Si no lo exigimos, nadie nos va a regalar la transparencia
Atan poco de las elecciones de octubre, vuelve un asunto de siempre en nuestros comicios: el voto por confianza al candidato o el voto útil hacia un postulante. Estas dos vertientes, generalmente, transitan caminos separados en nuestro país.
El voto confianza es el que se emite sin prejuicios, con prescindencia de las posibilidades de resultado, exclusivamente en función de las cualidades del presidenciable que más se acerca a nuestro pensamiento con sus propuestas.
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Pudiendo coincidir o no con éste, también se da el que se denomina voto útil, una modalidad de decidir el voto ciudadano en función del eventual resultado de las elecciones, sobre la base de las reales posibilidades de triunfo y gobernabilidad del candidato. El voto útil concede máxima importancia a ganar la elección o evitar que otro la gane, concentrando de este modo el sufragio en unas pocas opciones de las múltiples alternativas que suele haber. Es un voto más estratégico que por convicción, porque muchas veces se termina apoyando a un candidato que no es el que más agrada, para evitar que otro que le gusta menos llegue al poder. En general el voto útil es más negativo que positivo, es decir se trata de apoyar en contra de a un adversario común. Es así como se intenta polarizar el sufragio entre dos presidenciables, restando posibilidades a otros postulantes.
El voto útil tiende a favorecer a los candidatos que ya son poderosos, impidiendo el crecimiento de nuevas alternativas. Puede decirse de este tipo de voto que es de dudosa legitimidad moral, ya que el ciudadano debería votar al candidato que más le guste, independientemente de que tenga o tenga pocas posibilidades de ganar. Pero a la vez, que las elecciones libres y secretas incluye que el elector se base en el criterio que quiera a la hora de emitir su voto, siempre que no sea coaccionado o extorsionado al hacerlo.
En un país como Argentina, con una lógica tan presidencialista, siempre que se habla de voto útil es en términos de favorecer el triunfo o propiciar la derrota de un candidato a la Casa Rosada. Sin embargo, existe otro voto útil en términos estratégicos. Podría decirse que es el verdadero voto útil ya que el favor no se le estaría haciendo a un presidenciable sino a la democracia y a la sociedad en general.
Esta posibilidad está en la misma boleta pero utilizada con otro criterio: el de equilibrar las fuerzas parlamentarias para que los gobiernos sean cada vez más de consenso.
La boleta en la Argentina, donde aún es de papel, está dividida en sectores que pueden separarse. El llamado corte de boleta permite: votar a un presidente y a legisladores de otros partidos, a intendentes de otro y a gobernadores de otro. En esta oportunidad, también están los paños correspondientes al Parlasur, que de igual modo pueden asignarse a distintas fuerzas.
Un voto útil para la salubridad de nuestra democracia sería justamente utilizar esta posibilidad de corte para poblar el Congreso de una pluralidad de voces, que hagan que el Ejecutivo necesariamente deba debatir, consensuar y acordar para emitir las leyes que más inciden en la vida ciudadana, las que precisamente por su tenor, requieren generalmente de dos tercios de aprobación para ver la luz. Un voto útil, estratégico y no en contra de sino a favor de todos, sería compuesto de un presidente de un signo político y legisladores de otro, porque se lograría un equilibrio democrático de poderes. El Parlamento dejaría de ser la escribanía de todas las épocas, donde los proyectos del Ejecutivo se tratan a libro cerrado y los de la oposición se cajonean. También generaría un natural diálogo entre oficialistas y opositores, porque de lo contrario las cámaras legislativas se paralizarían. Hablamos de diálogo y de llegar a consensos serios, no el toma y daca de canjear apoyar un proyecto a cambio de. Debemos lograr, alguna vez, que la política, aun con sus picardías, sea un acto de buena fe de funcionarios y legisladores.
Nuestros políticos en general están tan imbuidos de mañas, que se nos hace a veces difícil imaginar que la realidad pueda cambiar; que no tengamos que escuchar más que los funcionarios, de cualquier color político, hacen negocios para los amigos, donde se distraen millones en el camino. Que los legisladores se esconden atrás de los cortinados para ver si el oficialismo junta los votos para luego sentarse en las bancas. Porque si no se logra el quórum propio hay espacio para negociar con otras cartas en la mano.
Pero la realidad es que nuestros políticos no van a cambiar si la sociedad no toma conciencia de que debe exigir ese cambio. Debemos ser más guardianes del patrimonio público porque a veces, cuando algo es público es de todos, entonces parece que no es de nadie. En la Argentina el presupuesto, las empresas estatales, la recaudación pública tienen dueño, somos todos nosotros; el Gobierno es el administrador. Este concepto que parece tan básico no es utilizado por la mayoría de los ciudadanos a la hora de ser más exigentes.
Los políticos debieran temerle a la opinión pública, porque ésta debe ser implacable contra la corrupción. Nos hemos pasado décadas esperando que la política se purifique a sí misma, sin haber protestado masivamente contra la falta de transparencia.
Queda muy poco para las elecciones, comencemos a ser más exigentes ya desde el momento en que emitimos el voto, sea cual fuere nuestra inclinación, cortemos boletas o no, pero tengamos claro que si los ciudadanos no mostramos que la corrupción es un disvalor, en una sociedad que necesita recuperar valores, es evidente que nadie nos va a regalar la transparencia.














