaba, llegó al Parlamento un pedido para una nueva prórroga de la ley de emergencia económica, la que se sancionó en plena turbulencia social por el estallido de la convertibilidad, hace 13 años.
Como siempre en la Argentina las medidas de urgencia, que en el momento son absolutamente necesarias, nunca son tales, se van eternizando por un motivo u otro, sobre todo cuando otorgan la discrecionalidad en el manejo de los fondos que ofrece esta normativa.
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La emergencia económica (que vence el 31 de diciembre próximo) se sancionó en enero de 2002, en los albores del gobierno de Eduardo Duhalde. Esa norma le proveía a la administración un andamiaje jurídico de excepción bajo el paraguas de la emergencia, el cual incluía una serie de facultades extraordinarias: establecer el sistema que fije la relación de cambio entre el peso y las divisas extranjeras; pautar retenciones a la exportación de hidrocarburos; congelar tarifas y renegociar los contratos de los servicios públicos en manos de empresas privadas, y regular los precios de la canasta básica.
Eran momentos en que el país estaba literalmente en llamas, destrozada su economía, con una paz social muy resquebrajada, nacían los piqueteros como expresión de los que no tenían nada que perder. En esa circunstancia se crearon estas facultades extraordinarias. Que ahora quedarán prorrogadas hasta 2017 si el Congreso aprueba la iniciativa remitida por el Gobierno.
Como no podía ser de otro modo, el Gobierno también envió una nueva prórroga del impuesto al cheque hasta 2017, que vence a fines de diciembre próximo. Se trata de un tribuno fundamental para las arcas del Estado, por cuanto significa el 1,85 por ciento del PBI, unos 120.000 millones de pesos anuales estimados para 2016. Pero todos sabemos que este impuesto que creó Domingo Cavallo cuando ya el país estaba casi al borde del abismo, es absolutamente distorsivo en situaciones normales de la economía. Evidentemente el Gobierno, sin decirlo, está reconociendo que estamos en una dificultosa situación por la que atraviesa el modelo.
Con estas dos iniciativas, el Gobierno que se va le deja a su sucesor el andamiaje jurídico indispensable para manejar bajo el paraguas de la excepción distintos resortes de la economía, como también la garantía de la recaudación del impuesto al cheque. Esa recaudación ya estaba contemplada en el proyecto de ley de presupuesto 2016, cuyo debate comenzó esta semana en comisión en la Cámara de Diputados. El oficialismo tiene previsto darle media sanción el 7 del mes próximo, antes de las elecciones. Y debido a que el oficialismo cuenta con el número mágico de la mayoría, podemos anticipar, sin ser videntes, que ambas propuestas serán aprobadas.
La pelea presupuestaria, por otra parte, comenzó particularmente dura por temas como la inflación, sobre todo entre diputados del PRO y del Frente para la Victoria, que discuten acaloradamente por esta cuestión. Se ventilaron los números de inflación del Indec y el que todos los meses presenta el Congreso que como sabemos jamás coinciden, se habló de la manipulación oficial de los porcentuales de incrementos, lo que trajo aún más rispideces; así como el drenaje de reservas y el aumento del déficit fiscal.
Desde el punto de vista político hay otras lecturas respecto del envío al Parlamento de estas dos leyes: la que prorroga la emergencia económica y la que hace lo propio con la ley del cheque.
¿Hay alguna razón por la cual pensar que la presidenta Cristina Kirchner pretenda ayudar al presidente entrante dejándole estas medidas? La única respuesta y la más obvia es que la mandataria está convencida que los comicios presidenciales los ganará Daniel Scioli con quién podría haber acordado dejarle prorrogadas ambas normas.
No resulta lógico pensar que deja ambas normas prorrogadas para que Mauricio Macri y Sergio Massa tengan allanado algunos caminos cuando asuman la Presidencia.
Y ya que ingresamos en el terreno político es de advertir que cuando faltan pocos días para el primer debate presidencial de la historia argentina, el candidato del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, evitó dar una definición sobre su participación. Y hay indicios de que la idea puede fracasar, al menos en lo que hace a la presencia del postulante del Frente para la Victoria.
Siempre ha sido imposible llevar a un debate al candidato que más mide en cualquiera de las anteriores presidenciales. Sin embargo lo que está sucediendo es que, evidentemente, no hemos madurado nada, ya que seguimos con las mismas mañas del pasado. Ojalá cambie de opinión y podamos ver, como sucede en tantos países del mundo, un interesante debate presidencial.













