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¿Será el campo, otra vez, quien salve al Estado?

07 de octubre de 2023 a las 12:00 a. m.

Los argentinos de una u otra manera tenemos alguna vinculación con alguna persona del sector agropecuario: un abuelo, un tío, un amigo, el amigo de un amigo... No existe un argentino en este país que pueda decir "no tengo a nadie cercano que no esté vinculado al campo". Y por campo se entienden numerosas profesiones y actividades que serían demasiado extensas de enumerar pero en aquellas últimas se podrían incluir básicamente a las referidas a la agricultura y a la ganadería.

Todos conocemos a alguien (entiéndase agricultor o ganadero) que trabaja en el campo con vacas, ovejas, lechones, corderos, gallinas, caballos; que siembra soja, trigo, sorgo o maíz, por nombrar algunos de los principales cultivos que se producen en las tierras más australes del Planeta.

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¿Entonces por qué cada vez que estalla un conflicto entre el denominado campo y el Estado muchos argentinos toman posición en contra? ¿Lo habitual no sería que todos estuviesen a favor? Como cuando juega la Selección Argentina, por citar un paralelismo. Respuesta: el campo argentino, puertas adentro, tiene mala prensa.

Desde chicos nos han inculcado muchos prejuicios sobre los hombres de campo que han calado muy profundo: son estancieros ricos; ninguno trabaja; de vez en cuando van a ver su "campito" (así, despectivamente); tienen un capataz que maneja a los empleados, mal pagos; andan en camionetas 4x4 (¿hace 4 décadas en qué se movilizaban, cuál era el prejuicio?); tiran las semillas y el trigo crece solo; las vacas dan plata porque están en tierras fértiles y el que tiene campo anda bien, tiene plata, así de sencillo, y tantos otros preconceptos más.

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Estos prejuicios han logrado una desvalorización del hombre de campo y sus tareas. Incluso el Estado se ha sumado a esta demonización del chacarero.

¿Por qué el Estado y, el siempre gobierno de turno, salvo excepciones contadas con los dedos de una mano, a lo largo de la historia no apreció y no valora la producción del sector agropecuario? Porque el campo no da votos, no mide en las encuestas. La historia no cuenta que los brasileños condenaron su café o que los Emiratos Árabes hayan declarado la guerra santa al petróleo.

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La Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación informó que las exportaciones agropecuarias crecieron 8,5% en 2022 respecto a 2021, al totalizar 49.581 millones de dólares.

Los mayores crecimientos porcentuales fueron alcanzados por los rubros carne y lácteos, con 20,7%, al comercializar por 5.508 millones de dólares; trigo, con 35,4%, al sumar 4.723 millones de dólares; y el acumulado de girasol, cebada y sorgo creció en conjunto 41,4%, al concretar ventas por 3.557 millones de dólares.

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De acuerdo a un relevamiento de la Subsecretaría de Agricultura, las exportaciones de soja alcanzaron 22.279 millones de dólares, marcando un aumento del 2,5%; mientras que las de maíz treparon 2,7%, al totalizar 9.543 millones de dólares. Por último tabaco, madera y algodón alcanzaron los 803 millones de dólares y marcaron un crecimiento del 3%.

La pregunta ahora es: ¿por qué el campo tiene poder económico y no poder político? Cada uno tendrá una respuesta distinta, pero una en la que coincidirían muchos podría ser la poca cantidad de productores y productoras que se involucran en política.

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Ocurre que este país no se arregla desde el campo sino desde la política. Mucho menos desde un café ni desde las redes sociales. Desde allá se pueden implementar políticas agroindustriales. Pero para que eso ocurra, sin dudas primero se deben diagnosticar los problemas de forma correcta.

En las últimas décadas desde las entrañas del campo han salido grandes hombres como así también del ámbito industrial, pero no les interesó el poder, no los sedujo. Dato: en la Cámara de Diputados sólo cinco bancas están ocupadas por representantes vinculados al agro sobre un total de 257.

¿Cómo se podría motivar la participación de los productores en los asuntos públicos? No es mala la idea planteada por el diputado Pablo Torello: "Los productores no están dispuestos a destinar recursos para mostrar la realidad de sus empresas y para generar acciones de defensa y de lobby, como hacen otros sectores de la agroindustria", señaló.

"Este comportamiento pasivo contrasta con el que tienen otros sectores de la agroindustria, como carnes, cereales y oleaginosas, que han contratado lobistas profesionales para lograr sus objetivos".

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"Es una decisión individual, cada uno debe pensar si asume o no esa responsabilidad", contestó. "Pero si no puede asumirla por edad u otro motivo, podría aportar recursos, junto con otros, para que un profesional ocupe su lugar", sostuvo.

No obstante hay que ver la fuerza, la voluntad y el tesón de la gente de campo, aguantando sequías, soportando inundaciones, padeciendo el granizo, trabajando de sol a sol, sin horarios comerciales; resistiendo la soledad del campo, la tristeza, el desamparo, por qué no, desarrollando un sinfín de actividades como manejar un tractor, una cosechadora, una sembradora, oficiando de mecánico, de veterinario, de ingeniero agrónomo. El productor se acuesta pensando en las tareas de mañana y mañana en planificar la próxima siembra. El hombre de campo es de voz baja y de trabajo; de manos con callos que no le sacan el lomo al trabajo.

No esperemos que el Estado salve al campo. Pero esperamos que el campo salve al Estado en estos momentos difíciles que, nuevamente, transita el país. Aumentando las divisas que ingresan por exportaciones o porque se sumarán más hombres y mujeres a la arena política. Desde el expresidente Eduardo Duhalde a la fecha, el barco de todos los presidentes fue salvado por ese salvavidas llamado "campo".

En general todos los pueblos valoran sus riquezas y costumbres, pero en este país estamos desacostumbrados a la reflexión, lo que ha conseguido una adicción a las simplificaciones. Por eso, restablecer el realismo y la lógica es la gran tarea pendiente en este rincón del mundo.

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No esperemos que el Estado salve al campo, porque no va a mover un dedo. Hagámoslo cada uno de nuestro lugar. Desarrollemos la empatía con esa persona vinculada al sector agropecuario, pongámonos en el lugar del otro, sin prejuzgar. Tal vez ahí también haya una luz de esperanza para el país con el que todos soñamos.

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