Si todos nos comprometemos la crisis dolerá menos
Caminamos la peatonal San Nicolás y vemos el mismo mal que el resto de la ciudad: cierta tristeza que traen las crisis, mucho negocio que ha cerrado o se ha trasladado a calles aledañas claramente más baratas o incluso a la propia vivienda familiar, como un modo de supervivencia cuando el alquiler se transforma en un gasto imposible de asumir.
Y la sangría no termina: otros locales, se sabe, bajarán sus persianas a fin de este mes, porque cuando les informaron de los incrementos del alquiler mensual, comprendieron que ya no cerrarían las cuentas. La energía se ha encarecido mucho, los impuestos ejercen la misma presión de siempre pero se sienten como un yunque y si faltaba algo, el costo del alquiler. La recesión es eso, que nada alcance, porque al mismo tiempo que todo aumenta, se vende menos. Hasta que llega un punto en que el ya delicado equilibrio no se trata de una supervivencia sino de una generación de pérdida.
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En este triste círculo en que estamos inmersos, hay una actitud que desentona, de parte de quienes pretenden pasar la crisis sin esfuerzos, sin hacer las adecuaciones necesarias al momento, aun en contra en leyes de oro del mercado. Porque cuando lo lógico no funciona, hay que tomar otros caminos, esencialmente el del sentido común. Es el caso de los locadores, los propietarios de estos comercios que no están sabiendo leer la calle y se ajustan a ecuaciones teóricas que los alejan de la realidad, de lo posible y de lo conveniente, para todos.
Si bien hay un valor de la propiedad, del que se desprende el precio de un alquiler y a su vez este se actualiza al ritmo del dólar y la inflación, pretender ajustar el costo de la renta a esta fórmula es inviable, suicida. Nada quita que la pretensión sea correcta según los valores de mercado, pero si por los niveles de venta que se registran ningún comerciante los puede pagar, ¿tiene sentido ajustarse a un valor de mercado inviable? El resultado de ese fatal error de cálculos es que por pretender más alquiler, el local se les vacía y descubren que no había una larga cola esperando para ocupar el espacio. De modo que de una suma más o menos respetable que recibía, el dueño pasa a no recibir nada. Eso es también uno de los efectos de la crisis, pero evitable si quien tiene un local comercial para alquilar entiende el momento que pasamos. Puede ser que vea disminuido su poder adquisitivo si no ajusta el valor de su renta, pero si nadie lo alquila, su poder adquisitivo pasa a ser nulo. Esa es la lógica que debiera regir en una crisis, y no la de mercado.
Otro rol no menos importante en esto de sobrellevar este difícil tiempo lo llevamos los consumidores. ¿Cómo? Optimizando el dinero que gastamos en función de su alcance general. Hay que comprar en Pergamino, aunque implique gastar unos pesos más (que no siempre es así si se considera el valor del traslado de la mercadería, ya sea por el combustible o el costo de un flete). Comprando en Pergamino, a nuestros comerciantes, la plata se circulariza en Pergamino; esto es: si le compro los zapatos a un pergaminense, ese comerciante a su vez tendrá más recursos para gastar en la carnicería, en un médico, en un carpintero, que, al fin, puede ser uno mismo. Es lamentable que, creyendo cuidar la economía particular, muchos pergaminenses se van a Rosario o a Buenos Aires por una diferencia en lo que compra que no vale ni el viaje. También la compra por Internet a vendedores que arriesgan poco y nada, que no dan empleo, ni alquilan locales, ni gastan sus ingresos en Pergamino. Sí, es verdad que tal vez pueden venden un poco más barato y no es porque unos sean buenos y otros ladrones (término que se suele utilizar en referencia a los comerciantes locales), sino que sencillamente no tienen los mismos costos operativos. Entonces, si nuestra opción es por el bolsillo sin ver un poco más allá, después no nos lamentemos cuando vemos tantos locales cerrados. Es una de las consecuencias de esa elección de compra. Todos los que compran por Internet (y por ende están bancarizados), pueden comprar en negocios locales, pero van a la red a buscar precios, en momentos en que tendríamos que estar pensando en sostener nuestro comercio local, para que no decaiga más aun la ya deprimida actividad.
Porque en esta cuestión del cierre de un comercio también va incluida la pérdida del trabajo de los pocos o muchos empleados que tenía. Es así como pierde el comerciante, que se queda sin su fuente de ingresos, y el o los empleados, que se quedan sin trabajo. ¿Pensamos en este circuito cuando creemos ahorrar unos pesos al comprar on line? A la postre, si nosotros somos activos económicamente en cualquier ámbito (profesional, comercial. Industrial), estamos perdiendo si sacamos la plata de la ciudad porque estamos, literalmente, secando la plaza.
Es que nunca hay nada positivo para contar de las crisis, más que nuestra fuerza para remar más fuerte y que no nos lleve la corriente. Ningún problema de este tipo dura para siempre pero mientras sucede hay que cambiar los hábitos, del mismo modo que nos cambia el ánimo. Como otras, esta crisis ya pasará, pero también como antes, dejará marcas, gente que no volverá al punto donde estaba al comienzo de la debacle. Ni hablemos de quienes están por ingresar en su sexta década, porque esos argentinos pasaron siete crisis con esta y fue duro cada vez que hubo que atravesarlas. Y siempre se salió de la misma manera: con disgusto pero con mucho esfuerzo, sentido común y empatía.
Si todos ponemos algo del esfuerzo que exigen estas crisis, es probable que cuando pase el tsunami comprobemos que los efectos fueron menos que los que supusimos al comienzo. Porque cuando las responsabilidades se asumen en el colectivo, todo es mucho más liviano de cargar y el daño es menor.
Por eso apelamos al compromiso de todo los pergaminenses de ser considerados y analíticos en medio de esta difícil crisis que atravesamos, es la única forma de que haya menos daños colaterales.













