¿Se agota la estrategia de tomar la calle?
El conflicto en la avenida 9 de Julio, donde el grupo Quebracho protagonizó una protesta violenta buscando claramente lograr la foto de una represión macrista, es quizá la muestra más palmaria de que la estrategia de tomar la calle se va agotando.
Al contrario de quienes creen que la protesta no hará más que escalar y que menoscabará la imagen del Gobierno, el hartazgo social va cercando a los violentos dejándolos en una muy minoritaria soledad.
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Por eso ya no alcanzó con cortar calles sino que también el miércoles se paralizó el Metrobus medio de transporte por excelencia de estudiantes y trabajadores-, y se presentaron con cara tapada y palos. Nada que hable de una manifestación pacífica y espontánea. Las consignas tampoco estaban claras, pedían cuestiones muy genéricas y poco consistentes para que, al fin, el diálogo no tuviese destino (como no lo tuvo) y terminaron logrando el objetivo: enfrentarse con la Policía.
Es ocioso explicar a esta altura que las normas prohíben los cortes de calles, avenidas y rutas aquí, como en todos los países del mundo. Todos lo sabemos y los que deciden cortar la calle también, es decir que se expresan desde el delito.
Estamos frente a un fenómeno que tiene una raíz cultural que se ha ido transformando en un modo de ejercer la protesta, una estrategia de dirimir cualquier conflicto en la calle. Se ha confundido expresión popular con tomar el espacio público para mostrar disconformidad, para presionar al gobierno de turno por la vía de la molestia social, hasta lograr un objetivo incierto, incluso para los propios manifestantes que en su mayoría no saben cuál es el motivo de la movida, a excepción de los líderes que los llevaron hasta ese punto. Y, a su vez, el objetivo que unos tienen muy claro cuando salen con palos a la calle es muy diferente del de quienes se encolumnan detrás, cuyas necesidades, sin dudas, son genuinas.
En definitiva, el objetivo de los agentes movilizadores es provocar la exasperación y es para ellos un trabajo. Nadie se expresa en las plazas, nadie corta las calles un domingo, qué esperanza, lo hacen en días hábiles y en horario laboral, perjudicando a una sociedad que está agotada de no poder circular para ir a su trabajo, al médico, o a donde deseen o deban concurrir.
Desde 2001, en que comenzó el fenómeno como luego analizaremos, a la fecha, tanto el kirchnerismo como el macrismo han cedido a la protesta callejera. En definitiva resultó siempre más fácil y rápido decir que sí a lo que piden los piqueteros que decir que no y tener que enfrentar el corte, lo que, finalmente, es lo que buscan los manifestantes. Es decir, ceder se transformó en una manera de no ceder. De este modo, la estrategia de tomar la calle no hizo más que crecer y transformarse, por imperio de las distintas necesidades sociales, en la forma rápida de obtener beneficios.
Estamos frente a un tipo de protesta socialmente insostenible, lo que no implica deslegitimar ni las necesidades ni los problemas que tiene una porción importante de la población (más de un treinta por ciento). Lo que implica que habrá un grado inevitable de crispación social, porque eso es lo que genera la pobreza, desesperación y resentimiento, cuando no violencia. Esto es innegable.
El problema es que desde la caída estrepitosa del país en 2001, cuando un 50 por ciento de la población quedó bajo la línea de pobreza, la toma de la calle para exigir respuestas a una clase política que los llevó al desastre, se convirtió en una estrategia que se hizo permanente. Desde ese momento y hasta la actualidad no pudimos imponer la vía del diálogo para la resolución de los conflictos porque esa vía desactiva una mano de obra funcional a la misma clase política, nunca a las reales necesidades de la gente.
Las protestas así como las están ejerciendo estos sectores minúsculos de la sociedad no hablan de una verdadera organización de los ciudadanos sino del surgimiento de grupos inconformes organizados que no pueden obtener el apoyo de las mayorías. Es decir, si para cambiar la realidad lo hicieran proactivamente, mediante las herramientas que propone la política como lo son la integración de algún partido o la adhesión a uno ya existente con representatividad en los espacios de decisión, no lograrían sus objetivos de cambio. Sencillamente porque la política no les da otro lugar que no sea el de jugar como brazo armado en las calles. Los partidos no los escuchan ni los quieren en el seno de sus estructuras para construir opciones sino que les sirven más como outsiders a sueldo, como fuerza de choque, para generar un humor social que les convenga en el momento.
Estas personas que ganan la calle son aisladas por los grupos de poder interesados de que no progresen, de que no prosperen, que no mejoren su situación de fondo para de ese modo tenerlos a disposición a cambio de paliativos de momento.
Siempre hay excepciones y llegado a este punto hacemos una diferenciación entre los grupos de protesta de sectores vulnerables, que han quedado por fuera del sistema de trabajo y reclaman más planes porque no logran salir de la situación de pobreza. Muy distinto a los que hacemos referencia, que son los que vimos el miércoles cortando la 9 de Julio en Buenos Aires. Una pequeña minoría pero que hace mucho ruido (tal su objetivo) y genera un gran perjuicio.
Son dos tipos de protesta distintas y sus resultados también lo son: los primeros logran respuestas del Estado y los segundos un enfrentamiento con la Policía, que es buscado desde la génesis misma de la movilización, para sonsacar una respuesta efectiva de las autoridades que deben procurar el cumplimiento de la ley y el bienestar de las mayorías.
En lo fáctico, sucede lo peor que puede ocurrir en una sociedad: el enfrentamiento entre sectores de la pobreza que protestan contra trabajadores formales y clases medias que realizan un gran esfuerzo diario para salir adelante. Si vamos a la cuestión ideológica, ningún millonario, empresario, gran terrateniente se ve afectado por estos cortes ya que si quieren no van a trabajar y de tener que movilizarse no lo hacen ni en trenes, subtes o colectivos. Por eso, los más pobres de la sociedad terminan perjudicando a los que en cualquier momento pueden serlo o que, a duras penas, no lo son.
La verdadera solución, en estos casos y para evitar el conflicto social permanente, es un gran acuerdo entre el Gobierno y los sectores de la protesta, para establecer pautas que nos lleven por un camino de mayor concordia. Al fin, el oficialismo cada vez pone más plata y como correlato aumentan los piquetes y protestas, porque evidentemente las reglas de esta relación no están claras.
El momento para darle un corte a la situación es ahora, cerca de las elecciones incluso, porque los sectores de la protesta que no estén dispuestos al diálogo o al acuerdo, quedarán a la descubierta respecto de su intencionalidad política.
Por lo demás y a partir de poner blanco sobre negro en esta situación, los cortes deberán ser evitados por las fuerzas de seguridad, cumpliendo la ley a rajatablas.
No es fácil.

















