Si no desarrollamos la agroindustria, otra vez perderemos el tren de la historia
Los argentinos tenemos una tendencia a las grietas -no solo políticas-, a las divergencias, a las dos veredas, a dicotomías que hacemos irreconciliables, a las antinomias fabricadas como mitos sociales, en una incapacidad manifiesta de asumir alguna complementariedad, que siempre es más beneficiosa que la disociación.
Así, con esta concepción binaria de la realidad, caímos en la trampa campo versus industria. Esta absurda rivalidad nace junto con la nación y hasta que refleja en nuestra demografía, donde muy claramente se pueden ver conglomerados industriales en torno a grandes urbes y un campo alejado, inhóspito, como en un plano de subdesarrollo, cosa contradictoria si tenemos en cuenta que de él es de donde sale nuestra mayor riqueza.
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En la teoría y en los discursos políticos se ha planteado innumerables veces que si industrializáramos nuestra producción agraria generaríamos verdadero desarrollo y crecimiento sostenido. La agroindustria es claramente nuestro nicho internacional, nuestra mejor herramienta para el despegue argentino. En cambio, nos hemos embarcado en procesos que son ajenos a nuestra lógica de país, como la producción de computadoras, el ensamble de teléfonos y tantas cosas más que si bien pueden ser parte de nuestro PBI, no debieran ocupar un lugar semejante en las apuestas de inversión del Estado.
Aquella creencia de que con dos cosechas nos salvamos es un concepto totalmente desactualizado, más propio de principios del Siglo XX que de este siglo XXI que transitamos. Hoy necesitamos una visión productiva más completa, que pueda hacer pie en una exportación sostenida al mundo e ingreso de divisas constantes, generando empleo interno. En fin, otra Argentina, muy distinta a la que vivimos, eternamente acorralada por gastar más de lo que genera.
Por otra parte, el ir sumando valor agregado a nuestra producción primaria tiene dos efectos concretos: ayuda a las distintas zonas geográficas de nuestro extenso país a lograr niveles de desarrollo, haciendo crecer exponencialmente sus economías regionales. No podemos seguir viviendo en dos Argentinas, la de las grandes ciudades con todo y la de comunidades sin agua ni luz, viviendo como en el Siglo XIX.
El otro efecto, es el de la generación de empleo, mucho mayor a la que permite la explotación de la tierra, lo que también redundará en el crecimiento del PBI y el desarrollo de oportunidades reales por fuera de los conglomerados urbanos superpoblados.
Y es en este punto en el que necesitamos de un proyecto de país revisando precios de fletes, tarifas, carga impositiva, todos aspectos que terminan conspirando con el modelo de desarrollo que tenemos frente a nuestros ojos, pero que no se podrá realizar si todo es traba, como es obvio. China es un gran comprador de nuestros productos primarios y podría ser un candidato firme a comprar también productos alimenticios elaborados. Incluso el país asiático además de soja, nos compra dos kilos de cada uno de los cortes de carne que exportamos. La India es otro potencial comprador de alimentos elaborados de sello argentino.
Está también el sector pesquero; teniendo una de las plataformas submarinas más extendidas y ricas del mundo, se invierte poco y nada en la actividad. En cambio tenemos que andar a los tiros para alejar (con éxito muy relativo) la cantidad de embarcaciones piratas que vienen a depredar nuestras costas. Con el mar y las tierras que tenemos parece mentira que tengamos una balanza comercial de las más desequilibradas del mundo; compramos mucho más de lo que vendemos y así es como salen divisas y no ingresan. El problema es que lo poco que sacamos, sale sin valor agregado, sin una mano de obra encima. Este es el perfil de industria que lógicamente va para Argentina y es el más desatendido. Vamos tras delirios de industria pesada, robótica y no explotamos nuestras fortalezas y ventajas comparativas.
Es un momento en el cual el mundo en general requiere de alimentos y no podemos dejar pasar, una vez más el tren de la historia, porque ese nicho lo puede terminar ocupando otro país con similares potencialidades que la Argentina o menos incluso, pero con más orden, más programas de crecimiento y más habilidad para buscar nichos de desarrollo.
La propuesta de avanzar con la agroindustria pondría a prueba la capacidad de los industriales y productores argentinos para comprender que el proceso debe ser unificado, que hace falta la materia prima pero también el valor agregado y que esa sumatoria es lo que hace la diferencia. De modo que no hay tal campo versus industria sino campo e industria lo que dará la fórmula ganadora para esta Argentina que hoy está postrada en términos productivos y frustrada en términos de crecimiento.
La verdad es que cuando el ministro Nicolás Dujovne pone todas las fichas en reducir el déficit fiscal pensamos que es lógico en un país que vive el drama de gastar más de lo que recauda. Es una buena noticia que en nuestro país hace 13 meses en que se recauda más que lo que se gasta. Obvio que el ajuste se siente, pero si hay resultados se verán los beneficios es de esperar.
Sin embargo no vemos que paralelamente haya un equipo de funcionarios pensando en la cuestión del desarrollo junto con industriales y productores agropecuarios. Porque es así como se programa un plan con posibilidades de éxito. Sin embargo, nadie en el Gobierno habla de estos asuntos, el desarrollo no parece ser parte del problema. No digamos ahora, en plena tormenta financiera que atravesamos, pero antes tampoco estábamos abocados a esta cuestión que es clave. Porque la urgencia siempre termina tapándonos el futuro y la falta de proyecto de país hace el resto para que terminemos perdiendo las mejores oportunidades. Y la verdad es que con la cuestión financiera, que seguramente debemos equilibrar, no vamos a lograr el crecimiento que necesitamos ni los puestos de trabajo que el desarrollo traería por sí solo.
En algún momento vamos a despertar a la agroindustria y a un futuro posible para la Argentina, solo esperamos que no sea tarde.













